El cañón de roca a 40 minutos de Madrid que parece el lejano oeste y esconde la presa más antigua de España

A menos de una hora de Madrid existe un cañón de roca que parece rodado en el far west americano y que guarda la presa más antigua del Canal de Isabel II, construida a golpe de azada por presos carlistas en el siglo XIX.

Si llevas años buscando una escapada desde Madrid que no parezca un destino de guía turística, aquí está: un cañón de caliza roja encajado entre paredes verticales, un río de agua cristalina y una presa que lleva abandonada más de 160 años con toda su historia a la vista. El paisaje rompe tan radicalmente con la imagen habitual de los alrededores de la capital —pinos, praderas, cumbres nevadas— que el primer instinto al llegar es comprobar si uno ha salido de la Comunidad de Madrid. No, sigue en ella, a poco más de 70 kilómetros al norte.

El enclave es el Pontón de la Oliva, en el término de Patones, y lo que hace especial la experiencia no es solo lo que se ve: es la historia que hay detrás de cada piedra. Quien planifique bien la salida puede combinar senderismo, escalada, geología y patrimonio industrial en una misma jornada sin cruzar dos provincias. Todo está en el mismo kilómetro cuadrado.

Madrid tiene un ‘far west’ propio en el norte de la sierra

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El cañón que forma el río Lozoya al atravesar las barras calizas de Patones tiene algo difícil de explicar a quien no lo ha visto: las paredes son verticales, de tonos ocres y rojizos, y el silencio solo lo rompen los escaladores que trabajan las vías de la pared derecha. Telemadrid lo bautizó en su momento como el «Colorado madrileño», y la comparación, aunque exagerada, no es injusta. Lo mismo opinan los cientos de fotógrafos aficionados que cada fin de semana toman la A-1 dirección norte.

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El paisaje más singular son las Cárcavas, formaciones de arcilla erosionada que se elevan junto al embalse con formas de columna y cresta, en tonos que van del ocre al borgoña. Madrid no tiene nada parecido en ningún otro rincón de la sierra: la comparación más cercana en toda España son las Médulas leonesas. Llegar en coche desde la capital ronda los 60 minutos tomando la N-320 desde Venturada; los residentes en el norte del extrarradio pueden recortar ese tiempo.

Madrid y Patones, unidos por una obra que fracasó antes de llenarse

Madrid creció tan deprisa a mediados del siglo XIX que en 1848 ya rozaba los 200.000 habitantes y necesitaba agua con urgencia. La solución fue construir una presa en el punto donde el Lozoya se estrechaba entre las calizas de Patones: el Pontón de la Oliva, la obra hidráulica más antigua de todo el sistema del Canal de Isabel II. Las obras arrancaron en 1851 y las ejecutaron más de 1.500 presos de las guerras carlistas —junto a 200 obreros libres y 400 bestias— en condiciones que las crónicas de la época describían como extremas.

El problema fue que la caliza es porosa: nada más terminada la presa, el río se filtraba por cavidades subterráneas y pasaba literalmente por debajo del muro. La obra fue abandonada en pocas décadas, sustituida por el embalse del Villar aguas arriba. Hoy esa historia de fracaso monumental es precisamente lo que convierte la visita en algo memorable: la infraestructura sigue en pie, con sus argollas en la pared izquierda —donde la leyenda dice que se encadenaba a los presos— y las cruces talladas en la piedra en memoria de los caídos.

Un paisaje de otro planeta junto a la presa más antigua

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Desde el aparcamiento junto a la presa arranca la Ruta del Agua, un sendero lineal de dificultad baja que sigue el cauce del Lozoya durante algo más de siete kilómetros hasta la presa de la Parra. El desnivel acumulado es mínimo y la ruta es apta para cualquier nivel, incluidas familias con niños ya habituados a caminar. En los primeros minutos se atraviesan los tramos más espectaculares del cañón; más adelante, el paisaje se abre en fresnedas y praderas de ribera con vacas pastando junto al río.

Para llegar a las Cárcavas hay que tomar una senda diferente que parte desde detrás de la presa. El recorrido de ida y vuelta no supera los ocho kilómetros con un desnivel moderado de unos 300 metros, y las formaciones rojizas más impresionantes aparecen pasados los 20-30 minutos de camino. No hay agua potable en la ruta, y en verano la exposición solar en los tramos sin arbolado es intensa; conviene salir antes de las nueve de la mañana.

Cómo aprovechar al máximo la jornada en Patones

La logística condiciona si la experiencia es buena o excelente, así que conviene planificar con estos puntos:

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  • Aparcamiento: gratuito junto a la presa, pero se llena antes de las 10h los fines de semana de primavera y otoño; llegar entre semana o antes de las 9h en temporada alta.
  • Escalada: las vías clásicas y modernas del cañón están acotadas; quienes no van equipados deben mantenerse en el sendero señalizado para no interferir.
  • Patones de Arriba: el pueblo medieval de pizarra negra queda a 12 minutos en coche; tiene varios restaurantes de cocina de sierra ideales para cerrar la mañana.
  • Época recomendada: otoño y primavera ofrecen la mejor luz para fotografía y temperaturas suaves; en verano el cañón da sombra pero las Cárcavas quedan expuestas al sol.

La escalada, el secreto mejor guardado del cañón

Un sector para todos los niveles

Las paredes calizas del cañón del Lozoya llevan décadas siendo referencia entre escaladores de Madrid. Hay vías abiertas tanto para principiantes como para escaladores con experiencia en terreno vertical, y la roca —caliza compacta— ofrece una adherencia excelente en condiciones secas. La proximidad con la capital convierte este sector en uno de los más frecuentados de la sierra norte, especialmente en los meses templados.

Cuándo y cómo acceder

La orientación del cañón favorece la escalada en solana durante el invierno y en umbría durante el verano. Conviene consultar los foros de escalada especializados antes de ir para confirmar el estado de las vías y los posibles cierres temporales por nidificación de rapaces, que se aplican con frecuencia entre febrero y junio en algunas paredes.

El futuro del enclave: ecoturismo o masificación

La afluencia al Pontón de la Oliva ha crecido de forma sostenida en los últimos años, y la gestión del acceso se ha convertido en el debate central entre los ayuntamientos de Patones y Torrelaguna. El modelo que se discute ahora pasa por regular el aparcamiento en temporada alta y reforzar la señalización interpretativa, para que cada visitante entienda que camina sobre patrimonio industrial activo, no sobre un parque temático.

El interés creciente, sin embargo, también ha disparado la inversión en infraestructura de senderos. Madrid tiene en el Pontón de la Oliva uno de sus activos paisajísticos más infrautilizados en términos de divulgación: quien lo visita una vez suele repetir, y quien lo recomienda convierte a sus interlocutores en visitantes. La clave para que eso no degrade el entorno está en ir bien informado, respetar los límites del sendero y llegar fuera de los picos de afluencia.