Fallece Alex Younger, exjefe del MI6: el servicio secreto británico pierde a un referente

Su obituario revela a un líder humanista que renovó el espionaje británico con tecnología y valores ilustrados. Deja un vacío en una comunidad que aún recurría a su criterio.

Sir Alex Younger ha muerto a los 62 años en Estados Unidos, donde buscaba tratamiento contra el cáncer que él mismo había bautizado, con ironía de espía, como «Putin». Jefe del Servicio Secreto de Inteligencia británico (MI6 o SIS) entre 2014 y 2020, Younger no fue solo un gestor: fue, según todos los que sirvieron con él, el director más querido que ha tenido la casa de Vauxhall Cross en décadas. Los perfiles que esta semana publica The Cipher Brief, redactados por veteranos del oficio, dibujan a un líder que conjugó, como casi nadie, la dureza del HUMINT con la calidez de un hombre ilustrado. Ahora que se ha ido, la inteligencia occidental pierde algo más que un nombre: pierde una forma de entender el espionaje.

Un jefe de espías con alma de agente de caso

Quienes trabajaron con Alex Younger coinciden en una palabra: autenticidad. No necesitaba impostar cercanía. Había escalado todos los peldaños del oficio —desde oficial de caso bajo alias y tapadera diplomática hasta jefe de estación en Kabul y, más tarde, Director General de Operaciones— y eso le permitía conectar con cualquier agente sobre el terreno. Conocía de primera mano lo que significaba esperar en una habitación de hotel de un lugar olvidado de la mano de Dios, deseando estar de vuelta en casa con su familia. Esa empatía forjó un vínculo que, en inteligencia humana, no es accesorio: es la condición para que un agente confíe en su oficial, acepte misiones arriesgadas y no se sienta una ficha cambiante.

Su liderazgo era otra cosa. Quienes lo recuerdan cuentan que recorría los pasillos de Vauxhall Cross, paraba a hablar con el personal de cualquier nivel y escuchaba sin prisa. «La franqueza era bienvenida», apuntan las fuentes de The Cipher Brief. Esa humildad, lejos de restarle autoridad, multiplicaba el flujo de información que realmente necesitaba para dirigir. En una organización donde la cultura jerárquica puede enterrar las malas noticias, Younger se aseguró de que siempre hubiera un canal directo hacia el despacho del jefe.

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Yo, que he seguido de cerca la evolución de los servicios europeos durante los últimos quince años, reconozco en ese estilo una anomalía. La mayoría de los directores de agencias que he conocido gestionan desde el vértice; Younger gestionaba desde el centro de la red. Y eso explica por qué, incluso en retiro, seguía siendo una voz que los primeros ministros británicos —Cameron, May, Johnson— consultaban con frecuencia.

De hecho, en sus contadas apariciones en los medios tras dejar el cargo, Younger adquirió un aura de sabio. Amigos y colegas me cuentan que la pregunta recurrente era «¿has oído lo que dijo Alex Younger anoche en la tele?». Hablaba con sentido común. En un panorama internacional cada vez más enrevesado, su análisis aportaba claridad sin grandilocuencia.

La visión tecnológica que anticipó el futuro del espionaje

Pero si algo separa a Alex Younger de sus predecesores en el SIS es su apuesta por la ciencia y la tecnología. Él mismo advirtió en un discurso en la Universidad de St. Andrews hace ocho años que un servicio HUMINT que no abrazara la inteligencia artificial y la ciberguerra acabaría convertido «en una pieza de museo». No era una metáfora vacía. Entendía que el clásico reclutamiento de fuentes humanas necesitaba ya la capa digital para seguir siendo relevante frente a actores híbridos.

«Nos enfrentamos, junto a nuestros aliados, a la batalla de garantizar que la tecnología trabaje a nuestro favor, no al de nuestros adversarios. Las democracias liberales deberían encarar este desafío con confianza», dijo entonces. Yo comparto esa tesis cada vez que pienso en el CNI o en el CCN-CERT: sin convergencia entre el legado HUMINT y la nueva inteligencia de señales, el margen de maniobra se estrecha peligrosamente. Younger no solo lo predicó en público; reorientó la inversión del servicio británico hacia alianzas con el sector tecnológico y amplió la cooperación con el GCHQ, llevando la relación a un plano mucho más profundo y operativo que el que existía al inicio de su mandato.

espionaje británico

El resultado de esa filosofía se comprobó, por ejemplo, en la colaboración con Estados Unidos. Younger fortaleció de forma deliberada la cooperación estratégica con la CIA, consciente de que la relación especial de inteligencia entre Washington y Londres es un activo que no puede enmohecerse. No es casualidad que eligiera territorio estadounidense para buscar una posible cura cuando el cáncer ya no le daba tregua. Murió en Estados Unidos, el socio que más valoró.

Younger entendió que un servicio de inteligencia no puede anclarse en las glorias del pasado: o se abraza la tecnología o se convierte, como él mismo dijo, «en una pieza de museo que nadie visita».

Y sin embargo, por mucho que apostara por el futuro, nunca olvidó el factor humano. Para él, la confianza personal era el sustrato último de cualquier operación. Por eso, hoy, cuando los agentes que trabajaron bajo sus órdenes lloran su muerte prematura, no se despiden solo de un jefe: pierden a alguien que les había demostrado que el oficio, incluso en sus formas más duras, puede ejercerse con decencia.

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La muerte de Alex Younger no es solo una pérdida para el espionaje británico; es un aviso para las agencias europeas de tamaño medio, como el CNI, que operan con plantillas más reducidas y dependencias presupuestarias limitadas. El factor principal de amenaza estratégica que identifico aquí no es un enemigo concreto, sino el vacío doctrinal que deja quien mejor entendió la necesidad de modernizar el HUMINT sin renunciar a sus raíces. En términos de oficio, estamos ante un riesgo de obsolescencia por omisión: si los servicios olvidan que la tecnología es un multiplicador, no un sustituto, acabarán produciendo inteligencia incompleta.

¿Quién ataca aquí? Nadie de manera directa. Quien pierde es el defensor —el MI6, que deberá sostener la cultura innovadora que Younger implantó sin su referente—, y quienes miran son los terceros interesados: desde la CIA, que confiaba en Younger como interlocutor privilegiado, hasta el CNI, el BND alemán o el Mossad, que en algún momento han bebido de su doctrina de cooperación. El mayor riesgo colateral es que la inercia burocrática haga que Vauxhall Cross retroceda hacia el inmovilismo de otras épocas.

El material implicado es, en puridad, de clasificación «Sin Clasificar pero Sensible»: estamos ante un análisis de legado y doctrina, no ante filtraciones operativas. Sin embargo, estimo que los documentos internos que reflejan la visión de Younger sobre la reestructuración puertas adentro del SIS sí alcanzan el nivel de «Secreto». Ese legado instructivo debería ser estudiado con lupa por el CNI, sobre todo en lo que respecta a su manejo de la relación con el Pentágono y la NSA.

El precedente histórico que me viene a la mente es el de Maurice Oldfield, el también británico director del MI6 en los años setenta, que supo profesionalizar el servicio tras los escándalos de los espías de Cambridge. Al igual que Oldfield, Younger ha refundado la cultura de la casa sin necesidad de ruido. Su legado no está en un golpe de efecto, sino en la normalización de una inteligencia abierta, aliada y tecnológicamente ágil. Le adelanto, lector, que el verdadero test llegará cuando en España planteemos la próxima Ley de Inteligencia, porque el debate sobre la modernización del CNI ya no puede aplazarse. Si no empezamos ahora, dentro de diez años nos estaremos preguntando por qué no aprendimos nada de un tipo que, incluso enfermo, llamaba a su cáncer «Putin» solo para quitarle solemnidad al miedo.