Miguel de Cervantes: el manco de Lepanto que creó el Quijote

Perdió la mano en Lepanto, padeció cautiverio en Argel y escribió el Quijote en la cárcel de Sevilla. La vida del soldado y novelista, tan manca como llena de hazañas, transformó la literatura universal.

El estruendo seguía ahí, rebotando contra las bovedillas de la galera Marquesa como si el infierno se hubiera tragado el mar. El 7 de octubre de 1571, en el golfo de Patras, cerca de Lepanto, la Santa Liga chocaba contra la flota otomana y Miguel de Cervantes Saavedra, con veinticuatro años y una fiebre que no le abandonaba la víspera, pidió que lo subieran a cubierta. No le importaba que los oficiales le dijeran que un enfermo no tenía sitio entre los arcabuceros. Buscó su puesto a la altura del esquife, y allí lo sorprendió el plomo.

«Perdí en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, que, aunque parece fea, yo la tengo por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria.»

Esa frase, escrita cuarenta años después en el prólogo de sus Novelas ejemplares, condensa una paradoja que aún hoy nos asombra: el hombre que perdió la movilidad de su mano en la mayor batalla naval del siglo, que pasó un lustro encadenado en los baños de Argel y que malvivió como recaudador de impuestos por los polvorientos caminos de Andalucía, alumbró con la mano que le quedaba la novela más universal de cuantas se han escrito.

Capítulo I: El arcabuzazo que valió un apodo

Habían más de trescientos remeros encadenados en la Marquesa, entre esclavos turcos y forzados cristianos, y una dotación de soldados de infantería española que olían a sudor, a sebo y a pólvora mojada. La mañana era calma, de una calma viscosa que la metralla rasgó poco después del mediodía. Cervantes se apostó con su arcabuz en el flanco de babor, donde el choque con la galera enemiga era casi seguro. Cuando el espolón otomano embistió, los arcabuceros dispararon a quemarropa, y una bala le entró por el pecho y le destrozó los nervios de la mano izquierda. Quedó inútil para siempre, pero él, como repetiría en memoriales y cartas, se negó a retirarse hasta que la jornada estuvo decidida.

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El parte de la batalla, conservado hoy en el Archivo General de Simancas, menciona a un «Miguel de Cerbantes» entre los heridos de consideración. Aquel día perdieron la vida más de ochocientos españoles, pero la victoria cristiana frenó el avance turco en el Mediterráneo y sirvió de altavoz a la cristiandad. Y a Cervantes le regaló un apodo que le acompañaría el resto de su vida: el manco de Lepanto.

Capítulo II: Cinco años en el infierno de Argel

Cuatro años después, la suerte volvió a jugarle una mala pasada. La galera Sol, en la que viajaba de regreso a España tras servir en Nápoles, fue atacada por corsarios berberiscos frente a las costas de Cataluña. Corría el 26 de septiembre de 1575. Cervantes y su hermano Rodrigo fueron apresados y llevados a Argel, donde el cautiverio se prolongó hasta 1580. Cinco años en los que intentó fugarse cuatro veces, siempre sin éxito, y siempre protegiendo a sus compañeros, a quienes jamás delató bajo tortura.

Los baños de Argel —las prisiones subterráneas donde el rey Hazán Bajá encerraba a los cautivos— eran celdas húmedas con grilletes y una vigilancia permanente. Allí Cervantes, hijo de un cirujano barbero sin una moneda, se convirtió en el preso más incómodo para las autoridades argelinas. Organizó la huida de una docena de cristianos escondidos en una cueva próxima a la ciudad, y cuando la empresa fue descubierta por la traición de un compañero, asumió él solo toda la responsabilidad. «No hay peor prisión que la que uno se fabrica», escribiría más tarde, y esa resistencia tenaz nutrió el carácter del Quijote que aún no había nacido.

El rescate llegó de manos de dos frailes trinitarios, fray Juan Gil y fray Antón de la Bella, que pagaron por él quinientos escudos de oro —una suma que, según los registros del Archivo General de Indias, casi triplicaba el precio habitual de un cautivo común—. El 19 de septiembre de 1580, Cervantes pisó suelo español. Traía cicatrices nuevas, pero también una conciencia de la libertad y de la justicia que impregnaría toda su obra.

Capítulo III: La cárcel que alumbró un hidalgo

Don Quijote de la Mancha

De vuelta en la Península, el manco de Lepanto no encontró gloria, sino penuria. Se empleó como comisario de abastos para la Armada Invencible, recorriendo los pueblos de Andalucía para requisar trigo y aceite. Su temperamento, poco dado al halago de los poderosos, le granjeó enemistades, y en 1597 acabó encerrado en la Cárcel Real de Sevilla por un presunto desfalco de 2.500 reales. El expediente sumario, custodiado en Simancas bajo la signatura Consejo y Juntas de Hacienda 827, revela un embrollo contable más propio de un administrador caótico que de un malversador. Lo cierto es que pasó allí unos meses, y fue en ese encierro, según la tradición más arraigada, donde empezó a engordar un manuscrito que llevaba años rondándole la cabeza.

El protagonista era un hidalgo de pueblo, seco de carnes y de mollera, que enloquecía leyendo novelas de caballerías y salía a los caminos en busca de aventuras con un caballo escuálido y un escudero labrador. «En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» nació así, entre los muros de una prisión, el personaje más universal de la literatura en lengua española. La mayoría de los biógrafos coinciden en que Cervantes no inventó la locura del Quijote: la había visto de cerca en los patios de los baños argelinos, en los desvaríos de los soldados heridos en Lepanto y en las injusticias cotidianas de una España que empezaba a desangrarse en guerras lejanas mientras sus campos quedaban yermos.

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Capítulo IV: De la calle Atocha a la eternidad

En 1605, la imprenta de Juan de la Cuesta, en la calle de Atocha de Madrid, publicó la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El éxito fue inmediato y en apenas unos meses circulaban ediciones piratas por Lisboa, Valencia y América. Cervantes recibió poco dinero —el editor le había comprado los derechos por una suma modesta—, pero la fama le permitió escribir con más libertad. En 1613 aparecieron las Novelas ejemplares, y en 1615, la segunda parte del Quijote, espoleada por la aparición de una secuela falsa firmada por un tal Alonso Fernández de Avellaneda que sacó de sus casillas al veterano soldado. La respuesta cervantina fue feroz y magistral: mató definitivamente a su criatura al final del libro para que nadie volviera a arrebatársela.

Cervantes murió en su casa madrileña de la calle del León el 22 de abril de 1616, un sábado, y fue enterrado al día siguiente en el convento de las Trinitarias Descalzas. La partida de defunción, conservada en la parroquia de San Sebastián, menciona a un «Miguel de Cerbantes» con la misma ortografía vacilante de los documentos que jalonaron su existencia. Su tumba se perdió durante siglos, y solo en 2015 unos investigadores identificaron unos huesos en la cripta que, con casi total seguridad, pertenecen al escritor. Pero Cervantes no necesita lápida: su monumento está en cada lector que, al abrir el Quijote, escucha el eco de un hombre que perdió una mano y ganó, a cambio, la inmortalidad.

Aún hoy, en los archivos de Simancas, la letra díscola del memorial que escribió en 1590 solicitando un cargo en Indias recuerda que aquel manco que pedía «un oficio de corregidor de La Paz o de Potosí» no obtuvo respuesta. La burocracia le dio la espalda, pero la literatura le abrió las puertas del tiempo.