Guerra China-EEUU: RAND advierte que EEUU no podría reparar sus buques por falta de astilleros

Las instalaciones de mantenimiento en el Pacífico se verían desbordadas, mientras la Marina depende de aliados con capacidad limitada. Japón, Corea del Sur y Australia podrían dudar en reparar buques si Pekín escala la amenaza, según el wargame de RAND.

La guerra entre China y Estados Unidos: RAND advierte que la Armada no podría reparar sus buques por falta de astilleros

Estados Unidos no podría reparar rápidamente los buques dañados en una guerra con China, según un estudio de RAND publicado este domingo. La Armada estadounidense lleva años sobrecargada de trabajo, con tripulaciones y astilleros al límite. La guerra con Pekín, la mayor potencia naval del mundo, agravaría ese cuello de botella hasta hacerlo insostenible.

El informe, elaborado a partir de un wargame de mesa celebrado en agosto de 2025, analiza cómo devolver al combate destructores de la clase Arleigh Burke tras sufrir daños en un conflicto por Taiwán. La conclusión es contundente: los astilleros de mantenimiento en el teatro del Pacífico estarían desbordados y carecerían de piezas de repuesto suficientes.

La nota de RAND subraya que “la Armada no se ha enfrentado a daños del nivel probable en una guerra importante desde la Segunda Guerra Mundial”. El estudio recomienda agilizar la cadena de mando de las reparaciones y sellar acuerdos previos con naciones aliadas para usar sus instalaciones. También urge a ampliar las capacidades móviles de reparación expedicionaria.

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Barreras logísticas y una guerra de desgaste imposible de ganar sin astilleros

La reconstrucción del wargame muestra que los destructores que escoltaban a buques filipinos o defendían la invasión anfibia de Taiwán recibieron impactos de misiles antibuque, hipersónicos y torpedos. En todos los escenarios, la ventaja geográfica de China —operando cerca de sus bases y con una capacidad industrial muy superior— se tradujo en una presión insostenible para los equipos logísticos estadounidenses.

China no solo está más cerca, también dispone de una infraestructura de reparación mucho mejor, señaló Bradley Martin, coautor del informe. Esta realidad aplica a todas las clases de buques, aunque las reparaciones nucleares complicarían aún más la vuelta al combate.

Durante el juego, los participantes asumieron que los estándares de mantenimiento seguirían siendo los mismos que en tiempos de paz, algo que el informe califica de irreal. Además, la coordinación entre los mandos en el teatro y los equipos logísticos falló repetidamente, con decisiones contradictorias sobre dónde reparar cada buque.

Los analistas detectaron lagunas de conocimiento graves: los propios estadounidenses no sabían qué puertos aliados podían acoger reparaciones ni las capacidades reales de Japón, Corea del Sur y Australia.

Los jugadores ignoraban dónde estaban los puertos de las naciones anfitrionas y qué requisitos de acceso impondrían en plena escalada bélica.

La disponibilidad de repuestos críticos se reveló como otro cuello de botella, sobre todo para buques más antiguos. Incluso dentro de la misma clase, algunos sistemas no eran intercambiables. “Algunas piezas de un barco no sirven para otro”, reconoce el estudio. La conclusión: sin un cambio radical en la logística de combate, la Armada perdería rápidamente la capacidad de regenerar fuerzas en el Pacífico.

Aliados en la cuerda floja: la decisión política que puede definir una guerra

El estudio de RAND no da por sentado que los socios del Pacífico estén dispuestos a reparar buques estadounidenses una vez que Pekín empiece a escalar. Japón, Corea del Sur y Australia están comprometidos en principio, pero el escenario cambia cuando la amenaza de represalias chinas se materializa.

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La reparación de un destructor en Yokosuka o Pusan podría convertir esas bases en objetivos. Los participantes en el wargame representaron a naciones aliadas que, aunque colaboraron una vez explicadas sus capacidades, mostraron reticencias políticas en los momentos más tensos.

El informe también puso de manifiesto que operaciones como el manejo de municiones o reparaciones prolongadas en puertos extranjeros acarrearían complicaciones diplomáticas y jurídicas. La Armada, por tanto, no solo se enfrenta a un déficit industrial, sino a una arquitectura de alianzas que se vuelve frágil cuando los misiles empiezan a volar.

Equilibrio de Poder

La lectura estratégica no se limita al Pacífico. Si Estados Unidos no puede reparar sus buques en el teatro, la disuasión convencional frente a China se debilita, y eso arrastra consigo la credibilidad de sus garantías de seguridad en Europa. Moscú observa atentamente cualquier síntoma de sobreextensión estadounidense, mientras Bruselas debate a qué ritmo construir soberanía operativa. Para España, el impacto es doble: más del 90% de su comercio exterior circula por mar, y las rutas del Indo-Pacífico son vitales para la cadena de suministro de semiconductores, energía y materias primas.

Una guerra larga que paralizase el tráfico marítimo dispararía los costes energéticos y de producción en la economía española, justo cuando el Gobierno se ve presionado por Washington para alcanzar el 5% del PIB en defensa. Además, el sistema naval español, con Navantia como eje, no escapa de la misma lógica de cuellos de botella industriales que RAND denuncia en EE.UU. La base de Rota y el despliegue del escudo antimisiles quedarían comprometidos si la Armada estadounidense no puede garantizar la superioridad en aguas asiáticas.

El precedente histórico de la batalla de Midway, en la que la capacidad de reparar el USS Yorktown en tiempo récord decidió el curso de la guerra, ilustra la diferencia entre una flota que puede regenerarse y otra que se hunde. Hoy, el margen es mucho más estrecho. La Armada estadounidense sigue siendo la más poderosa del mundo, pero su logística de combate es una sombra de lo que fue en 1942. La próxima revisión del National Defense Strategy y los presupuestos de defensa de 2027 serán el primer termómetro de si Washington se toma en serio la advertencia de RAND.

Lo que observamos es una brecha que va más allá de la metalurgia: Estados Unidos depende de aliados cuyos líderes elegirán entre protegerse o convertirse en blanco. Y esa elección, en el tablero del Indo-Pacífico, aún no tiene respuesta.