EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La revista Foreign Affairs publica un análisis exhaustivo sobre la crisis de sucesión que se avecina en Rusia tras la era Putin.
- ¿Quién está detrás? Vladimir Putin, de 73 años, y una élite envejecida que controla los aparatos de seguridad y que ha bloqueado el relevo generacional.
- ¿Qué impacto tiene? Un escenario de lucha por el poder sin heredero claro aumentaría la imprevisibilidad del Kremlin y podría desestabilizar el flanco oriental de la OTAN.
Vladimir Putin ha construido un régimen personalista sin un plan creíble para sucederse. El último número de Foreign Affairs pone la lupa sobre el vacío que el presidente ruso dejará inevitablemente —por edad, enfermedad o un improbable paso al lado— y vaticina un proceso tan opaco como el que siguió a la muerte de Stalin en 1953. La revista subraya que, cuando Putin abandone el Kremlin, Rusia se enfrentará a una lucha de élites sin mecanismos institucionales que la encaucen.
El análisis detalla cómo el círculo íntimo del presidente ha excluido a las generaciones posteriores del juego político real. Mientras los jefes de los servicios de seguridad, la inteligencia exterior y la Guardia Nacional pasan de los 70 años, los funcionarios de entre 50 y 60 que se consideran herederos naturales llevan décadas esperando sin haber forjado las lealtades ni la experiencia de gobierno necesarias. El resultado es un tapón generacional que podría explosionar en el momento de la sucesión.
Un régimen que rechaza el relevo
Putin ha esquivado cualquier gesto que insinúe un plan de traspaso de poder. Ni Rusia Unida —el partido oficialista— fue diseñada para alumbrar un delfín, ni la Constitución rusa contempla la figura del vicepresidente. El ensayo puntual con Dmitri Medvédev entre 2008 y 2012 acabó con el entonces presidente reducido a un actor secundario después de que Putin anunciara su retorno en un movimiento que en el Kremlin se bautizó como “enroque”. Desde entonces, el actual primer ministro, Mijaíl Mishustin, carece de base propia de poder y no representa una alternativa real.
A diferencia de otras autocracias postsoviéticas —Azerbaiyán consolidó un sistema hereditario y Kazajistán ensayó una transición controlada en 2019—, Putin ha optado por permanecer en el trono el mayor tiempo posible, flanqueado por septuagenarios que mantienen las riendas del aparato coercitivo. Alexander Bórtnikov, al frente del FSB, tiene 74 años; Valeri Guerásimov, jefe del Estado Mayor, 70; y Serguéi Shoigú, secretario del Consejo de Seguridad, 71. Todos ellos constituyen lo que el artículo denomina el “selectorate” estalinista: la pequeña cohorte que decidirá quién sucede al líder cuando este falte.
La sombra de Stalin sobre el Kremlin
El paralelismo con la pugna que siguió a la muerte de Stalin en 1953 es deliberado. Entonces, el sucesor formal, Gueorgui Malenkov, apenas duró unos meses antes de ser absorbido por un triunvirato con Lavrenti Beria y Viacheslav Mólotov, mientras Nikita Jrushchov acumulaba poder gracias a su control del aparato del partido. El proceso duró años y solo se resolvió cuando Jrushchov logró imponer su autoridad en 1957.
Hoy, la lista de actores con peso para integrar el selecto grupo que decida el relevo es corta: los presidentes de las dos cámaras del parlamento, el primer ministro, el jefe de la Administración Presidencial, los secretarios de los Consejos de Seguridad y de Estado, el director del FSB, el ministro de Defensa y, en menor medida, el titular de Finanzas o el presidente del Tribunal Constitucional. Negociarán entre bambalinas, previsiblemente con la misma brutalidad que sus predecesores soviéticos.
El régimen de Putin ha blindado a los viejos aliados y excluido a las generaciones intermedias. Cuando el zar se vaya, las intrigas del Kremlin podrían durar años.
Equilibrio de Poder
La lectura para la seguridad europea es inquietante. Una Rusia sin timón visible, inmersa en una guerra de élites, no solo mantendría la amenaza convencional sobre el flanco este de la OTAN, sino que volvería impredecible la gestión del arsenal nuclear. Washington, que bajo la segunda administración Trump ha priorizado la contención de China en el Indo-Pacífico, podría verse forzado a reequilibrar fuerzas si Moscú entra en una fase de inestabilidad aguda. Bruselas, por su parte, se vería abocada a acelerar la autonomía estratégica de la Unión sin que el paraguas nuclear francés o británico ofrezca hoy un sustituto pleno a la disuasión extendida estadounidense.
Para España, el impacto es doble. Por un lado, cualquier escalada de incertidumbre en Rusia eleva la presión para que los aliados alcancen el 5 % del PIB en defensa que exige Trump, una cifra que supondría unos 70.000 millones de euros anuales —más del triple del presupuesto actual— y que pondría en jaque partidas sociales en Moncloa. Por otro, la inestabilidad en el Kremlin puede repercutir en los mercados energéticos, disparando de nuevo los precios del gas y afectando al suministro invernal de la península. La base de Rota, con sus cuatro destructores AEGIS, seguirá siendo un punto neurálgico del escudo antimisiles, pero también un blanco prioritario si la tensión escala.
En el corto plazo, conviene mirar a las próximas cumbres de la OTAN: la de 2027 debería abordar ya la planificación de contingencias para un escenario post-Putin. La crisis de sucesión no es una hipótesis académica; es una variable de seguridad nacional que puede activarse en cualquier momento. El Kremlin lleva décadas evitando la pregunta, pero el tiempo corre en contra de la gerontocracia que sostiene el sistema.

