EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Los servicios de inteligencia franceses han detectado una campaña de desinformación atribuida a redes vinculadas al Kremlin contra tres aspirantes al Elíseo: Édouard Philippe, Gabriel Attal y Raphaël Glucksmann.
- ¿Quién está detrás? La red rusa Storm-1516 y otras estructuras vinculadas al poder central de Moscú, con métodos que van desde bulos sobre enfermedades hasta sofisticados deepfakes.
- ¿Qué impacto tiene? La operación busca desgastar a los rivales de Marine Le Pen, debilitar el tándem franco-alemán y fracturar la cohesión de los Veintisiete, con repercusiones directas para la seguridad de España y del conjunto de la UE.
La maquinaria de desinformación del Kremlin ha vuelto a activarse en plena precampaña de las presidenciales francesas. Los servicios de inteligencia galos han confirmado esta semana que tres de los principales aspirantes a suceder a Emmanuel Macron han sido víctimas de operaciones de injerencia rusa diseñadas para dinamitar sus opciones electorales. Los ex primeros ministros Édouard Philippe y Gabriel Attal, así como el eurodiputado Raphaël Glucksmann, han sufrido en las últimas semanas una ofensiva de bulos y falsificaciones con un objetivo nítido: dejar vía libre a la candidata de la extrema derecha, Marine Le Pen.
El modus operandi es ya conocido, pero la sofisticación de los ataques no deja de aumentar. Sobre Philippe circuló la falsedad de que padecía una «demencia frontotemporal»; de Attal, que sufría Parkinson y arrastraba una adicción a las drogas como su padre fallecido. El caso más grave es el de Glucksmann, conocido por su firmeza contra Moscú desde la invasión de Ucrania: la red rusa Storm-1516 fabricó un supuesto intento de corrupción mediática usando deepfakes y la voz manipulada del periodista de investigación Edwy Plenel, y señaló como responsable a la mujer del eurodiputado, la presentadora Léa Salamé.
La maquinaria de desinformación del Kremlin ataca a los favoritos
Fuentes del Secretariado General de la Defensa y de la Seguridad Nacional (SGDSN) y de la agencia Viginum, especializada en vigilar injerencias digitales exteriores, atribuyen sin dudas los ataques a «órganos vinculados al poder central ruso». La técnica, bautizada como ‘matrioshka’ —como las muñecas rusas—, consiste en crear falsos reportajes, portadas de diarios manipuladas y vídeos de emisoras trucando medios franceses reales. Un despliegue de intoxicación a escala industrial que lleva años perfeccionándose.
El Kremlin no oculta ya su interés en que Le Pen —o un candidato afín— llegue al Elíseo. En 2017 el banco ruso First Czech-Russian Bank concedió un préstamo de 9,4 millones de euros a su partido, y ahora la estrategia se ha refinado para ser menos rastreable aunque más letal. « Rusia no necesita ganar las elecciones; le basta con hacerlas perder a los favoritos», resumía un alto funcionario francés citado por la prensa local.
El Elíseo blinda el proceso electoral con una ley de urgencia
Ante el riesgo evidente, el Gobierno de Sébastien Lecornu ha movido ficha. El Ministerio del Interior, dirigido por Laurent Nuñez, ha presentado al Parlamento un proyecto de ley para endurecer las sanciones contra quienes divulguen informaciones falsas durante las campañas electorales. La norma, que podría aprobarse antes de fin de año, contempla multas disuasorias y la posibilidad de suspender temporalmente plataformas que incumplan los códigos de conducta. Paris quiere que la votación del próximo abril esté blindada frente a la injerencia externa.
Pero la respuesta no es solo legislativa. Viginum, puesta en marcha tras las elecciones de 2017, ha multiplicado su capacidad de monitoreo. El ensayo general de las municipales de 2020 —entonces los ataques se atribuyeron a un ente privado israelí contra candidatos de La Francia Insumisa— sirvió para afinar los protocolos. Ahora los servicios de contraespionaje han revelado con agilidad los nuevos casos, algo que, según los expertos, tiene un efecto disuasorio y pedagógico sobre el electorado.

Las amenazas, sin embargo, no llegan solo del este. La candidata ecologista Marine Tondelier planteó esta semana en Libération la prohibición temporal de la red X durante la campaña, alegando que los algoritmos de la plataforma propiedad de Elon Musk «favorecen de manera sistemática los mensajes de la extrema derecha». Tondelier recordó que Musk ha expresado su respaldo a Le Pen y que «todas las potencias extranjeras hostiles a Francia tienen interés en su victoria». La propuesta ha abierto un debate sobre los límites a la libertad de expresión en un contexto de guerra híbrida.
El Eje del Poder Europeo
La ofensiva rusa contra las presidenciales francesas trasciende de largo las fronteras del Hexágono. Que un país con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y arsenal nuclear propio caiga en manos de una fuerza euroescéptica y alineada con los intereses de Putin sería una catástrofe geopolítica para la Unión. El tándem franco-alemán, ya resentido por las tensiones entre Berlín y París sobre el futuro del gasto en defensa, se rompería prácticamente. Bruselas observa con una mezcla de alarma y resignación: sabe que la injerencia rusa no es nueva, pero cada campaña electoral en un Estado miembro grande es una nueva prueba de estrés para la cohesión comunitaria.
Esa fractura potencial tiene un impacto directo sobre España. Madrid ha sido también objetivo recurrente de las factorías de desinformación del Kremlin, especialmente desde la crisis catalana de 2017. Los servicios de inteligencia españoles llevan años documentando injerencias en redes sociales y la difusión de bulos diseñados para alimentar la polarización política. Si París cede a la presión, la capacidad de la UE para sostener una política exterior común frente a Moscú —el apoyo militar a Ucrania, las sanciones económicas— se vería gravemente mermada, y España quedaría más expuesta en el flanco sur de la Alianza.
Rusia no necesita ganar las elecciones; le basta con hacerlas perder a los favoritos y dejar que la desconfianza corroa la democracia francesa.
La historia reciente ofrece un precedente crudo: en 2016, la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses y en el referéndum del Brexit demostró que el coste de la manipulación informativa es inmenso y tardío en medirse. La UE creó entonces el Servicio Europeo de Acción Exterior con una célula dedicada a las noticias falsas, pero su eficacia es limitada sin una coordinación férrea de los Estados. La próxima cita será determinante: el pleno del Parlamento Europeo debatirá en septiembre un informe que pide a la Comisión que eleve a delito penal la injerencia electoral extranjera. El calendario corre y, mientras, las matrioshkas rusas siguen apilándose en los buzones digitales de los votantes europeos.

