La Unión Europea se enfrenta a una de sus fracturas internas más visibles en política exterior: la guerra soterrada entre la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y la alta representante, Kaja Kallas, por el control de la agenda sobre Israel. Lo que comenzó como un roce institucional ha estallado en una crisis diplomática de primer orden que deja al descubierto las costuras del marco de acción exterior comunitario.
¿Quién diseña la política exterior en la UE?
Para entender la magnitud del choque conviene recordar la arquitectura básica. Los Tratados otorgan la representación internacional del bloque al presidente del Consejo Europeo y a la alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, cargo que ocupa Kallas. La Comisión, por su parte, actúa como un gobierno técnico, pero su presidenta —Von der Leyen— carece formalmente de competencias en política exterior pura, más allá de la dimensión comercial o de vecindad.
Sin embargo, en esta legislatura se han creado figuras como el comisario de Defensa o la comisaria para el Mediterráneo, fragmentando la voz exterior y multiplicando los actores. Von der Leyen, consciente de su notoriedad global, ha ido ganando protagonismo en cumbres y viajes, difuminando el papel de la alta representante. Esa tensión institucional es un secreto a voces en Bruselas y, con Israel como catalizador, ha reventado de forma pública.
Israel, el detonante de la fractura en la Comisión
El último capítulo se escribe en cuestión de días. Según fuentes europeas, Kallas habría comparado —a puerta cerrada durante un encuentro en México— la discriminación sistemática de los palestinos con el régimen de apartheid en Sudáfrica. La estonia no ha confirmado ni desmentido esas palabras, pero su tono hacia el Gobierno de Netanyahu se ha endurecido visiblemente, denunciando los asentamientos ilegales y la falta de avances hacia una solución de dos Estados.
La reacción israelí fue inmediata. El ministro de Exteriores, Gideon Sa’ar, anunció que cortaba «todo contacto» con Kallas y la declaró persona non grata. Aprovechó además para acusarla de actuar «de forma obsesiva y con flagrante injusticia». Ningún comisario salió públicamente en su defensa. La portavoz comunitaria se limitó a un tibio «respaldo a todos los miembros» del colegio de comisarios.
Justo una semana después, la comisaria para el Mediterráneo, Dubravka Šuica, aterrizaba en Tel Aviv y se reunía con el mismo Sa’ar. La visita, no anunciada previamente por motivos de seguridad según Bruselas, incluyó un encuentro en el que Šuica calificó a Israel de «socio clave» y defendió el diálogo abierto. No hubo mención pública a la crisis con Kallas, lo que el ex alto representante Josep Borrell denunció de inmediato como una falta de «solidaridad y coordinación».
La ausencia de una defensa institucional hacia Kallas evidencia que, dentro del Ejecutivo comunitario, la presidenta Von der Leyen ha optado por no cubrir a su teórica subordinada.
La imagen de una comisaria —nombrada directamente por Von der Leyen— negociando sonrisas con el ministro que había vetado a la jefa de la diplomacia europea es, para muchos diplomáticos, el símbolo perfecto de la esquizofrenia exterior comunitaria.

El Eje del Poder Europeo
Lo que subyace es un pulso profundo por el control de la política exterior que trasciende a Israel. Von der Leyen, apoyada tácitamente por el eje franco-alemán cuando las circunstancias lo requieren, busca consolidar una Comisión geopolítica bajo su mando, una aspiración que choca con el carácter intergubernamental que los Estados miembros —especialmente los del este y los nórdicos— quieren preservar. Kallas, procedente de Estonia, representa esa visión que desconfía de los excesos del Berlaymont.
España observa el choque con incomodidad. Madrid ha sido históricamente un firme defensor de la solución de dos Estados y comparte el tono crítico de Kallas hacia los asentamientos, pero al mismo tiempo necesita a la Comisión para desbloquear fondos europeos y no desea un enfrentamiento abierto con la presidenta. La ausencia de una posición común entre los Veintisiete —ni siquiera se ha logrado la mayoría suficiente para sancionar a los ministros más extremistas de Netanyahu— convierte a la UE en un actor irrelevante sobre el terreno, justo cuando la tensión en Cisjordania y Líbano se dispara.
El precedente no es halagüeño. Ya durante la anterior legislatura, el entonces alto representante Josep Borrell mantuvo encontronazos con Von der Leyen, pero siempre existió un mínimo de coordinación entre el SEAE y la Comisión. Ahora, la fragmentación es tal que el propio Consejo Europeo ha pedido en vano a la Comisión que presente una propuesta para limitar el comercio con los territorios ocupados, una medida puramente técnica que Bruselas arrastra sin respuesta. La lectura estratégica es clara: si Von der Leyen no cede espacio, la política exterior europea seguirá siendo una suma de viajes inconexos y gestos sin consecuencias.
La próxima cumbre del Consejo Europeo será un termómetro. Si los líderes no exigen restablecer la coherencia entre los dos polos —presidenta y alta representante—, Oriente Medio confirmará lo que muchos ya intuyen: Europa tiene más siglas que influencia real.

