EN 30 SEGUNDOS
- ¿A quién afecta? A todos los municipios catalanes con masa forestal cercana y, especialmente, a las zonas de interfaz urbano-forestal como Collserola o las comarcas del interior.
- ¿Cuándo ocurre? El déficit de personal es estructural y crónico, pero el riesgo extremo se concentra en los meses estivales, cuando el bosque seco se convierte en un polvorín.
- ¿Qué cambia hoy? Sin suficientes trabajadores forestales, la gestión preventiva se bloquea. Cada hectárea sin limpiar eleva las probabilidades de un incendio de sexta generación que los bomberos no pueden extinguir.
Catalunya tiene el 65% de su superficie cubierta por bosques, pero apenas gestiona el 30% de esa masa forestal. Y la principal razón es la escasez crónica de profesionales especializados, un déficit que las administraciones y el sector consideran ya un riesgo sistémico para la prevención de incendios.
Una mano de obra en horas bajas
Según datos del Centre de Ciència i Tecnologia Forestal de Catalunya (CTFC), el sector forestal catalán cuenta con apenas 3.581 trabajadores. Casi todos son autónomos o forman parte de empresas de menos de diez asalariados, con escasa capitalización, poca estabilidad a lo largo del año y enormes dificultades para comprar maquinaria especializada.
Mario Beltran, responsable del Hub Forestal del CTFC, lo resume con crudeza: “Es un problema estructural. Las labores en el bosque son muy duras y es complicado que los jóvenes aguanten los años suficientes para tener experiencia”. La covid, añade, frenó la incorporación de inmigrantes del este de Europa que antes cubrían esos puestos.
Anna Sanitjas responsable de l’Oficina de Prevenció Municipal de Incendios Forestales de la Diputació de Barcelona, pone cifras a la precariedad: un trabajador con motosierra cobra unos 150 euros al día, incluyendo el combustible, pero “se calcula que debería recibir al menos 250”. La Diputació de Barcelona destina anualmente 15 millones de euros a gestión forestal, pero el dinero no basta si no hay quien realice las tareas.
La paradoja es brutal: el bosque crece sin control y los bomberos saben que, ante un incendio de sexta generación, solo pueden rezar.
La Escola Agrària Forestal de Santa Coloma de Farners tiene más demanda que oferta en sus grados medio y superior, pero la salida laboral hacia la gestión forestal pura es poco atractiva: los graduados prefieren la educación ambiental o la conservación de fauna.
La velocidad de los incendios desborda la extinción
El subinspector del Grup d’Actuacions Forestals (GRAF) de la Generalitat, Asier Larrañaga, recuerda que la capacidad de extinción se ve superada por la voracidad del fuego: en los últimos 40 años, la velocidad de crecimiento de los grandes incendios ha pasado de 345 hectáreas/hora a más de 800, y el periodo de riesgo se ha alargado casi un mes. “Enviar a los bomberos a intentar apagar llamas en esos escenarios es condenarlos a la muerte”, subrayó durante una sesión en la Fundació Catalunya La Pedrera.
El caso de Collserola es el más paradigmático: las simulaciones indican que un fuego de alta intensidad podría arrasar hasta el 70% de la masa forestal del parque en solo ocho horas. Sin una gestión forestal que fragmente el paisaje y reduzca la carga de combustible, los grandes incendios se vuelven imparables.

Mecanización y revalorización de la madera: las llaves para salir de la trampa
Joan Rovira, secretario del Consorci Forestal de Catalunya (1.500 socios que suman más de 200.000 hectáreas), insiste en que “el primer elemento para tener bosques resilientes es que la silvicultura sea rentable”. En países como Francia o el norte de Europa la mecanización ha suplido la falta de mano de obra, pero en Catalunya la inversión en maquinaria pesada sigue siendo residual.
Anna Sanitjas añade que la tonelada de madera, leña y biomasa que produce Catalunya cada año podría multiplicarse por 2,5 únicamente aprovechando el crecimiento de los árboles. El obstáculo: la mayor parte del producto forestal se destina a usos de bajo valor, como palés. Si se impulsara la construcción con madera, el margen de beneficio permitiría pagar salarios dignos y atraer talento.
Miquel Rafa, responsable de Sostenibilidad de la Fundació Catalunya La Pedrera, constata que en el proyecto Bio for Piri, en la montaña de Alinyà (Alt Urgell), tuvieron que contratar empresas de fuera de la comarca porque no había capacidad local. La fundación logró generar seis empleos, pero la experiencia evidencia lo frágil que es el tejido empresarial del sector.
La prevención, una asignatura pendiente que exige una respuesta de país
El patrón se repite: Catalunya invierte decenas de millones en extinción de incendios —y lo seguirá haciendo— mientras la gestión forestal preventiva arrastra un agujero crónico de personal que ni los presupuestos públicos ni las ayudas han logrado tapar. La coartada de que “no hay suficientes personas” esconde un problema más profundo: el bosque no da suficiente rentabilidad para atraer trabajadores, y sin trabajadores el bosque se convierte en un polvorín.
El Departament d’Agricultura, Ramaderia i Pesca, del que depende la dirección general de Boscos, aún no se ha pronunciado sobre el déficit estructural de profesionales. Pero las voces del sector coinciden: sin una estrategia de país que combine formación, mecanización, mejora de las condiciones laborales y una apuesta decidida por la madera como recurso renovable, Catalunya seguirá enfrentándose cada verano a la misma ruleta rusa.
El precedente de 2023, cuando uno de los mayores incendios del Pirineo arrasó más de 600 hectáreas en la Alta Ribagorça, ya demostró que la secuencia es conocida: mucha biomasa acumulada, pocos efectivos para limpiarla y un fuego que escapa en minutos. La pregunta no es si volverá a ocurrir. La pregunta es si llegará el día en que la prevención se tome tan en serio como la extinción.
