El tintineo de la campana del refectorio apenas llegaba a la celda del padre Baltasar Gracián en el colegio de la Compañía de Jesús de Huesca. Sentado a una mesa de pino, con los dedos manchados de tinta ferrogálica, sopesaba una cuartilla recién escrita: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Aquel aforismo, que aóra mismo repasaba una y otra vez, era uno más de los trescientos que ya conformaban un manuscrito clandestino. Gracián lo sabía: la orden no permitía a sus miembros publicar sin el nihil obstat previo, y él no lo había solicitado. La pluma del jesuita llevaba años deslizándose a escondidas sobre el papel, urdiendo una revolución en miniatura que terminaría costándole la libertad y el sosiego.
Fuera, el cierzo aragonés sacudía los postigos. Dentro, el aroma de la cera de las velas se mezclaba con el de los libros viejos. Gracián era un hombre de silencios largos y frases cortas, un predicador que aborrecía los sermones enfáticos y que había encontrado en el aforismo la forma exacta de su pensamiento. La prudencia, la agudeza y el desengaño —tres pilares de su filosofía— ya estaban esculpiendo un estilo que, siglos después, filósofos como Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche leerían con devoción.

