India ha pulverizado en junio su récord de importaciones de petróleo ruso al adquirir 2,7 millones de barriles diarios (bpd), un salto de 0,57 millones respecto a mayo. La cifra se alcanza a pesar de que la exención de sanciones de Estados Unidos expiró el 17 de junio, justo a mitad del mes, lo que demuestra la inercia de los flujos y la determinación de Nueva Delhi de priorizar el suministro barato por encima de las presiones geopolíticas de Washington.
Un récord que desafía el fin de las exenciones
Según datos preliminares de Kpler y LSEG, las refinerías indias importaron una media de 2,70 millones de bpd de crudo ruso en junio, frente a los 2,13 millones del mes anterior. El petróleo de Moscú pasó a representar más de la mitad de todas las compras externas de India, un hito que subraya la dependencia energética del tercer mayor importador mundial.
El fin de la waiver estadounidense el 17 de junio apenas ha frenado el apetito de los compradores indios. Durante la primera mitad del mes, con la exención aún activa, los cargamentos ya estaban programados y atracando en puertos. Pero la persistencia de los flujos en la segunda quincena indica que las refinerías encontraron mecanismos alternativos —como el uso de rupias, seguros no occidentales o buques de la flota fantasma rusa— para mantener los suministros.
Descuentos competitivos y demanda interna disparada
El combustible detrás de esta escalada no es solo geopolítico. India ha diversificado su cesta de crudo de forma agresiva desde que el conflicto en Oriente Próximo y el cierre del estrecho de Ormuz interrumpieron sus importaciones de crudo, GNL y GLP del Golfo. Antes de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, casi una quinta parte de los envíos energéticos mundiales transitaban por ese paso, disparando los precios internacionales. Para un país que crece al 7% anual y electrifica a marchas forzadas, cada dólar de descuento cuenta.
El crudo ruso de los Urales se ha vendido con descuentos de entre 15 y 20 dólares por barril respecto al Brent, un margen que las refinerías indias convierten directamente en márgenes de refinación récord cuando exportan productos como diésel a Europa. La demanda interna india, además, no da señales de enfriamiento: la temporada de monzones y las necesidades de la agricultura añaden presión alcista sobre las compras.
La lectura estratégica es otra: India está aprovechando su posición de bisagra entre Occidente y Rusia para obtener la mejor tarifa posible, sin alinearse plenamente con ningún bando. Eso sí, Washington observa con creciente frustración que su socio del Indo-Pacífico siga engrasando las arcas del Kremlin mientras le pide que contenga a China.
El crudo ruso fluye ya como un río hacia las refinerías indias, y ni el fin de las exenciones ni las presiones de la Casa Blanca han conseguido represarlo.
Equilibrio de Poder
Este récord de importaciones altera los tres vértices del triángulo Washington-Moscú-Bruselas. Para la administración Trump, la independencia energética india es una carta que debilita el régimen de sanciones. Aunque las exenciones anteriores estaban diseñadas para evitar un shock de precios, su eliminación parcial no ha servido para estrangular los ingresos rusos. Los petrodólares —o las rupias convertibles— siguen financiando la maquinaria bélica rusa en Ucrania, mientras India capitaliza los descuentos.
Para Moscú, la noticia confirma que el bloque BRICS+ ofrece una válvula de escape sólida. Los flujos hacia India y China compensan con creces las pérdidas del mercado europeo, y el precio del barril ruso, aunque descontado, sigue por encima del coste de producción. En términos de poder relativo, Rusia se muestra capaz de resistir un embargo occidental prolongado sin colapsar su moneda.
Para Europa, la paradoja es evidente. Las refinerías indias importan crudo ruso, lo transforman en diésel y gasolina y lo exportan a la UE, que así sortea sus propias sanciones de forma indirecta. Las sanciones comunitarias prohíben la compra directa de petróleo ruso, pero el diésel indio, aunque refinado a partir de Urales, se considera producto indio y entra sin trabas. Bruselas se enfrenta a una decisión incómoda: cerrar ese resquicio o admitir que la huida hacia adelante de las sanciones tiene límites.
Para España, el impacto es doble. Por un lado, unos precios internacionales del crudo moderados —gracias a la salida india del Golfo y de Moscú— contienen la factura energética y la inflación. Por otro, la competencia de las refinerías indias en el mercado europeo de productos refinados presiona a las plantas españolas, que dependen de crudo más caro y deben ajustar márgenes. A medio plazo, si las sanciones se endurecen y el suministro global se resiente, la factura eléctrica y de transporte podría repuntar, reavivando las tensiones en Moncloa.
La cumbre del G20 prevista para septiembre en Nueva Delhi pondrá a prueba la paciencia de Washington con su socio estratégico del Indo-Pacífico. Hasta entonces, los petroleros seguirán llegando a las costas de Gujarat con la bandera de la conveniencia económica por delante.

