Vox afronta una nueva sacudida interna con la expulsión de la concejala Carla Toscano, una de las voces más beligerantes del partido contra la ideología de género, y las tensiones crecientes en torno a Javier Ortega Smith. La salida de Toscano no solo evidencia un pulso personal; refleja las profundas divisiones que genera en la formación el alineamiento incondicional con Israel y el papel de lobbies como ACOM en la estructura del partido.
La posición oficial de Vox: un alineamiento estratégico con Israel
Vox ha hecho del apoyo a Israel uno de los ejes de su política exterior. El partido que preside Santiago Abascal defiende abiertamente al Gobierno de Netanyahu como aliado en la lucha contra el terrorismo islámico y comparte su visión de una alianza judeocristiana. En el Parlamento Europeo, el eurodiputado Jorge Buxadé ha votado en un 99 % de las ocasiones a favor de resoluciones favorables a Israel desde octubre de 2023, situando a Vox en la vanguardia de los partidos europeos proisraelíes, según el informe de la Coalición Europea por Israel.
Esta posición no es coyuntural. La Fundación Disenso, el laboratorio de ideas del partido, ha trabajado con influyentes lobbies como ACOM (Acción y Comunicación sobre Oriente Medio), cuyo cofundador, David Hatchwell, es uno de los principales donantes internacionales del Likud. El propio Abascal viajó a Tel Aviv en 2025, en plena ofensiva militar israelí, y Vox fue anfitrión en Madrid de la cumbre de Patriotas por Europa —el grupo que lideran Le Pen, Orbán y el propio Abascal— en la que el partido de Netanyahu se incorporó como observador.
Para la cúpula, este alineamiento es coherente con su defensa de la soberanía nacional: ven en Israel un Estado que se defiende de enemigos comunes y un socio clave en la batalla cultural contra el globalismo. Sin embargo, ese respaldo sin matices está generando un coste interno cada vez más visible.
Las voces críticas: Toscano, Ortega Smith y el cuestionamiento de la línea oficial
La expulsión de Carla Toscano, concejala en el Ayuntamiento de Madrid, ha sido el último episodio de esta fractura. Toscano, conocida por su oratoria incendiaria contra el feminismo, denunció en redes sociales el asedio a comunidades cristianas en Cisjordania por parte de colonos israelíes y pidió a los católicos condenar “ese asedio incesante”. Meses antes, ya había calificado de “masacre” lo ocurrido en Gaza y reclamado el respeto al derecho internacional humanitario. Su postura chocaba frontalmente con la dirección, que ordena férrea disciplina en este asunto.
La edil alega que fue expulsada sin garantías y que el Comité de Garantías que tramitó su expediente está integrado por personas vinculadas a ACOM, lo que, a su juicio, vicia de nulidad todo el proceso. De hecho, la hermana de la vicepresidenta de ACOM, Marcela Reigía, forma parte de ese comité. “Se me expulsa por no haber acatado una ilegalidad y por no traicionar a un compañero”, declaró Toscano, en referencia a su negativa a desmarcarse de Javier Ortega Smith.
Cada expulsión es la muestra de una contradicción que crece: el partido que defiende la soberanía nacional ve cómo su política exterior genera desgarros internos.
El propio Ortega Smith, líder de Vox en Madrid, ha mostrado su apoyo a los soldados españoles desplegados en Líbano tras el ataque israelí de enero de 2026, sin condenar explícitamente a Israel. Pero, sobre todo, ha respaldado tácitamente a Toscano, hasta el punto de que el grupo municipal de Vox en Madrid replicó sus tuits críticos. Exdirigentes como García-Gallardo y Sánchez del Real también presionaron para que Abascal condenara “los excesos de Netanyahu”. Estas voces, lejos de ser marginales, representan un malestar creciente en un partido que se define como soberanista pero que algunos ven tutelado por intereses extranjeros.

Lectura estratégica: ¿fractura pasajera o quiebra estructural?
La crisis que atraviesa Vox no es un simple ajuste de cuentas. Las expulsiones de Toscano y del líder murciano José Ángel Antelo —quien también denunció el control de “poderes externos”— son la punta de un iceberg: el coste político de unas alianzas internacionales que tensionan la base ideológica del partido. El seguidismo a la agenda sionista, como antes lo fue la adhesión sin crítica al trumpismo, genera fricciones en una formación que enarbola la soberanía nacional como bandera.
Para la dirección de Vox, las purgas son imprescindibles para mantener la cohesión y la disciplina de voto, especialmente de cara al próximo ciclo electoral. Sin embargo, el riesgo es evidente: cada expulsión debilita la imagen de unidad que necesita para presionar al PP desde la derecha y erosiona la confianza en un liderazgo que algunos sectores consideran ajeno a sus bases. Mientras, la sombra de ACOM como actor con influencia real en la estructura del partido añade un factor de desconfianza interna que no será fácil de disipar.
Lo que sí parece seguro es que Vox no abandonará su línea proisraelí, como demuestran los datos de votación en Estrasburgo y la continuidad de los nexos con el Likud. Pero el pulso entre los críticos y la cúpula está lejos de cerrarse, y su desenlace podría condicionar la estrategia del partido ante futuras investiduras y su capacidad para capitalizar el desgaste del Gobierno.
