Donald Trump escogió un escenario de postal, el imponente Monte Rushmore, para lanzar en la víspera del 250 aniversario de Estados Unidos un mensaje tan rotundo como polarizador: el comunismo, lejos de ser un fantasma del pasado, ha resurgido dentro de las fronteras americanas. Y ya tiene rostro, el del nuevo alcalde socialista de Nueva York, Zohran Mamdani.
Trump habló el 3 de julio ante los colosales rostros de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln para celebrar al país «más exitoso, más logrado y más excepcional que jamás haya existido». Pero el tono festivo duró apenas un instante. Enseguida viró hacia la advertencia: «Una generación después de que lucháramos y ganáramos la Guerra Fría contra la amenaza del comunismo, hay ahora un resurgir de la amenaza comunista en nuestra tierra».
Las imágenes del Air Force One sobrevolando el memorial, los fuegos artificiales y la banda sonora patriótica no lograron disimular el verdadero objetivo del discurso: trazar una línea de batalla ideológica de cara a unas elecciones legislativas que se perfilan como un plebiscito sobre la identidad nacional. La guerra cultural vuelve a ser su terreno favorito.
El presidente estadounidense redujo la política a un dilema binario: «Puedes ser comunista, o puedes ser patriota. No puedes ser las dos cosas». E instó a sus conciudadanos a «desterrar el comunismo de nuestras costas de una vez por todas». La retórica recordaba a los días más álgidos de la Guerra Fría, cuando la amenaza roja movilizaba a las masas conservadoras.
Un discurso contra el reloj de las midterms y el fantasma de Mamdani
Lo que dio al acto una carga electoral inmediata fue su coincidencia, apenas unas horas antes, con un movimiento de la izquierda demócrata que Trump explotó con habilidad. Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York y rostro del socialismo emergente, había pronunciado un discurso sentado tras el escritorio de George Washington en el ayuntamiento, en el que cargó contra las élites, las autoridades migratorias y acusó a los líderes políticos de traicionar el legado fundacional.
Mamdani argumentó que la división es «el truco más viejo de la política» y que «en cada momento de nuestro pasado, quienes lideraron mediante la exclusión intentaron enriquecerse volviéndonos unos contra otros». Un mensaje que Trump leyó como una declaración de guerra simbólica. Para el presidente, la imagen del alcalde socialista en en el despacho del primer presidente era la confirmación de que el peligro no es retórico: los socialistas están ganando primarias en plazas tan simbólicas como Nueva York y Colorado.
Puedes ser comunista, o puedes ser patriota. No puedes ser las dos cosas.
Con la popularidad de Trump erosionada por la gestión de la economía y la guerra en Irán, su equipo ha visto en el anticomunismo un mensaje capaz de reagrupar a una base electoral desmotivada. No es la primera vez que recurre a esta estrategia: ya en las presidenciales de 2020 tildó a Joe Biden de «títere de la izquierda radical».
La Lógica de Washington
Entender por qué Trump apuesta por el anticomunismo en pleno siglo XXI exige mirar más allá de la anécdota del día. En la política estadounidense, el miedo rojo nunca murió del todo; simplemente hibernó. Ronald Reagan lo utilizó en los 80 para justificar su rearme frente a la URSS. El senador Joe McCarthy lo empleó en los 50 para perseguir supuestos infiltrados. Ahora, Trump lo rescata porque el contexto doméstico se lo sirve en bandeja.
El ascenso de figuras como Mamdani, junto al vacío de liderazgo en el Partido Demócrata desde la derrota de 2024, permite a Trump retratar a toda la oposición como cómplice del socialismo. Y en estados bisagra como Pensilvania o Wisconsin, donde el votante blanco de clase trabajadora teme que los «recién llegados» transformen el país, esa narrativa cala. No importa que la economía estadounidense siga siendo capitalista: el debate se ha trasladado al terreno de los valores y la identidad.
Para España, el giro discursivo de Trump tiene dos lecturas. La inmediata es diplomática: el Gobierno de Pedro Sánchez, socialista y aliado de la izquierda global, puede convertirse en blanco colateral de una administración que identifica socialismo con enemigo de América. Las relaciones bilaterales en comercio y defensa, hasta ahora pragmáticas, podrían tensarse si Washington decide exportar su guerra cultural a las embajadas. La lectura estratégica es que el uso sistemático del anticomunismo anticipa un ciclo electoral ―las midterms de noviembre de 2026― en el que Trump volcará todos los recursos en movilizar a los votantes más conservadores, incluso a costa de enfriar las alianzas transatlánticas.
La próxima gran cita en este pulso será la convención demócrata de este verano, donde el partido deberá decidir si abraza o contiene a su ala más izquierdista. De esa decisión dependerá en buena medida la eficacia de la munición que Trump ya tiene cargada.

Ficha del Caso
- El caso: Trump pronunció el 3 de julio de 2026, víspera del 250 aniversario de EE.UU., un discurso en Mount Rushmore en el que alertó del «resurgir de la amenaza comunista» y la vinculó directamente con los socialistas demócratas que ganan primarias.
- Datos clave: El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, socialista, había dado un discurso alternativo el mismo día. Primarias con éxito socialista en Nueva York y Colorado. Las midterms de noviembre de 2026 se perfilan como un referéndum ideológico.
- Para España: El giro anticomunista enrarece el clima diplomático con el Gobierno socialista de Pedro Sánchez, mientras el pragmatismo comercial podría verse sustituido por una retórica que divida a los aliados transatlánticos.

