Foreign Affairs advierte: la OTAN no sobrevive sin confianza y Trump aprieta

Europa eleva su gasto en defensa al 2% del PIB y se convierte en un socio estratégico, pero la falta de consultas de Washington y las amenazas de repliegue erosionan la confianza en el paraguas estadounidense. La cumbre de la OTAN en Turquía pondrá a prueba la cohesión de la Alia

La alianza transatlántica está más fuerte en números, pero más débil en confianza. Esa es la advertencia que lanza Foreign Affairs en su último análisis sobre la OTAN, justo cuando la administración Trump redobla sus exigencias de gasto militar y amenaza con retiradas de tropas si los aliados no pagan ‘su parte justa’.

Más gasto, pero menos confianza

En el papel, la OTAN nunca había estado tan equilibrada. Casi todos los miembros cumplen o superan el objetivo del 2% del PIB en defensa. El gasto europeo y canadiense aumentó un 20% entre 2024 y 2025, y representan ya el 40% del total de la Alianza. Si se mantienen los compromisos para 2035, Europa destinaría más de 800.000 millones de dólares al año, casi a la par de Estados Unidos.

Sin embargo, ese rearme no se ha traducido en una relación más sólida. Al contrario. La administración Trump ha excluido sistemáticamente a los europeos de las decisiones que más les afectan: las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania y la planificación del ataque a Irán. Y ha utilizado el despliegue militar como castigo —la retirada de miles de soldados de Alemania en mayo, tras las críticas del canciller Friedrich Merz al conflicto con Irán—, en lugar de como herramienta de disuasión compartida.

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El resultado es un deterioro sin precedentes de la percepción europea hacia Washington. Una encuesta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores de mayo de 2026 muestra que una cuarta parte de los europeos ve a Estados Unidos como rival o adversario. El episodio de Groenlandia —cuando Trump amenazó con aranceles si los europeos no aceptaban sus ambiciones de anexión— agravó la desafección. Bruselas empezó a considerar represalias comerciales impensables hasta entonces.

Esta quiebra de la confianza tiene consecuencias estratégicas. Algunos países europeos podrían empezar a hacer equilibrios entre China y Estados Unidos, o incluso acercarse a Moscú si la extrema derecha gana peso. Pero quizá lo más grave es que Washington se arriesga a perder los beneficios de un socio verdaderamente capaz: Europa ha dejado de ser un free rider y se está convirtiendo en un activo estratégico. En 2025 incrementó su ayuda financiera y militar a Ucrania un 60% y 67% respectivamente, según el Instituto Kiel, y la UE ha mantenido a flote las finanzas ucranianas con un paquete de préstamos de más de 100.000 millones de dólares.

Europa ha cesado de ser un polizón y se está convirtiendo en un activo estratégico. La pregunta es si Washington sabrá valorarlo antes de que sea demasiado tarde.

Pero la acumulación de agravios puede llevar a una fractura. La cumbre de la OTAN que se celebra este mes en Turquía estará marcada por la amenaza de Washington de condicionar el pago de sus cuotas a que los aliados alcancen los objetivos de gasto, como ya advirtió el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Moscú, mientras, observa las fisuras con atención, dispuesta a explotar cualquier vacío que deje una retirada unilateral estadounidense.

Los errores que quebraron la relación

La política exterior de Trump ha roto los códigos de la alianza. El plan de paz para Ucrania filtrado en noviembre de 2025, con sus 28 puntos favorables a Rusia, se negoció sin consultar a Europa. El ataque a Irán, desencadenado sin debate previo con los aliados, ha llevado a varios gobiernos europeos a restringir el uso de sus espacios aéreos y bases para operaciones vinculadas al conflicto, algo impensable durante la invasión de Irak de 2003, cuando la solidaridad aliada se mantuvo incluso entre desacuerdos.

La amenaza de aranceles por Groenlandia o la retirada abrupta de tropas de Alemania como represalia política han sustituido la consulta por la coerción. El mensaje que llega a las capitales europeas es claro: Washington no trata a la OTAN como una alianza de iguales, sino como un protectorado al que se le exigen cuotas y se le niega voz en las decisiones de seguridad global.

El coste de esta dinámica no es solo diplomático. En términos militares, la OTAN necesita coordinación para disuadir a Rusia. Si Estados Unidos retira capacidades sin una transición pactada, se crearán brechas que Moscú podrá explotar en el flanco este. Y la industria europea de defensa, que aún depende de Washington en un 51% de sus compras, requiere un mercado único europeo para ganar autonomía sin romper con el socio transatlántico.

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Trump OTAN

Equilibrio de Poder

La crisis de confianza en la OTAN altera el equilibrio de fuerzas en el continente. Rusia no necesita ganar una guerra para debilitar a la Alianza; le basta con que Washington y Bruselas se distancien. El Kremlin ha encontrado en las contradicciones de la administración Trump un aliado involuntario: cada amenaza de retirada, cada exclusión de los europeos de las mesas de negociación, refuerza la narrativa rusa de un Occidente dividido y una OTAN obsoleta.

Para España, la situación es especialmente delicada. Madrid ha incrementado su gasto militar en los últimos años, pero aún está lejos del 5% que Trump ha llegado a sugerir. La base de Rota y el flanco sur —con la inestabilidad en el Sahel y la presión migratoria— dependen de la cooperación transatlántica. Una OTAN fracturada dejaría a España más expuesta, tanto en el Mediterráneo como en la relación con Marruecos y Argelia. Además, la economía española se vería presionada por un posible desvío masivo de recursos presupuestarios hacia defensa en detrimento de otras partidas sociales, justo cuando el país intenta reducir el déficit.

A medio plazo, la alianza se enfrenta a una disyuntiva: o Washington repara la confianza rota incluyendo a Europa en las decisiones clave —empezando por las negociaciones de paz en Ucrania y el estrecho de Ormuz—, o Europa acelera su propia autonomía estratégica, con el riesgo de duplicar capacidades y debilitar a la OTAN como bloque cohesionado. La cumbre de Turquía de este mes será un test de estrés para saber si el paraguas nuclear y convencional de Estados Unidos sigue siendo fiable o si el socio más valioso que Washington podría tener se convierte en un competidor receloso.

La historia reciente demuestra que, sin confianza, los tratados se convierten en papel mojado. La crisis de los misiles en Cuba se resolvió porque Kennedy y Jruschov confiaban en que el otro no quería el apocalipsis nuclear. Hoy, la falta de consulta erosiona un activo más intangible que el gasto militar: la certeza de que, si el artículo 5 se activa, la respuesta no estará condicionada a un tuit matinal.