EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Ataques simultáneos contra posiciones militares en Aguel-Hoc, Anefis, Gao, Sevare y Kenioroba, repelidos con 26 terroristas neutralizados y un soldado fallecido.
- ¿Quién está detrás? Grupos armados yihadistas y el Frente de Liberación de Azawad reivindicaron las acciones, que incluyeron asaltos con motocicletas y vehículos equipados.
- ¿Qué impacto tiene? Refuerza la alianza militar entre Malí y Rusia, evidencia el vacío de seguridad dejado por la retirada francesa y subraya la amenaza persistente del yihadismo en el Sahel.
Las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), respaldadas por la fuerza aérea del Africa Corps ruso —sucesor del Grupo Wagner en la región—, repelieron este sábado una serie de ataques terroristas coordinados contra cinco posiciones militares en el norte del país, según el comunicado oficial difundido por Bamako. El balance provisional eleva a 26 los asaltantes neutralizados y confirma la muerte de un soldado maliense en Gao.
Los asaltos, que la junta militar califica de «coordinados», se desencadenaron en las localidades de Aguel-Hoc, Anefis, Gao, Sevare y Kenioroba, y se prolongaron de forma simultánea. En Sevare, las FAMa abatieron a «20 terroristas que se desplazaban en motocicletas y vehículos equipados», mientras que en Gao los enfrentamientos dejaron seis terroristas neutralizados, un vehículo destruido y un militar fallecido junto a cuatro heridos.
En un segundo comunicado, el ejército maliense precisó que las tropas «en colaboración con su socio estratégico del Africa Corps» también frustraron asaltos contra Konna y Somadougou, causando «un balance humano y material particularmente elevado en las filas del enemigo». La intervención de la unidad rusa, que incluyó apoyo aéreo, resultó decisiva para evitar la toma de instalaciones clave.
El Frente de Liberación de Azawad —grupo independentista tuareg— reivindicó horas antes la ofensiva para «tomar el control de la localidad de Anefis», según un mensaje difundido en redes sociales por su portavoz, Mohamed Elmaouloud Ramadane. Esta reivindicación confirma la multiplicidad de actores armados que operan en el norte del país, donde confluyen yihadistas vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico con milicias separatistas.
El Sahel sigue siendo el epicentro de un conflicto que la retirada francesa no ha apagado, sino que ha recrudecido bajo nuevos patrones de alianza militar.
Reacciones y condena de la Unión Africana

El presidente de la Comisión de la Unión Africana, Mahmoud Ali Youssouf, condenó este domingo los atentados del 4 de julio en un comunicado que califica los hechos como «un claro recordatorio de que el terrorismo y el extremismo violento siguen representando una amenaza grave para Malí, el Sahel y todo el continente africano». Youssouf trasladó sus condolencias a las familias de las víctimas y reiteró el apoyo de la UA a los esfuerzos antiterroristas.
Malí arrastra desde 2012 una insurgencia yihadista que se ha extendido a los vecinos Burkina Faso y Níger. Las tres juntas militares que gobiernan estos países rompieron con París, expulsaron a las tropas francesas y acusaron reiteradamente a Francia de «patrocinar el terrorismo» en el Sahel. En su lugar, han recurrido a Rusia como socio principal de seguridad, lo que ha reconfigurado por completo el tablero geopolítico de la región.
Equilibrio de Poder
La sucesión de ataques coordinados contra cinco puntos del dispositivo militar maliense no es un episodio aislado, sino la última sacudida de una crisis de seguridad que ha cambiado de patrocinador pero no de intensidad. La alianza con el Africa Corps ruso ha proporcionado a la junta golpista de Assimi Goita una capacidad de respuesta inmediata, pero a costa de profundizar la fractura con Occidente y con la CEDEAO, que ya suspendió al país. La apuesta por Moscú, inaugurada con el despliegue de instructores y mercenarios, está ahora consolidada como un eje militar operativo, y cada ataque repelido sirve de argumento para legitimar la asociación.
Para España y el resto del flanco sur europeo, el deterioro en el Sahel se traduce en un incremento del riesgo de desbordamiento migratorio y de tráficos ilícitos que nutren las redes criminales del Magreb. La base avanzada de la Operación Sophia y las misiones de inteligencia en la zona dependen de la estabilidad de Estados frágiles como Malí; la sustitución del paraguas francés por el ruso reduce drásticamente la interlocución atlántica y complica la cooperación contra el terrorismo. La la ausencia de un interlocutor regional fiable empuja a Europa a una política de contención más que de solución.
El precedente de la muerte el pasado abril del ministro de Defensa Sadio Camara, en un ataque contra su residencia durante una oleada que golpeó incluso Bamako, evidencia que la capacidad de los grupos armados para golpear el corazón del Estado sigue intacta. Mientras Rusia gana influencia a bajo coste —ofreciendo cobertura aérea, instructores y material—, la Unión Africana y las potencias europeas asisten a una privatización geopolítica del conflicto que hace más difusa la rendición de cuentas. La próxima cumbre de la UA sobre seguridad en el Sahel, prevista para septiembre, medirá hasta qué punto el continente está dispuesto a aceptar este nuevo equilibrio de fuerzas.

