Desde Madrid hasta esta playa hay poco más de cuatro horas y media de coche, pero el paisaje que te espera al llegar parece de otro país. Se llama Playa de los Cocedores, aunque su nombre oficial es Cala Cerrada, y está tan al límite entre dos comunidades autónomas que ni los propios vecinos se ponen de acuerdo sobre a quién pertenece.
No es una playa grande ni tiene infraestructura turística de las que abruman. Con apenas 150 metros de longitud, su encanto está precisamente en lo contrario: una piscina natural de aguas turquesas protegida por acantilados de roca volcánica que corta la respiración a cualquiera que la vea por primera vez.
Madrid y la ruta hasta el Caribe almeriense
Para salir de la capital rumbo al sureste conviene revisar antes el estado de las carreteras, porque este verano Madrid arrastra obras en varias vías de salida que pueden condicionar el trayecto si sales en fin de semana. La ruta natural combina la A-3 y la autovía del Mediterráneo hasta enlazar con la AP-7 a la altura de Vera, en Almería.
Una vez en la zona, el acceso a la playa es sencillo: hay que tomar la carretera A-332 dirección Águilas y seguir la señalización hasta el aparcamiento de tierra que hay junto al arenal. No hace falta 4×4 ni caminatas complicadas, algo que se agradece después de tantas horas de volante.
El pueblo que reclama esta joya de Almería
En Madrid muchos ni siquiera saben que esta cala existe, y sin embargo en la zona lleva siglos siendo motivo de disputa. La playa pertenece administrativamente al municipio de Pulpí, aunque su vertiente murciana forma parte del paisaje protegido de Cuatro Calas, compartido con el vecino Águilas. La pelea territorial no es simbólica: ambos ayuntamientos se disputan su gestión desde el siglo XVIII.
El nombre de «Cocedores» viene de una tradición artesanal casi olvidada: aquí se cocía esparto en cavidades naturales excavadas en la roca, todavía visibles en los extremos de la playa. Hoy esas mismas cuevas son uno de los reclamos fotográficos más buscados por quienes visitan la zona.
Una piscina natural que compite con el Caribe
Lo que de verdad distingue a esta cala es su forma de media luna, que la protege del oleaje y crea una especie de piscina natural de aguas mansas y transparentes. La combinación de arena fina y fondo poco profundo hace que el color del agua vire hacia tonos turquesa que pocos esperan encontrar en el Mediterráneo español.
El entorno, además, no ha sido tocado por la construcción: no hay paseos marítimos ni edificios altos, solo roca volcánica erosionada por el mar y un par de chiringuitos familiares que llevan generaciones sirviendo arroces frente al agua. Es precisamente esa ausencia de cemento lo que la convierte en un oasis casi extraño para quien viene de la meseta.
Qué encontrarás al llegar
Antes de hacer las maletas conviene saber qué esperar sobre el terreno, porque esta cala mantiene un perfil deliberadamente sencillo. La comodidad no es la prioridad aquí, sino la recompensa de un paisaje que apenas ha cambiado en décadas.
Aun así, cuenta con los servicios mínimos para pasar el día sin sobresaltos, algo que se valora especialmente si viajas con niños o personas mayores. El aparcamiento gratuito es amplio, aunque en temporada alta conviene llegar temprano para no quedarte sin plaza.
- Aseos químicos y zona de sombra limitada junto al acceso
- Dos chiringuitos con especialidad en arroces y pescado fresco
- Sendero de senderismo de casi 5 kilómetros que conecta con Águilas
- Proximidad a la Geoda de Pulpí, a solo 9 minutos en coche
La geoda que corona la escapada
A pocos kilómetros de la cala espera otro de los grandes tesoros geológicos de España: la Geoda de Pulpí, considerada la más grande del mundo tapizada íntegramente de cristales de selenita. Combinar playa y geoda en el mismo fin de semana se ha convertido en el plan estrella de quienes hacen el viaje desde el centro peninsular.
Reservar con antelación
El acceso a la geoda requiere cita previa y los grupos son reducidos, de un máximo de doce personas por sesión. Conviene reservar con semanas de margen, sobre todo si el viaje coincide con un puente o fin de semana largo de verano.
Combinar con la costa murciana
A escasos minutos también se puede cruzar a la vecina Águilas, con calas igual de tranquilas y una oferta gastronómica algo más amplia para quien busque variedad en la mesa.
El futuro de una cala que resiste al turismo masivo
La tendencia de los últimos veranos apunta a que este tipo de escapadas de proximidad seguirán ganando terreno frente al turismo de playas masificadas. Cada vez más viajeros buscan alternativas que no impliquen colas ni aglomeraciones, y esta cala encaja perfectamente en esa demanda creciente.
El reto, como en tantos otros rincones vírgenes de España, será mantener ese equilibrio entre visibilidad y conservación. Mi consejo, después de ver el mismo patrón repetirse en otros destinos: visita esta joya con respeto y déjala tal y como la encontraste, para que siga sorprendiendo a quien llegue después de ti.


