Jorge Juan, el científico que reformó la Marina española

En 1749, el marino y geómetra Jorge Juan se infiltró en los astilleros de Londres bajo el alias de Mr. Josue para robar los secretos de la flota británica. La misión culminó un periplo científico que empezó en los Andes ecuatoriales y transformó para siempre la marina de guerra e

El viento del Támesis arrastraba olor a alquitrán y serrín fresco. En los muelles de Deptford, un hombre de treinta y cinco años, vestido con levita oscura y tricornio, apuntaba con trazo firme en un cuaderno de tafilete. Nadie en aquel astillero londinense, donde se botarían meses después navíos de setenta cañones, sospechaba que aquel caballero que se presentaba como Mr. Josue, un discreto comerciante sueco, era en realidad un oficial de la Armada española infiltrado en las entrañas de la Royal Navy. Su nombre: Jorge Juan y Santacilia. Su misión, ordenada por el todopoderoso marqués de la Ensenada: robar los secretos de la construcción naval británica.

Corría el año de 1749. Jorge Juan ya había recorrido medio mundo, medido la curvatura del planeta y sobrevivido a corsarios ingleses. Ahora volvía a Inglaterra, pero no como prisionero, sino como espía. En su libreta de tafilete copiaba gálibos, dimensiones de cuadernas, espesores de forro y hasta las recetas de la mezcla de alquitrán que impermeabilizaba los cascos. Durante meses, recorrió arsenales, sobornó a maestros carpinteros de ribera y contrató en secreto a técnicos para que cruzasen el canal de la Mancha rumbo a los puertos españoles. Su informe, entregado a Ensenada en 1750, contenía todos los detalles para reproducir la superioridad naval británica. Aquel documento cambiaría para siempre la flota de guerra de España.

Capítulo I: La medida del mundo

Para entender cómo un marino ilustrado de apenas veintidós años se convirtió en el espía científico más audaz de la monarquía borbónica, hay que remontarse quince años atrás. En la primavera de 1735, una pequeña fragata zarpa de Cádiz con rumbo al Virreinato del Perú. A bordo viajan dos jóvenes tenientes de navío: Jorge Juan, natural de Novelda, y Antonio de Ulloa, sevillano. Forman parte de la Expedición Geodésica al Ecuador, una misión patrocinada por la Academia de Ciencias de Francia y autorizada por Felipe V, cuyo objetivo es dirimir una de las grandes disputas científicas del momento: la forma exacta de la Tierra.

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Newton había predicho que el planeta estaba achatado por los polos y ensanchado en el ecuador. Los cartesianos, encabezados por Cassini, defendían lo contrario. Para zanjar la cuestión, era necesario medir con precisión un arco de meridiano de un grado tanto en latitudes polares como ecuatoriales y comparar las longitudes. La misión al ecuador, liderada por los académicos franceses La Condamine, Bouguer y Godin, sería la contrapartida tropical a la expedición enviada a Laponia. A los españoles Juan y Ulloa se les encomendaba representar a la Corona y, de paso, recabar información sobre el terreno y las riquezas de aquellos reinos.

Lo que siguió fueron nueve años de penurias, trabajo científico y disputas internas. En los páramos andinos, a más de tres mil metros de altitud, el aire enrarecía y los cuadrantes y sectores cenitales se empañaban de rocío. La correspondencia conservada en el Archivo General de Indias refleja las tensiones entre franceses y españoles, la falta de fondos y la resistencia de las autoridades locales. Pero Juan no solo midió ángulos y estrellas: anotó minuciosamente fenómenos como la desviación de la plomada por la atracción de la cordillera, un efecto gravitatorio que anticipaba la geodesia moderna. Al final, los resultados fueron inequívocos: la longitud del grado ecuatorial era mayor que la del grado polar. Newton tenía razón.

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Capítulo II: De prisionero a espía

En 1744, concluidas las observaciones, Jorge Juan y Antonio de Ulloa emprenden el regreso a España en dos navíos distintos. A pocas jornadas de la península, un corsario inglés apresa la fragata en la que viaja Ulloa y, días después, la de Juan. Ambos son conducidos a Portsmouth y luego a Londres como prisioneros de guerra. Pero la fama científica de los dos españoles los precede. La Royal Society, admirada por la precisión de sus mediciones, intercede para que sean tratados con cortesía. Se convierten en invitados de los círculos científicos londinenses antes de ser liberados. Aquella estancia forzosa en Inglaterra, aunque breve, le proporcionó a Jorge Juan un conocimiento directo de los arsenales y los métodos británicos que años más tarde rentabilizaría al máximo.

De vuelta en España, Juan publica en 1748 sus Observaciones astronómicas y físicas hechas en los reinos del Perú, un tratado que deslumbró a la comunidad científica europea. Pero el marqués de la Ensenada, ministro de Marina e Indias de Fernando VI, no tardó en ver en aquel marino ejemplar algo más que un sabio: lo necesitaba como agente secreto. La rivalidad con Inglaterra exigía rejuvenecer una flota desfasada, y nadie mejor que el testigo de los triángulos de Deptford para copiar lo que funcionaba. Así nació la misión de 1749, con el falso nombre de Mr. Josue y una coartada de comerciante sueco.

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Capítulo III: El gran salto tecnológico

El informe secreto que Jorge Juan depositó sobre la mesa de Ensenada en 1750 no era una mera crónica: era un manual completo de construcción naval a la inglesa. En sus páginas desplegaba planos, cálculos de desplazamiento, relaciones de eslora y manga, disposiciones de la artillería y, sobre todo, el secreto mejor guardado de la marina británica: la técnica de los «navíos de línea» de tres puentes, capaces de sostener combates prolongados y maniobrar con un viento que a los buques españoles dejaba tumbados.

Con esos planos bajo el brazo, el marino alicantino fue nombrado director de construcciones de la Armada. En los arsenales de Cartagena, Ferrol y La Carraca, se empezaron a levantar navíos según el nuevo sistema, que combinaba solidez estructural con velocidad. Los carpinteros de ribera ingleses que Juan había contratado en secreto dirigieron las obras. En pocos años, España botó una nueva generación de buques —entre ellos los poderosos «San Juan Nepomuceno» o «San Ildefonso»— que igualaban en prestaciones a los mejores navíos británicos.

Pero el científico no se limitó a copiar. En 1753 funda el Real Observatorio de Cádiz, el primer centro astronómico moderno de España, donde se forman generaciones de oficiales en navegación astronómica. En 1771, ya al final de su vida, entrega a la imprenta su obra definitiva: el Examen marítimo, un tratado que aplica por primera vez el cálculo integral a la teoría de la construcción naval. La obra se traduce al inglés, al francés y al italiano, y sitúa a Juan como uno de los padres de la ingeniería naval moderna.

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Capítulo IV: La última singladura y un eco sin fecha de caducidad

Jorge Juan y Santacilia murió en Madrid el 21 de junio de 1773. Tenía sesenta años y un prestigio que ningún otro marino español había alcanzado desde la época de los grandes almirantes. Pero su legado no se extinguió con él. Los astilleros que modernizó siguieron botando navíos durante décadas, y el Observatorio de Cádiz fue el germen de la astronomía institucional en España. Sus observaciones sobre la desviación de la plomada en los Andes tardaron casi un siglo en ser plenamente comprendidas, y hoy figuran en los manuales de geodesia.

Hay un dato final, casi anecdótico, que encierra la dimensión humana de aquel espía geómetra. Tras su muerte, entre sus papeles se encontraron cuadernos de viaje con esbozos de indígenas, orquídeas ecuatoriales y fragmentos de quichua. Aquel hombre que robó secretos a la todopoderosa Royal Navy nunca dejó de ser un científico apasionado. Los archivos del Museo Naval aún conservan esos cuadernos. En sus páginas anida la paradoja de un siglo que creía a la vez en la razón, el cañón y la belleza de una flor dibujada a lápiz sobre la nieve perpetua.