La guerra de EEUU e Irán provoca que el 20% del crudo mundial se retenga en Ormuz

Las conversaciones directas entre Washington y Teherán avanzan en paralelo a los ataques. El estrecho de Ormuz, clave para un quinto del petróleo mundial, se mantiene abierto pero frágil.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Estados Unidos e Irán, con apoyo militar israelí, libran una guerra abierta desde febrero de 2026, interrumpida por un frágil memorando de entendimiento en junio que apenas detiene los ataques. Más de 300 bombardeos estadounidenses en los últimos días y represalias iraníes contra cinco países y navíos en el Estrecho de Ormuz mantienen la tensión.
  • ¿Quién está detrás? La administración Trump y el nuevo liderazgo del régimen iraní, con la Guardia Revolucionaria Islámica como actor determinante en el terreno y en la negociación. Israel participa como aliado tácito de Washington.
  • ¿Qué impacto tiene? El 20% del crudo mundial que transita por Ormuz sigue en vilo. Las conversaciones directas entre altos cargos de ambos países—algo inédito desde 1979—buscan estabilizar la región y relajar la presión sobre los mercados energéticos globales.

La guerra entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase paradójica: nunca antes la hostilidad había sido tan descarnada y, al mismo tiempo, nunca había habido una ventana tan real para la paz. Desde febrero de 2026, los ejércitos estadounidense e israelí han castigado con dureza a la República Islámica, asesinando a gran parte de su cúpula política y militar. Teherán ha respondido atacando bases norteamericanas, infraestructura de países árabes del Golfo y buques que navegan el Estrecho de Ormuz. Un alto el fuego firmado a principios de abril y un memorando de entendimiento rubricado en junio han fracasado en su intento de detener las hostilidades, que continúan con intensidad. Sin embargo, en ambos bandos crece la constatación de que no existe una victoria militar decisiva a un coste asumible. Ese empate insatisfactorio está empujando a Washington y a Teherán a explorar una convivencia que sorprende al tablero geopolítico.

El callejón sin salida militar

El balance de cuatro meses de combate es desolador para ambos. Estados Unidos ha lanzado más de 300 ataques en los últimos días sin doblegar al régimen iraní, ni obligarlo a abandonar su programa nuclear, ni a dejar de apoyar a sus aliados regionales. Irán, por su parte, no ha podido expulsar a las fuerzas norteamericanas de Oriente Medio ni frenar el uso de sanciones y represalias económicas. El resultado es un empate estratégico que convierte cada día de guerra en un riesgo insoportable para la estabilidad global. Por primera vez, altos funcionarios de Estados Unidos e Irán se han sentado frente a frente, discutiendo concesiones significativas y la posibilidad de establecer una línea directa de desconflicción militar —un canal inexistente desde el asalto a la embajada estadounidense en Teherán en 1979—. Lo que está sobre la mesa no es una reconciliación ideológica, sino la gestión pragmática de un conflicto que se ha vuelto demasiado caro para ambos.

Lecciones de Pekín y Hanói: cuando el agotamiento abre la puerta

La historia ofrece dos precedentes reveladores. A principios de los años 70, tras perder guerras indirectas contra China en Corea y Vietnam, Washington reconoció que el aislamiento no revertiría la revolución china y comenzó un lento proceso de normalización con Pekín, sin renunciar por ello a Taiwán. Décadas después, con Vietnam, el patrón fue similar: después de una guerra devastadora y años de bloqueo, a mediados de los 90 la Casa Blanca optó por estrechar lazos comerciales y diplomáticos con Hanói, aparcando las heridas del pasado. En ambos casos, la diplomacia empezó antes de resolver las disputas de fondo. Con Irán, el punto de partida es aún más extremo: una guerra activa que nadie puede ganar. Como señala un análisis reciente de Foreign Affairs, “las ilusiones se disipan cuando los costes del conflicto superan cualquier posible rédito”.

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El memorando de junio, aunque al borde del colapso, ha servido para poner sobre la mesa un alivio sustancial de sanciones que, de materializarse, supondría un giro copernicano tras cuatro décadas de intentos de coerción. La clave, no obstante, no es técnica sino política: cualquier nuevo acuerdo deberá construirse asumiendo que los saboteadores se moverán más rápido que los beneficiarios. En Teherán, el liderazgo del nuevo guía supremo oculta profundas divisiones internas entre quienes ven en el diálogo con Washington la única vía para estabilizar el sistema tras una guerra ruinosa y quienes lo consideran una erosión ideológica. La balanza se inclinará en función de si la diplomacia se traduce en un alivio económico que la ciudadanía iraní pueda sentir.

La guerra ha demostrado lo que la diplomacia no podía: que ni Washington ni Teherán pueden asestar un golpe definitivo sin un coste inasumible.

Equilibrio de Poder

Para España, el conflicto en Ormuz tiene una lectura directa en los mercados energéticos y en la inflación. El 20% del crudo mundial y una parte relevante del gas natural licuado cruzan ese cuello de botella de 21 millas de ancho. Cualquier escalada que interrumpa el tráfico marítimo dispararía el precio del barril y del GNL, encarecería la cesta de la compra y pondría bajo presión los presupuestos de Moncloa, ya tensionados por el compromiso de gasto en defensa con la OTAN. Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, por tanto, no son un asunto lejano: una desescalada permitiría estabilizar los futuros del petróleo y aliviar la prima de riesgo que ya se descuenta en los mercados. Mientras tanto, la administración Trump mantiene su ambivalencia: por un lado ofrece generosos alivios de sanciones en el papel; por otro, los más de 300 ataques recientes contradicen cualquier narrativa de distensión. La Casa Blanca necesita cuadrar su discurso de mano dura con una realidad que le exige pragmatismo, sobre todo cuando la atención estratégica se desplaza hacia el Indo-Pacífico. En el seno de la UE, la lectura es clara: un conflicto prolongado en el Golfo sería letal para la recuperación económica europea, y Bruselas observa con cautela unas negociaciones que podrían marcar el precio de la energía el próximo invierno. La gran incógnita es si Trump reconocerá la magnitud de su propio giro y si el nuevo líder supremo iraní tendrá margen para vender un pacto que, inevitablemente, olerá a rendición para los sectores más duros del régimen. La próxima ventana crítica será la supervivencia del propio memorando de entendimiento; su colapso arrastraría consigo la incipiente línea directa militar y devolvería a Ormuz la condición de polvorín. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, el agotamiento mutuo ha abierto un espacio para la diplomacia que ni Pekín ni Hanói tuvieron en sus peores momentos. Y ese espacio, aunque frágil, es la mejor noticia para la economía global en lo que va de año.

La guerra EEUU-Irán, mientras tanto, sigue redefiniendo la arquitectura de seguridad del Golfo y el precio del petróleo en un verano que ya anticipa un otoño cargado de incertidumbres.