EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Ucrania ha lanzado 1.892 drones contra la región de Moscú en una semana, según el alcalde Serguéi Sobyanin, que difundió un mapa con los puntos de impacto. Al menos ocho personas murieron en ataques a centros logísticos de Wildberries.
- ¿Quién está detrás? Kiev reivindica los ataques a los almacenes, que según Zelenski almacenaban componentes para drones rusos. Rusia denuncia fuego ‘terrorista’ contra civiles.
- ¿Qué impacto tiene? La ofensiva con drones pone en jaque la defensa antiaérea rusa y eleva el riesgo de escalada en una guerra que ya golpea infraestructuras civiles a más de 400 km del frente. España observa con atención las lecciones sobre protección de nodos logísticos.
El alcalde de Moscú ha hecho público un mapa que recoge el alcance sin precedentes de la campaña ucraniana de drones sobre la capital rusa. Entre el 11 y el 18 de julio, 1.892 drones habrían sido lanzados contra la región de Moscú, a unos 450 kilómetros del frente, según la información facilitada por Serguéi Sobyanin en su canal de Telegram.
La mayoría de los aparatos fueron interceptados por las defensas aéreas en aproximaciones lejanas, pero 207 consiguieron acercarse a Moscú antes de ser derribados. Solo en la noche del viernes al sábado, Sobyanin contabilizó más de 370 drones aproximándose a la capital, 64 de ellos destruidos ya en las inmediaciones.
El salto cuantitativo en los ataques con drones convierte a la retaguardia rusa en un campo de batalla sin línea de frente definida.
Un mapa que detalla la ofensiva: de los centros logísticos a las refinerías
La publicación del mapa coincide con uno de los golpes más duros sobre infraestructura civil en territorio ruso. La madrugada del sábado, drones ucranianos impactaron dos centros logísticos de Wildberries, el gigante del comercio electrónico ruso comparable a Amazon. Uno de los almacenes se encontraba en Kotovsk, región de Tambov, y el otro en Elektrostal, a las afueras de Moscú.
En el ataque de Tambov fallecieron siete trabajadores del turno de noche y otros 25 resultaron heridos. El gobernador local, Evgeny Pervyshov, aseguró que los drones estaban equipados con metralla para causar el máximo daño entre civiles. En Elektrostal, una persona murió y 37 sufrieron heridas. Otros dos empleados resultaron lesionados en Noginsk, donde un dron provocó un incendio en un depósito de combustible.
Kiev no ha ocultado la autoría. Volodímir Zelenski confirmó que los ataques eran deliberados y justificó el objetivo al afirmar que los almacenes de Wildberries guardaban componentes sancionados destinados a la fabricación de drones y equipos de navegación rusos. Moscú, por su parte, insiste en que estos bombardeos contra blancos civiles constituyen actos de terrorismo y recuerda que sus propios ataques se limitan a instalaciones militares.
Equilibrio de Poder
El mapa de Sobyanin no es solo un parte de guerra: revela un cambio de escala en la capacidad ucraniana de golpear en profundidad con medios baratos y difíciles de interceptar. Moscú ha blindado su cinturón defensivo con sistemas Pantsir, Tor y S-400, pero la saturación con enjambres de drones Shahed fabricados localmente o adaptados desafía cualquier paraguas antiaéreo.
Para la administración Trump, este episodio refuerza su discurso sobre la necesidad de que los aliados europeos asuman el peso de su propia defensa ante amenazas asimétricas. La Casa Blanca no ha emitido una condena explícita del ataque a Wildberries —lo que subraya su distanciamiento de la narrativa rusa—, pero tampoco ampara el golpe contra civiles. Bruselas guarda un silencio incómodo: condenar las muertes de trabajadores rusos sería un gesto que no encaja en el relato de apoyo inquebrantable a Kiev, pero ignorar el ataque a un centro civil también la coloca en un brete jurídico y moral.
Para España, la lección es doble. Por un lado, la vulnerabilidad de los nodos logísticos ante drones kamikaze exige acelerar la inversión en sistemas antidrón de corto alcance y en la protección de infraestructuras críticas como puertos, centros de datos o plataformas de distribución. Por otro, el debate sobre el gasto militar —ahora en la horquilla del 2% al 5% del PIB que exige Trump— cobra una dimensión concreta: la defensa antiaérea y la lucha contra drones no son abstracciones, sino coberturas que el país necesita dotar si quiere evitar disrupciones parecidas en su flanco sur.
A medio plazo, Moscú puede verse obligada a replegar sistemas antiaéreos que ahora protegen la frontera con la OTAN para cubrir su retaguardia, lo que abriría un escenario de debilidad en el Báltico o en el mar Negro. Y, mientras tanto, el relato de la guerra se fractura un poco más: las víctimas civiles, cuando son rusas, engordan la propaganda del Kremlin y le sirven para justificar futuras represalias con munición aún más pesada. La próxima ventana crítica está en la respuesta del Consejo Europeo del 21 de julio, donde los Veintisiete tendrán que decidir si esta nueva campaña de drones modifica el lenguaje diplomático hacia Kiev o si, simplemente, se integra como un coste más de la resistencia ucraniana.

