Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta del amor que trascendió su tiempo

Falleció en Madrid en diciembre de 1870 sin ver editadas las Rimas, el libro que cambió la poesía española. Sus amigos rescataron aquel puñado de versos manuscritos que había logrado salvar de la propia fiebre.

La tarde del 22 de diciembre de 1870, en una casa modesta de Madrid, un hombre de treinta y cuatro años apenas podía respirar. La tuberculosis le había devorado los pulmones y la fiebre le nublaba la mirada. A su lado, un amigo —quizá Ramón Rodríguez Correa— sostenía un puñado de cuartillas manuscritas. Eran poemas sueltos, algunos apenas esbozados, que el enfermo había ido garabateando en los últimos años entre crisis de tos y jornadas agotadoras en la redacción de un periódico. Aquel manojo de versos, que nadie había querido editar en vida, llevaba por título Rimas y estaba a punto de convertirse en el libro de poesía más leído de la literatura española moderna. Gustavo Adolfo Bécquer murió sin verlo publicado.

Capítulo I: El manuscrito que se salvó de la lumbre

Cuentan los biógrafos que Bécquer entregó a Correa un cuaderno con el original de las Rimas poco antes de morir, y que aquel cuaderno se perdió —o lo robaron— durante los disturbios de la Revolución de 1868. El poeta, desesperado, tuvo que reconstruir los poemas de memoria en un nuevo manuscrito, el llamado «Libro de los gorriones», que es el que hoy conserva la Biblioteca Nacional de España. La leyenda del cuaderno extraviado es incierta, pero encierra una verdad más honda: la obra de Bécquer, como su propia vida, siempre estuvo al borde del naufragio.

El 23 de diciembre, un día después de su fallecimiento, El Imparcial publicaba una esquela breve. Tenía treinta y cuatro años. Había trabajado como periodista, censor de novelas, adaptador de zarzuelas y traductor de folletines. Y, en los ratos que le dejaban libres todas esas ocupaciones alimenticias, había escrito algunos de los poemas más perfectos de la lengua castellana.

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Rimas de Bécquer

Capítulo II: El huérfano que pintaba palabras

Gustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, en el seno de una familia de pintores costumbristas de origen flamenco. Su padre, José Domínguez Bécquer, firmaba sus cuadros con el apellido que luego haría célebre el hijo. Murió cuando Gustavo tenía cinco años; la madre, Joaquina Bastida, lo siguió en 1847. El niño quedó al cuidado de su madrina, que contaba con una pequeña pensión y con los muros de la vieja Sevilla por todo patrimonio.

Estudió en el colegio de San Telmo, una institución para huérfanos de la nobleza que cerró sus puertas por falta de fondos cuando Bécquer apenas llevaba allí dos años. Allí aprendió latín, francés y los rudimentos de la retórica. También allí, según recordaría después, empezó a leer a los románticos alemanes en traducciones francesas —Heine, Goethe, Hoffmann— y a soñar con una gloria literaria que la Sevilla provinciana de mediados de siglo no podía ofrecerle.

En 1854, con dieciocho años recién cumplidos, Bécquer hizo el hatillo y se marchó a Madrid. Llevaba poco dinero, algunas cartas de recomendación y un puñado de poemas en la maleta.

Capítulo III: Madrid, la bohemia y el pan

El Madrid que recibió a Bécquer era una ciudad de contrastes brutales. El ensanche burgués empezaba a dibujar sus manzanas más allá de la Puerta del Sol, pero los barrios bajos hervían de miseria, cólera y tuberculosis. El joven poeta se instaló en una buhardilla de la calle de la Flor Baja y se echó a las calles en busca de un empleo. Lo intentó casi todo: fue escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, colaborador esporádico en periódicos de vida efímera, traductor de folletines franceses que firmaba con seudónimo y, durante una temporada especialmente amarga, copista de oficio.

«Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», escribió en aquellas buhardillas, en las noches en que el hambre apretaba y la inspiración se resistía a llegar por falta de una vela con la que alumbrar el papel. La frase, que aparece en sus Cartas literarias a una mujer, resume la paradoja que marcó toda su existencia: Bécquer vivía de alquilar la pluma para malvender folletines, pero la poesía —la verdadera— la guardaba para un libro que nunca llegaba a publicarse.

En 1860 entró como redactor en El Contemporáneo, un periódico liberal que le dio cierta estabilidad. Allí publicó la mayoría de sus Leyendas —esas narraciones fantásticas de arpas que suenan solas en salones polvorientos, de monjes espectrales y de amores imposibles que traspasan la frontera de la muerte— y también las Cartas desde mi celda, una serie de estampas escritas durante una convalecencia en el monasterio de Veruela, en el Moncayo, adonde fue a reponerse de una de sus primeras crisis de tuberculosis.

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Capítulo IV: Las pupilas azules y el amor imposible

Si hay una rima que ha quedado grabada en la memoria colectiva de los lectores en español es la número XXI. «¿Qué es poesía? —dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul—. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú». Esos cuatro versos, casi una adivinanza infantil, encierran todo el romanticismo becqueriano: la reducción del universo entero a la mirada de una mujer, la identificación de la belleza con el amor y la imposibilidad de poseer ni el uno ni la otra.

La identidad de la mujer de los ojos azules ha sido objeto de interminables conjeturas. Se ha hablado de Julia Espín, hija de un compositor de ópera, a quien Bécquer habría conocido en los salones madrileños hacia 1858. Otros apuntan a Elisa Guillén, una dama casada con la que el poeta mantuvo una relación velada durante años. Lo cierto es que en la poesía de Bécquer las mujeres tienen casi siempre rostro de niebla: están a medio camino entre la presencia y el fantasma, como si el poeta solo supiera amarlas en la distancia o en la pérdida.

En 1861 se casó con Casta Esteban Navarro, hija de un médico, con quien tuvo tres hijos. El matrimonio no fue feliz. Las infidelidades —por ambas partes—, las penurias económicas y la salud quebrantada del poeta fueron desgastando la convivencia hasta hacerla insoportable. En 1868, cuando estalló la Revolución Gloriosa y la reina Isabel II fue destronada, Bécquer perdió su puesto de censor de novelas, se separó de Casta y se marchó a Toledo con sus hijos pequeños.

Rimas de Bécquer

Capítulo V: El largo invierno en la imperial Toledo

Toledo era entonces una ciudad derrotada, antigua, que conservaba el aroma de los siglos entre sus callejuelas empedradas. Allí, en un caserón junto a la catedral, Bécquer pasó el invierno de 1868 a 1869. Vivía de pequeñas colaboraciones periodísticas que le pagaban tarde, mal o nunca. Su hermano Valeriano, pintor de talento que había sido su compañero inseparable durante años, enfermó de repente en el otoño de 1870 y murió en septiembre, apenas tres meses antes que Gustavo.

La muerte de Valeriano fue el golpe definitivo. «Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa», había escrito años atrás en la rima VII. Aquella imagen de abandono, de belleza que se desmorona en la sombra, se volvió ahora contra su propio autor. Bécquer regresó a Madrid en octubre, ya con la tuberculosis muy avanzada, y se instaló en una casa de la calle de la Magdalena. Apenas le quedaban fuerzas ni para sostener la pluma.

Capítulo VI: El legado que venció a la fiebre

En la primavera de 1871, sus amigos —Rodríguez Correa al frente, con la ayuda de Augusto Ferrán— reunieron el dinero para publicar las Rimas en un volumen modesto, impreso en la madrileña calle del Factor. El prólogo de Correa era una elegía en toda regla: «El que esto escribe ha visto morir a un hombre, ha visto morir a un poeta, ha visto morir a un amigo». El libro se vendió bien, pero sobre todo se regaló, se prestó, se copió a mano y se declamó de memoria en los salones y las alcobas de toda España.

Las Rimas eran apenas setenta y seis poemas breves, muchos de ellos inacabados, con un lenguaje deliberadamente sencillo que desconcertó a los críticos acostumbrados a la grandilocuencia del primer Romanticismo. No había en ellas dioses griegos, ni batallas épicas, ni muestras de erudición clásica. Lo que había era un hombre que hablaba al oído de otro hombre sobre el amor, la soledad, la muerte y la belleza que se evapora entre los dedos. Y, sin embargo, aquella desnudez retórica era la más sofisticada de las arquitecturas: Bécquer había conseguido lo que persiguen todos los poetas y casi ninguno alcanza —decir lo más hondo con las menos palabras posibles.

Con el tiempo, las Leyendas fueron recopiladas también en libro y se sumaron a la estela de las Rimas: «El rayo de luna», «Maese Pérez el organista», «El monte de las ánimas», «Los ojos verdes». Narraciones fantásticas que bebían tanto del cuento popular español como del romanticismo alemán y que, leídas hoy, conservan intacta su capacidad de producir un escalofrío.

Rimas de Bécquer

Epílogo: El arpa que nunca dejó de sonar

Gustavo Adolfo Bécquer fue enterrado en el cementerio de la Sacramental de San Lorenzo de Madrid. En 1913, sus restos —junto con los de su hermano Valeriano— fueron trasladados a Sevilla, donde reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres. Pero la verdadera tumba del poeta no está en la cripta de mármol que cobija sus huesos, sino en los miles de ejemplares manoseados de las Rimas que han circulado de mano en mano durante más de siglo y medio, en los versos recitados de memoria por enamorados anónimos y en la sombra alargada que su poesía proyecta sobre todos los poetas españoles que vinieron después —de Machado a Lorca, de Cernuda a Gil de Biedma.

Aquel muchacho sevillano que llegó a Madrid con dieciocho años y una maleta de cartón no vivió lo suficiente para ver impreso su gran libro. Pero escribió, contra el reloj de la fiebre, el testimonio más exacto de lo que significa estar vivo y saber que todo se acaba. «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!», dejó dicho en una de sus rimas. Los muertos, sí; pero no los poetas que acertaron a escribir el temblor humano con tinta de eternidad.