Vladimir Putin ha recibido este lunes en el Kremlin a la ministra de Exteriores de Corea del Norte, Choe Son-hui, en un gesto que consolida la alianza militar entre Moscú y Pyongyang. Según el comunicado oficial del Kremlin recogido en su página web, el presidente ruso elogió las relaciones bilaterales y agradeció a la cúpula y al pueblo norcoreanos su «asistencia en la operación militar especial» en Ucrania.
En la reunión también participaron el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, y el asesor presidencial Yuri Ushakov. Putin destacó «las hazañas de combate de los militares coreanos» que han ayudado a las fuerzas rusas y que han sido condecorados con órdenes estatales, un reconocimiento que hasta ahora Moscú había mantenido en un discreto segundo plano.
La presencia de tropas norcoreanas en el frente ucraniano es uno de los secretos a voces del conflicto. Con estas declaraciones, el Kremlin rompe definitivamente la ambigüedad y legitima la participación directa de Pyongyang en la guerra. «La Federación Rusa recordará siempre esos sacrificios», añadió Putin, al tiempo que transmitió sus «más cálidos saludos» al líder norcoreano Kim Jong-un.
Por su parte, Choe Son-hui agradeció las palabras y confirmó que Kim Jong-un había reafirmado «el compromiso estratégico con el desarrollo integral de las relaciones» entre ambos países. La visita de la canciller norcoreana se produce apenas un mes después de que Seúl y Washington denunciaran el envío de nuevos cargamentos de munición de artillería y misiles balísticos de corto alcance desde Corea del Norte a Rusia.
El pacto militar entre ambos países no es nuevo. En junio del año pasado, Putin visitó Pyongyang y firmó un tratado de asociación estratégica integral que, según fuentes de inteligencia occidentales, incluye cláusulas de defensa mutua. Desde entonces, Corea del Norte ha suministrado proyectiles de artillería, cohetes KN-23 y ahora, según Kiev, también soldados para tareas de combate. La semana pasada, el Servicio de Inteligencia de Defensa ucraniano cifró en más de 12.000 los militares norcoreanos desplegados en Kursk.
Moscú ya no oculta la presencia de tropas norcoreanas en el frente. Las condecora.
Para Kim Jong-un, la alianza con Moscú le permite sortear el aislamiento internacional y reducir su dependencia histórica de Pekín. Corea del Norte recibe a cambio combustible, alimentos y, cada vez con más fuerza, transferencias de tecnología militar sensible. Los servicios de inteligencia surcoreanos han detectado visitas de técnicos rusos a centros de misiles de Pyongyang, lo que apunta a una cooperación que trasciende el mero trueque de proyectiles.
Pyongyang gana combustible, alimentos y, sobre todo, reconocimiento como potencia militar de peso.
Una alianza basada en el intercambio: soldados por tecnología

Los analistas coinciden en que la lógica del intercambio es asimétrica pero rentable para ambos. Rusia obtiene mano de obra operativa —con las bajas entre norcoreanos estimadas en varios cientos— y suministros que alivian su industria militar, tensionada por las sanciones occidentales. Pyongyang, por su parte, aspira a tecnologías de misiles balísticos intercontinentales, submarinos nucleares y satélites espía, programas que podrían dar un salto cualitativo con la asistencia rusa.
Moscú ha ha empezado a compartir tecnología de guiado y propulsión, según informes del Organismo Internacional de Energía Atómica, lo que inquieta a las capitales occidentales. El temor es que un Kim Jong-un con acceso a sistemas de reentrada atmosférica o combustible sólido avanzado pueda poner a Estados Unidos bajo un paraguas de amenaza creíble. La Cumbre de Seguridad de Múnich del próximo año, prevista para febrero, abordará este desafío con un panel específico sobre proliferación vertical.
Entre tanto, el eje Moscú-Pyongyang desafía la arquitectura de sanciones impuesta por el Consejo de Seguridad de la ONU, del que Rusia es miembro permanente con derecho a veto. Las resoluciones que prohíben la cooperación militar con Corea del Norte son papel mojado cuando Moscú ni siquiera las menciona en sus comunicados.
Equilibrio de Poder
La consolidación del vínculo ruso-norcoreano altera la correlación de fuerzas en al menos tres planos. En el eje USA-Rusia-UE, Washington —bajo una administración Trump que prioriza la transaccionalidad— podría ver con cierta indulgencia el acercamiento si eso le permite congelar el frente ucraniano y centrarse en China. Bruselas, en cambio, refuerza su mensaje de condena y prepara un nuevo paquete de sanciones que promete ser el más duro contra entidades rusas y norcoreanas implicadas en el tráfico de armas. La fractura transatlántica, otra vez, se hace evidente.
Para España, el impacto directo es limitado, pero no irrelevante. Como miembro responsable de la UE, nuestro país respalda los regímenes de sanciones y ha condenado en foros como la OSCE la presencia militar norcoreana en Europa. Además, la crisis eleva la presión para incrementar el gasto en defensa —Trump insiste en el 5% del PIB—, un debate que en Moncloa se vive con tensión mientras se negocian los Presupuestos de 2027. De fondo, la inestabilidad en el este puede desviar recursos y atención diplomática de nuestra frontera sur y del Magreb, una región prioritaria para España.
La lectura a medio plazo es inquietante. Si el ejemplo cunde, Irán podría verse tentado a formalizar su propia alianza militar con Moscú, cerrando un triángulo de revisionismo que pondría patas arriba los equilibrios de Oriente Próximo y el Mediterráneo. La Asamblea General de la ONU de septiembre de 2026 será el primer test para medir el grado de aislamiento que Occidente puede imponer a este bloque cada vez más cohesionado. La historia reciente ofrece un espejo: durante la Guerra de Corea, la URSS y China apoyaron a Pyongyang con pilotos y material, pero siempre bajo un manto de negación. Hoy Moscú hace lo contrario: exhibe el apoyo. Y esa transparencia tiene una sola lectura estratégica: Rusia necesita demostrar —a su opinión pública y al mundo— que no está sola en su pulso contra Occidente.
