Capítulo I: El alzamiento de Cádiz
El olor a salitre y pólvora humedecía la bahía de Cádiz en la madrugada del 19 de septiembre de 1868. A bordo de la fragata «Zaragoza», el brigadier Juan Bautista Topete terminaba de leer un manifiesto: «Españoles, la situación del país es insostenible…». Los oficiales allí reunidos asintieron en silencio. La escuadra, fondeada en aguas gaditanas, acababa de declararse en rebeldía contra la reina Isabel II. Lejos de allí, en San Sebastián, la soberana no imaginaba que aquella mañana se abría la última página de su reinado.
El telégrafo llevó la noticia a la corte en horas. Isabel II se alojaba, como cada verano, en el Palacio de Ayete, con sus hijos y un reducido séquito. Un ayudante de campo irrumpió en el salón donde jugaban a las cartas; el parte cifrado hablaba de un almirante desleal y de guarniciones que se sumaban al movimiento. La reina, abanicándose sin prisas, se limitó a comentar: «Ya arreglará Narváez este desorden». Pero Narváez llevaba meses muerto, y el país entero se le desmoronaba bajo los pies.
Capítulo II: Una corona en la cuna
Para entender el vendaval que arrancó a Isabel II del trono hay que retroceder treinta y cinco años, hasta el otoño de 1833. El 29 de septiembre, Fernando VII exhalaba su último aliento en el Palacio Real de Madrid. Dejaba una hija de tres años, Isabel, y un país partido en dos. La Pragmática Sanción, que derogaba la ley sálica, había permitido que la pequeña heredase la corona, pero su tío Carlos María Isidro no aceptó aquella decisión. Aquel mismo día estallaba la Primera Guerra Carlista, que incendiaría España durante siete años.
La regencia de María Cristina, madre de Isabel, fue un continuo sobresalto. Los generales isabelinos —Espartero, Narváez, O’Donnell— se disputaban el favor de la regente mientras las partidas carlistas asolaban el norte. La niña reina creció entre salones alfombrados y consejos de ministros que cambiaban cada dos por tres, ajena a la sangre que se vertía en los campos de batalla. En 1843, con solo trece años, las Cortes la declararon mayor de edad para poner fin a la regencia de Espartero. Isabel II fue proclamada reina efectiva. Pero el trono era de barro.
Capítulo III: El trono de las conspiraciones
Desde su mayoría de edad, el reinado de Isabel II se convirtió en un torbellino de pronunciamientos militares, camarillas palaciegas y escándalos de alcoba. El partido moderado, encabezado por el general Ramón María Narváez —«el Espadón de Loja»—, gobernó con mano dura durante largos períodos, mientras los progresistas urdían revueltas y los unionistas de Leopoldo O’Donnell trataban de equilibrar la balanza. Cada crisis se resolvía con un golpe de sable; cada asonada, con un nuevo gabinete afín a los vencedores.
La vida privada de la reina alimentaba los rumores más crueles. Sus numerosos favoritos —el capitán de ingenieros Francisco Serrano, el músico José de Salamanca, el apuesto Carlos Marfori— eran la comidilla de los mentideros. Los panfletos satíricos la llamaban «la de los tristes destinos». En 1854, la Vicalvarada —liderada por O’Donnell y secundada por Serrano— la obligó a aceptar el bienio progresista. En 1866, la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil terminó en un baño de sangre que fracturó definitivamente la relación de la corona con el ejército. Isabel II, ajena a la realidad, seguía entregando carpetas ministeriales a sus confidentes y rechazando cualquier reforma que amenazase su poder absoluto.

Capítulo IV: La tormenta del 68
El descontento hervía en todas las capas de la sociedad. La crisis económica de los años sesenta había dejado sin trabajo a miles de jornaleros y arruinado a pequeños comerciantes. Los impuestos sobre los consumos eran insoportables. La Universidad, clausurada por orden de Narváez, bullía de estudiantes liberales. Y en los casinos de Madrid y Barcelona, los oficiales descontentos se reunían en secreto con políticos exiliados.
El general Juan Prim, desterrado en Londres, tejía pacientemente una conspiración que abarcaba a unionistas, progresistas y demócratas. El almirante Topete, desde Cádiz, garantizaba el apoyo de la Armada. A principios de septiembre de 1868, todo estaba listo. El día 19, el telegrama con las tres célebres palabras —«Todo arreglado. Prim»— desencadenó la revolución. Las guarniciones de Andalucía se sumaron en cascada. El 28 de septiembre, las tropas leales al gobierno fueron derrotadas en la batalla de Alcolea, junto al puente sobre el Guadalquivir. La noticia del desastre llegó a San Sebastián la mañana del 29. Isabel II palideció. El general Serrano, antiguo amante y ahora líder de la insurrección, enviaba una nota con la única salida: la renuncia y el exilio.
Capítulo V: La noche de la huida
El 30 de septiembre de 1868, la carretera de Irún a la frontera francesa vio un cortejo fúnebre sin ataúd. Isabel II, acompañada de sus hijos y un puñado de leales, abandonaba España en un carruaje polvoriento. No hubo despedidas oficiales. Un franciscano que cruzaba el camino registró la escena: «La reina iba pálida, con el rostro desencajado, como quien asiste a su propio entierro». En Hendaya, un tren especial la aguardaba para llevarla a París. Mientras tanto, en Madrid, la multitud derribaba la estatua de la reina en la Puerta del Sol y proclamaba el destronamiento de la dinastía borbónica.
El exilio comenzó con una pensión del gobierno francés y el alquiler de un palacete en la avenida Kléber. Isabel II nunca regresó a España como reina. En 1870 abdicó en su hijo Alfonso, que años después sería restaurado en el trono por el golpe de Martínez Campos. La reina caída llevó en París una vida discreta, entre misas en la iglesia de San Francisco de Sales y visitas de viejos cortesanos. La burguesía española, que la había vilipendiado, empezó a recordarla con cierta nostalgia cuando la Primera República se desmoronó en el caos.
Capítulo VI: El salón de los espejos rotos
La reina que agonizaba en su lecho parisino en 1904 no era ya la joven despreocupada que jugaba al tresillo en San Sebastián. Había visto pasar por delante de sus ventanas a Napoleón III, a los comuneros de 1871, a la Tercera República francesa y a su propio hijo coronado como Alfonso XII. Murió en el exilio, como su padre había temido que muriese su dinastía. Sus restos reposan hoy en el monasterio de El Escorial, en la cripta real, entre monarcas más afortunados.
El reinado de Isabel II estremeció a España porque fue el espejo de un siglo convulso: entre el absolutismo agonizante y el liberalismo a medio hacer, entre las guerras carlistas y la corrupción palaciega, entre el poder de las camarillas y la impaciencia de los cuarteles. La revolución de 1868 no trajo la república estable que prometía, pero sí cerró para siempre la puerta al derecho divino de los reyes. La historia, sin quererlo, convertiría a aquella reina de gesto alegre y fortuna esquiva en el símbolo de todo un mundo que se hundía.

