Felipe VI dejó de lado el vehículo blindado y la escolta motorizada para recorrer a pie los adoquines de la Plaza Mayor de Lima. El gesto, tan sencillo como inusual, desdibujó la distancia protocolaria y convirtió una visita de Estado en un ejercicio de cercanía que las cámaras captaron de inmediato. El monarca acababa de reunirse con el presidente peruano, José María Balcázar, en Palacio de Gobierno y, en lugar de dirigirse al vehículo oficial, optó por avanzar caminando hacia la sede de la Cancillería, el Palacio de Torre Tagle.
La decisión, coordinada con el dispositivo de seguridad, no estaba prevista en la agenda pública y sorprendió a los ciudadanos que aguardaban en el centro histórico. A su paso, el rey se detuvo a saludar a las personas sentadas en las escalinatas de la Catedral de Lima, intercambiando gestos y breves palabras mientras los agentes peruanos y españoles mantenían un cerco discreto. La imagen —un jefe de Estado caminando a escasos metros del público, sin atril ni corbata de gala— resume una forma de diplomacia que Zarzuela cultiva con precisión: la monarquía habla no solo con discursos, sino con la liturgia medida de los gestos.
Un paseo por el corazón de Lima que rompió el manual protocolario
El recorrido comenzó pasadas las cuatro de la tarde, hora local, cuando Felipe VI salió de Palacio de Gobierno tras la reunión bilateral de unos cuarenta minutos. El regimiento Mariscal Domingo Nieto le rindió honores y, acto seguido, el monarca emprendió la marcha a pie junto al canciller peruano, Carlos Pareja. El presidente Balcázar permaneció en el umbral del palacio mientras la comitiva avanzaba por la plaza, un detalle que subraya el carácter excepcional de la decisión.
Las autoridades restringieron el acceso al frontis de Palacio de Gobierno durante los minutos que duró el trayecto. La Policía Nacional del Perú desplegó un pasillo de seguridad que permitió al rey caminar sin atropellos, pero lo suficientemente cerca de la gente como para que el saludo fuera auténtico. Las imágenes difundidas muestran a ciudadanos de todas las edades aplaudiendo, grabando con sus móviles o simplemente estirando la mano, mientras el monarca respondía con una sonrisa serena y un apretón de manos rápido pero preciso.
La escena recuerda otros instantes de la Corona en los que el contacto directo ha funcionado como contrapeso emocional a la solemnidad del acto oficial. En Lima, sin embargo, el contexto dotaba al gesto de un significado adicional: la visita se produce en la víspera de la transmisión de mando presidencial a Keiko Fujimori, un relevo que concentra la atención de toda la región y al que España ha querido dar un respaldo institucional explícito.
En la diplomacia del siglo XXI, un soberano que camina entre la gente envía un mensaje más potente que cualquier discurso, y cuesta mucho menos explicarlo.
El trasfondo diplomático: reunión bilateral y lazos que van más allá del protocolo
La caminata no fue un episodio aislado, sino la capa más visible de una agenda intensa. La reunión entre Felipe VI y el presidente Balcázar sirvió para repasar la marcha de la Asociación Estratégica Reforzada, vigente desde 2015, y para constatar que los números respaldan la retórica: España es el primer socio comercial de Perú en Europa, con un intercambio que en 2025 alcanzó los 3.768 millones de dólares, un 27 % más que el año anterior, y que dejó un saldo favorable para el país andino de 1.868 millones.
Además, las empresas españolas acumulan inversiones por 5.227 millones de dólares en sectores estratégicos como infraestructuras, energía y banca. Ambos mandatarios subrayaron la necesidad de avanzar en el Convenio para Evitar la Doble Imposición, una herramienta que, de firmarse, reforzará la seguridad jurídica y multiplicará los flujos de capital. La conversación también abordó la cooperación frente al crimen organizado y el narcotráfico, y puso en valor el medio millón de peruanos que residen en España, un capital humano que actúa como puente cotidiano entre ambas orillas.
Tras la reunión en Palacio de Gobierno, el rey se dirigió a Torre Tagle para encontrarse con la presidenta electa, Keiko Fujimori, en un gesto de cortesía diplomática que antecede a la ceremonia de investidura programada para hoy, 28 de julio. La secuencia —primero el jefe de Estado saliente, luego la mandataria entrante— refleja el equilibrio que la Corona busca mantener en sus desplazamientos internacionales: neutralidad institucional y respaldo al proceso democrático, sin interferir en la política doméstica.
Análisis: la monarquía cercana como activo diplomático
Más allá de la anécdota, el recorrido a pie de Felipe VI por la Plaza Mayor de Lima es un ejemplo nítido del soft power que Zarzuela viene perfeccionando en los últimos años. En un contexto global en el que las monarquías parlamentarias compiten por demostrar su utilidad, la capacidad de un rey para conectar emocionalmente con ciudadanos de otro país se convierte en un activo diplomático de bajo coste y alto impacto visual.
El gesto no fue improvisado, aunque sí lo pareciera. La Casa del Rey mide cada movimiento, especialmente cuando la visita coincide con un momento de transición política en el país anfitrión. Poner el foco en la calle, y no solo en los despachos, equivale a decir que España respalda a las instituciones peruanas, pero también a su gente. Es una operación de empatía calculada que, sin palabras, desactiva suspicacias sobre injerencias y refuerza la imagen del monarca como un jefe de Estado imparcial y accesible.
No obstante, la propia espontaneidad del gesto plantea un reto: cuando la Corona se baja del coche oficial, asume un riesgo de seguridad que solo se justifica si el rédito comunicacional es real y medible. En esta ocasión, las imágenes dieron la vuelta al mundo y los comentarios en redes, tanto peruanas como españolas, celebraron la «normalidad» del rey. El desafío para Zarzuela será administrar este tipo de recursos sin que pierdan su eficacia por repetición.
El viaje a Perú, con una economía que mira a España como socio preferente y una comunidad de migrantes que crea vínculos afectivos, era el escenario idóneo. La monarquía española ha aprendido que, a veces, poner un pie en el asfalto vale más que una docena de discursos. El próximo paso será ver si ese lenguaje informal se incorpora, siquiera puntualmente, también en los actos dentro de casa.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: la visita de Estado se celebra en un momento de cambio político en Perú, con la investidura de Keiko Fujimori como nuevo telón de fondo, y refuerza la asociación estratégica bilateral.
- El detalle de protocolo: el rey rompió el traslado oficial en coche para caminar por la Plaza Mayor y saludar a los ciudadanos, una decisión que no figuraba en la agenda pública y que desdibujó la barrera entre acto institucional y gesto personal.
- Próximos pasos: la agenda oficial continúa hoy, 28 de julio, con la asistencia del monarca a la ceremonia de transmisión de mando presidencial.
