El 8 de agosto de 1897 el termómetro del balneario de Santa Águeda, en Mondragón, marcaba treinta y dos grados a la sombra. Antonio Cánovas del Castillo había llegado allí unos días antes, con la boca seca y el ánimo desgastado por diez años de primeras espadas y turnos políticos que cualquier otro hubiera dejado en manos del azar. Leía The Times en el salón de lectura cuando el anarquista italiano Michele Angiolillo se acercó por la espalda, sacó un revólver y disparó tres veces. Una de las balas le entró por la nuca y le mató en el acto. España perdía en aquel instante al estadista que había vuelto a poner orden tras medio siglo de revoluciones, pronunciamientos y repúblicas efímeras, y que había cosido el país a una constitución de papel couché que funcionó durante casi cuarenta años.
Capítulo I: El hombre que resucitó una dinastía
Cánovas no era un aristócrata ni un militar. Había nacido en Málaga en 1828, hijo de un modesto funcionario, y había aprendido a moverse en los despachos antes que en los cuarteles. Cuando en 1874 el general Martínez Campos proclamó al rey Alfonso XII en Sagunto, Cánovas ya llevaba meses preparando el regreso de los Borbones desde París, con cartas, manifiestos y una red de apoyos civiles que convertiría aquella restauración militarizada en un proyecto político sólido. Fue él quien convenció al futuro monarca en el exilio de que su corona no podía sostenerse sobre un solo partido ni sobre la espada de unos cuantos generales, sino sobre unas reglas del juego que todas las facciones pudieran asumir.
El 29 de diciembre de 1874, pocos días después del pronunciamiento, Alfonso XII desembarcó en Barcelona y el Gabinete Cánovas se constituyó como el primer gobierno de la Restauración. «Mirad cómo me pongo en vuestras manos —dijo el rey a los políticos que le recibieron—. Vengo a entregaros la corona de mi padre». Frase calculada: Cánovas había escrito el guion, y Alfonso lo leyó con la naturalidad de quien sabe que la monarquía ya no era un derecho divino sino un pacto con la nación.
Capítulo II: La Constitución que enfrió los odios
El textodelicada Constitución de 1876 fue probablemente la obra maestra de Cánovas. No era una carta magna de ruptura ni un programa de máximos: era un traje hecho a medida para un país que llevaba sesenta años asesinando sastres. Recogía la soberanía compartida entre el rey y las Cortes, mantenía la confesionalidad del Estado con tolerancia de otros cultos, establecía el sufragio censitario (que se ampliaría al sufragio universal masculino en 1890, no sin resistencias) y dejaba en manos del monarca la capacidad de nombrar al presidente del Gobierno. La clave residía en el artículo 18, que permitía al rey disolver las Cortes y convocar elecciones. En manos de Cánovas, ese artículo era un termostato: cuando la temperatura política subía demasiado, se giraba la llave y se fabricaba una nueva mayoría.

El arquitecto de aquella constitución sabía que la letra sola no bastaba. La verdadera argamasa del sistema la puso con lo que los periódicos de entonces llamaron «el bipartidismo automático» y que los libros de Historia hoy enseñan como el turno pacífico: dos grandes partidos, el Conservador de Cánovas y el Liberal de Práxedes Mateo Sagasta, que se alternaban en el poder mediante elecciones controladas por los caciques. Era un fraude a la voluntad popular, cierto, pero era un fraude estable. Y Cánovas creía, y lo repetía en sus escritos de historia, que los pueblos que no consiguen la estabilidad primero acaban devorándose a sí mismos sin alcanzar nunca la libertad.
Capítulo III: El turno y las manos sucias
La mecánica del turno era tan simple como brutal. El rey llamaba a formar gobierno al jefe del partido decidido de antemano, se disolvían las Cortes, y el nuevo ministro de Gobernación tejía con los caciques provinciales una red que garantizaba los escaños necesarios. Luego, la oposición esperaba su turno. Así gobernaron los conservadores de 1875 a 1881 y de 1884 a 1885; los liberales, de 1881 a 1884 y desde 1885 en adelante, tras la muerte de Alfonso XII y la firma del Pacto de El Pardo, aquella noche de noviembre de 1885 en la que Cánovas y Sagasta pactaron sostener la regencia de María Cristina y mantener el turno para evitar que los carlistas o los republicanos pudieran aprovechar la debilidad de la corona.
Cánovas despreciaba las acusaciones de manipulación. En una intervención en las Cortes, sin subir la voz, recordó a los diputados que el sufragio universal era «un instrumento» y que gobernar no consistía en hacer felices a todos, sino en impedir que los que odian el orden lo dinamiten. Su realismo era a veces incómodo incluso para sus propios aliados, pero mantenía unido a un bloque de terratenientes, industriales, carlistas reciclados y militares prudentes que veían en él al único dique contra el caos.
Capítulo IV: Las grietas del edificio

Sin embargo, la fotografía del sistema tenía los bordes cada vez más desvaídos. El desastre colonial de 1898 estaba aún por llegar, pero las guerras de Cuba y Filipinas ya sangraban las arcas y las conciencias. Los anarquistas, que habían intentado asesinar al rey en 1878 y al propio Cánovas años después, veían en el estadista el símbolo de un régimen que protegía a los oligarcas mientras los obreros morían de hambre en las fábricas de Barcelona. El juicio de Montjuïc, en 1896, con torturas y condenas arbitrarias, terminó por convencer a Michele Angiolillo de que Cánovas era el responsable último de aquella represión.
El propio Cánovas no era ajeno a la tensión. Había sufrido un primer atentado en 1879, del que salió ileso, y desde entonces caminaba por Madrid con escolta. Pero en el balneario de Santa Águeda, aquel agosto de 1897, creyó que el calor y el reposo le bastaban como protección. No fue así.
Capítulo V: Tres balas y un país que se quedó sin brújula
El sumario que se instruyó en Mondragón recoge los detalles con la frialdad de los legajos judiciales: Angiolillo compró el revólver en Tarragona, viajó hasta el balneario, esperó dos días a que Cánovas saliera de su habitación y apretó el gatillo a las once y veinte de la mañana. La primera bala no le mató; la tercera sí. Los médicos que practicaron la autopsia certificaron que el proyectil había seccionado la médula espinal. España pasó del estupor al duelo oficial en cuestión de horas.
La muerte de Cánovas agrandó su leyenda y enterró, a la vez, muchas de sus certezas. Tres años después, en el balneario de Santa Águeda, ya nadie recordaba el turno: Sagasta moriría en 1903, y con él aquel bipartidismo de dos hombres que se repartían el poder como quien se pasa la sal en la mesa. El sistema ideado por Cánovas resistiría unos años más, pero a los historiadores les gusta decir que aquel 8 de agosto de 1897 la monarquía restaurada empezó a desangrarse por dentro.
Capítulo VI: El legado en los archivos
Lo que queda de Antonio Cánovas del Castillo no son solo los discursos de las Cortes ni los manuales de historia del derecho. Queda un país que, para bien y para mal, aprendió con él que las constituciones no se escriben para los ángeles sino para los seres humanos —con sus odios, sus intereses y sus miedos—, y que el orden, incluso el orden adulterado, es a veces lo único que separa una nación de la guerra civil. Sus papeles personales y sus manuscritos históricos se conservan en la Real Academia de la Historia, desde donde siguen proyectando la misma sombra larga de aquel hombre bajo, de bigote poblado, que se plantó en el Parlamento sin levantar nunca la voz.

Los historiadores discuten todavía si sin Cánovas la Restauración habría durado más o menos, y si aquel turnismo artificial retrasó o aceleró la modernización de España. Los archivos guardan silencios elocuentes, y quizá por eso el personaje resulta más humano que mito: un estadista que fabricó un juguete mecánico para contener las tormentas y que, como todos los que juegan con relojes, ignoró que el tiempo acaba por oxidar hasta los engranajes más finos.

