La diplomacia de la Corona no entiende de vacaciones. La noche del 26 de julio, Felipe VI interrumpió su estancia estival en el Palacio de Marivent y puso rumbo a Lima para asistir a la investidura de Keiko Fujimori como nueva presidenta de Perú. Un viaje que, más allá del gesto protocolario, consolida una tradición que se remonta al reinado de Juan Carlos I: cada vez que un país hispanohablante de América elige a un nuevo jefe de Estado, el Rey o el heredero de la Corona española se hace presente.
Una tradición de Estado que no se toma vacaciones
La fuente francesa Point de Vue, que ha seguido de cerca el desplazamiento, recuerda que esta costumbre no admite excepción. Felipe VI apenas había tomado posesión de sus aposentos en Marivent cuando la agenda institucional le reclamó al otro lado del Atlántico. El monarca voló en la tarde-noche del 26 de julio y aterrizó en la base aérea del Callao en la mañana del 27.
Le acompañó la secretaria de Estado de Cooperación Internacional, Eva Granados, lo que subraya la dimensión de cooperación que la Casa del Rey imprime a estos viajes. La presencia real en una toma de posesión es mucho más que una foto de familia: es una declaración de continuidad en las relaciones bilaterales, una seña de identidad de la política exterior española que trasciende los colores políticos del país anfitrión y del propio Gobierno de Madrid.
La agenda diplomática en Lima: encuentros y gestos de cercanía
Nada más pisar suelo peruano, Felipe VI fue recibido por el ministro de Exteriores, Carlos Pareja, y por el embajador de España en Perú, Alejandro Abellán. La primera parada fue la Embajada, donde el Rey pudo reunirse con el personal diplomático y con representantes de la comunidad española en el país andino. Un guiño a los expatriados que la Zarzuela cuida de forma sistemática en cada viaje.
A continuación, el soberano se reunió con el presidente saliente de izquierdas, José María Balcázar, antes de trasladarse a pie al Palacio de Torre Tagle, sede de la Cancillería, para un primer encuentro con la presidenta electa. El detalle de recorrer la distancia a pie, recogido por la crónica original, no es menor: humaniza una visita oficial que, de otro modo, podría leerse como un mero trámite burocrático.

La jornada del 28 de julio fue el plato fuerte. Tras varias reuniones bilaterales con otros mandatarios presentes, el Rey asistió en el Palacio del Congreso a la jura de Keiko Fujimori como primera mujer en alcanzar la presidencia del Perú. Después, la nueva mandataria ofreció un almuerzo oficial en el Palacio de Gobierno, acompañada de sus hijas Kyara y Kaori Marcela Villanella. La imagen de una presidenta flanqueada por sus hijas y rodeada de jefes de Estado resume, en un solo encuadre, la complejidad de una investidura que aúna simbolismo, legado familiar y enormes desafíos políticos.
Keiko Fujimori: una investidura bajo la sombra del legado y la controversia
La figura de la nueva presidenta está inevitablemente marcada por la herencia de su padre, Alberto Fujimori, quien gobernó el país con mano dura entre 1990 y 2000 y fue condenado por crímenes de lesa humanidad. Keiko Fujimori, que ejerció como primera dama tras el divorcio de sus padres y se lanzó a la política en 2006, ha tratado de rehabilitar el apellido familiar, aunque su trayectoria tampoco ha estado exenta de sombras: pasó dieciséis meses en prisión preventiva por un caso de blanqueo de capitales.
Su elección, sobre la promesa de combatir la inseguridad, se produce en un clima de fuerte polarización y con una izquierda peruana que se declara en oposición frontal. En este escenario, la presencia del Rey de España no debe leerse como un aval a un proyecto político concreto, sino como un ejercicio de diplomacia institucional. La Corona representa al Estado español, y su función es tender puentes con todas las democracias de la región, con independencia de quién ocupe el palacio presidencial en cada momento.
La interrupción de las vacaciones del Rey no es un capricho protocolario: es la prueba del compromiso de la Corona con la estabilidad institucional de las democracias hispanohablantes.
Cabe recordar que esta misma tradición llevó al entonces Príncipe de Asturias a acudir a numerosas tomas de posesión en América Latina, y que la Casa del Rey la ha mantenido aun cuando los titulares pudieran resultar incómodos. El reinado de Felipe VI ha hecho de la coherencia diplomática una de sus señas de identidad, y el viaje a Lima, a costa de recortar el descanso familiar, lo confirma.
Lo que queda ahora es observar cómo evoluciona la relación hispano-peruana bajo el nuevo mandato. La Moncloa mantiene un perfil discreto, pero la foto del Rey en el Congreso peruano envía un mensaje claro: para la diplomacia española, América Latina sigue siendo una prioridad de primer orden, y la Corona, su herramienta más valiosa de soft power.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: La presencia del Rey en investiduras latinoamericanas es una tradición institucional que data del reinado de Juan Carlos I y que la Corona mantiene para reforzar los lazos diplomáticos y culturales.
- El detalle de protocolo: Felipe VI interrumpió sus vacaciones en Marivent para volar a Lima el 26 de julio, un gesto que subraya la prioridad de la agenda de Estado sobre el calendario privado.
- Próximos pasos: Tras la investidura, la agenda de la Casa del Rey prevé el regreso a Mallorca y la reanudación de la actividad estival, aunque sin actos oficiales hasta septiembre.
