F-16 ucranianos destruyen 2.500 drones rusos pero el desgaste pone en jaque la flota

Un análisis del RUSI advierte de que el uso intensivo consume horas de vuelo y misiles a un ritmo insostenible, con 39 F-16 apenas para contrarrestar una producción mensual rusa de 6.000 drones. Las defensas de corto alcance (SHORAD) son la alternativa, pero requieren una densida

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Los F-16 ucranianos han derribado más de 2.500 drones rusos, pero el esfuerzo consume horas de vuelo y misiles a un ritmo insostenible, según un análisis del think tank británico RUSI.
  • ¿Quién está detrás? La flota de cazas occidentales donados a Ucrania —39 F-16 operativos y 4 Mirage 2000-5— se enfrenta a una demanda ilimitada de interceptaciones. Rusia fabrica más de 6.000 drones de ataque unidireccional al mes.
  • ¿Qué impacto tiene? La sobreexplotación acelera los ciclos de mantenimiento profundo y dilapida misiles aire-aire. Mientras, las defensas de corto alcance (SHORAD) se revelan como la alternativa sostenible, pero requieren gran densidad y personal, algo difícil de replicar para la OTAN.

Los cazas F-16 que Occidente ha entregado a Ucrania se han convertido en un escudo indispensable contra la marea de drones rusos, pero ese mismo éxito está devorando la flota. Desde mediados de 2024, los aviones han destruido más de 2.500 drones Geran y Gerbera —versiones rusas del Shahed iraní—, según el experto en poder aéreo Justin Bronk, del Royal United Services Institute (RUSI). La cifra impresiona. Y el precio, también.

El análisis de Bronk, publicado esta misma semana, es demoledor: el uso de cazas contra drones de ataque unidireccional «ha consumido un número insostenible de horas de vuelo de la célula y de misiles aire-aire». Con Rusia fabricando más de 6.000 drones al mes y una flota ucraniana que apenas roza los 40 F-16, el cálculo es despiadado. Cada salida de intercepción resta horas de vuelo que los aparatos necesitan para otras misiones y acerca el momento de una parada técnica profunda en fábrica, algo inviable en plena guerra.

El peaje del héroe: horas de vuelo y misiles dilapidados

Ucrania opera hoy un estimado de 39 F-16, de los 79 prometidos por varios países europeos. A ellos se suman cuatro Mirage 2000-5 franceses y un puñado de cazas soviéticos Su-27 y MiG-29 que aún resisten. Sobre el papel, los F-16 han cambiado las reglas del juego: permiten lanzar bombas planeadoras JDAM y AASM Hammer contra objetivos terrestres, y hace apenas unas semanas uno de ellos derribó un Su-35 ruso sobre el este del país. Pero la moneda tiene otra cara.

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«La flota de F-16 está sobrecargada, sobre todo por las tareas de intercepción de drones, para las que existe una demanda casi ilimitada», explica Bronk a Defense News. El problema de fondo es que Rusia combina sus drones con oleadas de misiles de crucero Kh-101 y misiles balísticos Iskander-M y Kinzhal, obligando a Kiev a elegir qué sistema emplea contra cada amenaza. Los F-16, con su capacidad para derribar misiles de crucero y ejecutar ataques de precisión, se queman apagando fuegos que otras armas podrían sofocar.

Un caza de 60 millones de dólares no puede ser la herramienta rutinaria para interceptar enjambres de drones que cuestan 20.000.

El antídoto imperfecto: las defensas de corto alcance (SHORAD)

Ucrania ha mitigado parcialmente la amenaza de los drones creando cinturones densos de defensas aéreas de corto alcance, o SHORAD (Short-Range Air Defense). Estos anillos combinan misiles antiaéreos ligeros, cañones, equipos móviles de ametralladoras y drones interceptores de fabricación casera. Son baratos y sostenibles en términos de munición, pero tienen dos talones de Aquiles: necesitan mucho personal y una densidad geográfica que se vuelve imposible a lo largo de los 1.200 kilómetros de frente.

«Las operaciones de SHORAD son sostenibles porque su equipamiento y munición son relativamente baratos», señala el informe. «Sin embargo, requieren un uso intensivo de personal para desplegarse a escala y exigen tanto densidad de fuerzas como profundidad geográfica para ser eficaces». Eso explica por qué, pese a su eficacia, los SHORAD no pueden cubrir todas las ciudades y, al mismo tiempo, liberar por completo a los cazas.

La lección para la OTAN es incómoda. Bronk advierte de que la Alianza no puede replicar la densidad SHORAD ucraniana por el altísimo coste en personal. Como alternativa, sugiere invertir en cañones guiados por radar para proteger instalaciones críticas —bases, cuarteles generales— y desarrollar municiones antiaéreos más baratas para aeronaves, como el cohete APKWS II. Pero los misiles balísticos y de crucero siguen siendo territorio exclusivo de los sistemas de largo alcance: Patriot, SAMP/T y, en menor medida, los propios F-16.

Equilibrio de Poder

RUSI

La deriva de los F-16 ucranianos no es solo una cuestión táctica; es un síntoma de un dilema estratégico mayor: la guerra de desgaste beneficia a quien produce más barato y en mayor volumen. Rusia, con su capacidad industrial intacta para fabricar drones, está forzando a Ucrania a gastar misiles y horas de vuelo de alta calidad contra amenazas de bajo coste. Es la trampa del conflicto prolongado, donde la asimetría no está en la tecnología, sino en la sostenibilidad del esfuerzo.

Para España y el resto, de la la OTAN, el caso es un aviso. Las fuerzas aéreas aliadas no dispondrían de la profundidad SHORAD que Ucrania ha improvisado con voluntarios y sistemas heterogéneos. La frontera sur —Marruecos, Sahel— tampoco es ajena a la amenaza de enjambres de drones, como demostró el ataque con drones improvisados contra una base en Malí en 2023. Si la OTAN no desarrolla sistemas baratos y escalables para la defensa de punto, sus flamantes cazas de quinta generación podrían verse igualmente devorados por misiones antipersonales de baja intensidad.

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Bronk añade una pincelada de optimismo condicionado: los ataques de precisión de los F-16 serían más efectivos si el alto mando ucraniano diera más autonomía a los escuadrones para planificar misiones de ataque, en lugar de centralizar todas las decisiones en cuarteles generales de corte terrestre. Es decir, liberar a los cazas de la microgestión podría multiplicar su eficacia. Pero mientras sigan siendo la única línea creíble contra los misiles de crucero, volarán casi tantas horas contra drones como contra objetivos de alto valor.

La próxima gran cumbre de la OTAN —prevista para otoño— debería sacar conclusiones. Si la Alianza no invierte en defensas láser, cañones guiados y munición aire-aire de bajo coste, se arriesga a repetir el síndrome ucraniano en cualquier escenario donde el adversario apueste por la cantidad sobre la tecnología. La guerra moderna se gana con plataformas caras, pero se libra con munición barata.