Donald Trump aterrizó en la Casa Blanca con una promesa sencilla: acabar con la inflación. Dieciocho meses después, los exasesores económicos de Joe Biden ven cómo su antiguo rival pisa el mismo terreno pantanoso que hundió la popularidad de su predecesor.
El coste de la vida sigue siendo la primera preocupación del votante medio, y el equipo de Trump aún no encuentra la manera de explicar por qué una hamburguesa, un litro de gasolina o un burrito de 20 dólares en un campus universitario no son un espejismo de la propaganda demócrata.
El mismo burrito, distinto inquilino
Brendan Duke, antiguo asesor del Consejo Económico Nacional de Trump, ironizaba esta semana en X: “Antiguos colegas del equipo Biden, es hora de beber”. La broma enlazaba un tuit viral sobre un estudiante que protestaba por el precio de un burrito, y la reacción de algunos conservadores minimizaba el malestar. Duke, que ya vivió el fracaso del mensaje de la “Bidenomics”, sabía que ridiculizar el bolsillo ajeno es un lujo político que la Casa Blanca no puede permitirse.
Michael Negron, quien fuera asistente especial del presidente para política económica, explicaba al Washington Examiner que la situación actual es “muy similar” a la que Biden arrastró hasta las elecciones de 2024. Sin embargo, Negron subraya una diferencia clave: “Las políticas que ahora se persiguen son inflacionarias”. Señala a los aranceles y al conflicto con Irán, que han disparado los precios de la energía, como factores que agravan la factura de la compra semanal.
El vicepresidente JD Vance ofreció su propia lectura en una entrevista con Fox News: “Lo que demuestra esto es que los últimos 40 años de política económica bipartidista han fracasado”. La frase, ambiciosa en su alcance histórico, tropieza sin embargo con el dato tozudo de las encuestas. Una mayoría de los votantes, según un sondeo de Harvard/Harris realizado en marzo, considera que la economía está peor que con Biden.
El votante no juzga cuarenta años de historia: juzga la billetera que lleva hoy en el bolsillo.
De la “Bidenomics” a la “Trumpenomics”: el mismo fracaso narrativo
Andrew Bates, portavoz de Biden, recuerda que la inflación global atenazó a su jefe, mientras que Trump, al prometer que los precios bajarían “desde el primer día” en la Casa Blanca, se ha convertido en dueño único de sus propios problemas. “Trump es su propio portavoz principal”, advierte Bates. “Cada vez que sus asesores intentan imponer un mensaje distinto, los caprichos del presidente descarrilan la estrategia”.
Peter Loge, director de la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la Universidad George Washington, lo resume con crudeza: “Le eligieron porque los votantes pensaron que el presidente compartía su enfado. Si ahora les dice que todo va bien cuando no es así, se sienten engañados y votarán al siguiente”. La psicología electoral es tan simple como devastadora para quien ocupa el Despacho Oval.
La Lógica de Washington
Para entender por qué la inflación se ha convertido en un problema político crónico, hay que remontarse al manual de Reagan en 1981. Aquel presidente republicano heredó una espiral de precios y aplicó una cirugía monetaria tan brutal que la popularidad se desplomó antes de tocar fondo y rebotar. La diferencia es que Trump no parece dispuesto a pagar el coste político de un ajuste similar: su coalición electoral, cimentada en trabajadores que sufren la carestía de la cesta de la compra, no toleraría más dolor a corto plazo. De ahí la apuesta por culpar a factores externos —la guerra en Irán, los aranceles heredados, la inercia del mandato anterior— mientras se intentan maquillar las cifras macroeconómicas.
Esa lógica tiene consecuencias directas para España. Una Reserva Federal que mantenga los tipos de interés altos para domeñar la inflación estadounidense encarece la financiación de la deuda soberana española y frena las exportaciones de sectores como el aceite de oliva, el vino o la automoción. Inditex, Iberdrola o Ferrovial, con fuerte presencia en el mercado americano, ven cómo un dólar caro encoge sus márgenes en euros. Mientras la Casa Blanca busca un relato que justifique el precio del burrito, las empresas españolas se enfrentan a un horizonte de tipos altos que puede durar hasta las elecciones de medio mandato de 2026 y más allá.
La gran incógnita es si el votante americano comprará el argumento de la herencia bipartidista o, como sugiere Loge, aplicará la lógica implacable del “siguiente”. En Washington, el suspiro de alivio de los exasesores de Biden se mezcla con la certeza de que la inflación no perdona filiaciones políticas.
Ficha del Caso
- El caso: El equipo de Donald Trump se enfrenta al mismo problema de comunicación que lastró la presidencia de Joe Biden: una inflación persistente que erosiona el poder adquisitivo de los votantes sin que el discurso oficial consiga contrarrestar la percepción negativa.
- Datos clave: Sondeo de Harvard/Harris de marzo de 2026 que sitúa la economía peor que bajo Biden. Políticas comerciales y conflicto con Irán que añaden presión alcista sobre los precios. Encuestas de popularidad económica de Trump en descenso desde enero de 2025.
- Para España: Tipos de interés elevados en Estados Unidos mantienen la presión sobre la deuda española y reducen la competitividad de sectores exportadores. Empresas como Inditex, Iberdrola o Ferrovial deben navegar un entorno de dólar fuerte y consumo americano más cauteloso.
