Felipe VI ha puesto el foco en Ceuta con un gesto sin precedentes en más de una década: una visita a la ciudad autónoma, la primera desde que llegó al trono, y la primera en 19 años. La decisión, anunciada por el presidente autonómico Juan Jesús Vivas tras reunirse con el Monarca en Marivent, ha encendido todas las alarmas en La Moncloa, que ahora debe elegir entre refrendar un viaje que reafirma la soberanía española o ceder a las previsibles represalias de Marruecos.
La crisis desatada a finales de julio, cuando Marruecos envió una avalancha de 80.000 personas hacia la frontera, ha puesto a prueba la integridad territorial de España. En ese contexto, el Rey considera que pisar el suelo ceutí es una cuestión de Estado, y Vivas aseguró a la salida del encuentro en Palma que no le cabe «la menor duda de que el Rey va a visitar Ceuta».
Una visita pendiente que se remonta a 2007
La última vez que unos Reyes visitaron Ceuta fue en 2007, cuando don Juan Carlos y doña Sofía recorrieron las calles de la ciudad autónoma. En los 39 años de reinado del emérito solo se produjo aquel viaje, y en los doce años de Felipe VI, ni el Gobierno de Mariano Rajoy ni el de Pedro Sánchez han considerado que hubiera un momento oportuno. Ceuta y Melilla son las dos únicas regiones españolas que los actuales Reyes aún no han pisado.
La razón de esta anomalía es diplomática: Rabat no reconoce la soberanía española sobre ambos territorios y cualquier presencia real molesta al reino alauí. El temor recurrente ha sido que Mohamed VI respondiese con una nueva oleada migratoria, como la que acaba de sufrir España apenas diez días después de que Sánchez visitara Argelia, otro viaje que incomodó al vecino del sur.
El Gobierno mantiene un silencio incómodo. El pasado viernes, el ministro Óscar López intentó aplazar la decisión con una declaración ambigua: «Su Majestad el Rey visitará Ceuta cuando sea oportuno y habrá una coordinación en en todo momento». La frase, cargada de condicionales, refleja el dilema de un Ejecutivo que teme tanto la reacción marroquí como la imagen de debilidad que proyectaría vetar la visita del Jefe del Estado.
El dilema del Gobierno: entre la reafirmación y la presión marroquí
El viaje real a Ceuta necesita el refrendo del Gobierno, un requisito constitucional que convierte a La Moncloa en corresponsable del gesto. Fuentes gubernamentales reconocen que el Ejecutivo está atrapado: si da luz verde y Marruecos responde con represalias —desde cortes comerciales hasta una nueva presión migratoria—, Sánchez pagará el coste político. Si lo rechaza, quedará claro hasta dónde llega la sumisión a Rabat, precisamente a pocos meses de unas elecciones generales que las encuestas le pronostican adversas.
La posición negociadora de España frente a Marruecos se debilitó drásticamente en 2022, cuando el presidente Sánchez envió una carta personal al rey Mohamed VI aceptando el plan de autonomía marroquí para el Sáhara sin consultar al Parlamento. Aquella cesión privó a España de una baza histórica y, según fuentes diplomáticas, alentó a Rabat a subir la apuesta sobre Ceuta y Melilla.

Para defender la integridad territorial, el Estado dispone de varias herramientas: reforzar las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, desplegar al Ejército, blindar la frontera o aceptar el ofrecimiento de Frontex para movilizar casi 10.000 efectivos. Pero, como confirman los analistas consultados por este medio, la medida más eficaz, rápida y barata es una visita de los Reyes.
Una visita real a Ceuta, hoy, comunica más soberanía que cien declaraciones institucionales y molesta más que un despliegue militar.
La Corona como herramienta de diplomacia silenciosa
Zarzuela ha manejado siempre con cautela la agenda en los territorios sensibles. La ausencia de visitas a Ceuta y Melilla no ha sido casual, sino fruto de un cálculo de diplomacia silenciosa que evitaba crispar a un vecino imprescindible en la cooperación antiterrorista y migratoria. Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado: tras la invasión inmigratoria de julio, la Corona percibe que ha llegado el momento de colocar un hito simbólico que recuerde a Rabat dónde están las fronteras.
El riesgo es evidente. Como ha quedado de manifiesto con la denominación de una autopista marroquí bautizada «Presidente Donald J. Trump» que une Tiznit con Dajla —un antiguo enclave español—, Mohamed VI explota cualquier debilidad. En este pulso, el Rey Felipe VI se convierte en un activo diplomático de primer orden, pero también en un blanco. La decisión de Moncloa, por tanto, será determinante no solo para la relación bilateral, sino para la propia autoridad de la Corona como símbolo de la unidad de España.
Zarzuela, por su parte, mantiene la prudencia de la que suele hacer gala. El anuncio de Vivas tras la cita en Marivent ha sido interpretado como un globo sonda, una forma de presionar al Gobierno sin exponer directamente al Jefe del Estado. Pero el tiempo se agota: cada día sin respuesta agrava la percepción de que España renuncia a defender su territorio por miedo a represalias.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: La primera visita de Felipe VI a Ceuta en 19 años se plantea como una respuesta simbólica a la crisis migratoria y una reafirmación de la soberanía española sobre las ciudades autónomas.
- El detalle de protocolo: Aunque no existe un precepto legal que lo impida, la visita requiere el refrendo del Gobierno por su enorme carga política. El Ejecutivo controla la agenda exterior y cualquier viaje del Rey debe coordinarse con La Moncloa.
- Próximos pasos: La Casa del Rey no ha confirmado fecha alguna. Se especula con que, si el Gobierno finalmente lo autoriza, el viaje se realizará por sorpresa y con un fuerte dispositivo de seguridad, posiblemente antes de que termine el verano.

