La Armada española está acelerando la incorporación de vehículos de superficie no tripulados (USV) para ampliar sus capacidades de vigilancia, reconocimiento y combate sin poner en riesgo a las dotaciones. Estos sistemas representan uno de los cambios más importantes de la guerra naval moderna y encajan especialmente bien con el concepto de operaciones multimisión que España está desarrollando alrededor de las futuras fragatas F-110.
La apuesta no parte de cero. La Armada dispone ya de experiencia con sistemas no tripulados y en diciembre de 2025 recibió el SEAD23, un vehículo de superficie no tripulado que había sido probado durante aproximadamente dos años en ejercicios como REPMUS, BALTOPS 24 y Dynamic Messenger. Además, la creación del Centro de Experimentación y Vehículos No Tripulados de la Armada (CEVENTA) en Rota demuestra que estos sistemas han dejado de ser una tecnología experimental para convertirse en una prioridad de futuro.
El objetivo es avanzar hacia una Armada capaz de desplegar USV, drones aéreos y vehículos submarinos de manera coordinada, utilizando cada plataforma para ampliar el radio de acción de los buques tripulados. La futura F-110 es precisamente uno de los principales exponentes de esta filosofía, ya que su espacio multimisión está preparado para operar vehículos no tripulados de superficie, aéreos y submarinos.

Más alcance y menos riesgo para los marinos
Una de las principales ventajas de los USV para la Armada española es evidente: permiten enviar un vehículo a una zona peligrosa sin exponer directamente a una tripulación. En un escenario de guerra naval, esta característica puede resultar decisiva.
Un USV podría emplearse para acercarse a una zona potencialmente amenazada, realizar reconocimiento, detectar embarcaciones, vigilar una infraestructura o investigar una posible amenaza antes de que se aproxime un buque tripulado. De esta manera, el sistema no tripulado actuaría como una primera línea de exploración capaz de proporcionar información al centro de mando.
Esta capacidad adquiere todavía más importancia cuando se integra con una fragata multimisión como la F-110. Navantia ha diseñado su hangar multimisión para poder embarcar distintos módulos y operar con sistemas no tripulados, permitiendo adaptar el buque a diferentes perfiles operativos. La compañía señala que esta configuración puede utilizarse en más de 17 perfiles de misión.
El concepto cambia así la manera de entender una fragata. En lugar de limitarse a utilizar sus propios sensores, helicópteros y armamento, el buque puede convertirse en un nodo de control de múltiples plataformas desplegadas alrededor de él.
Los USV también pueden aportar una mayor persistencia. Al no necesitar alojamiento, alimentación o descanso para una dotación embarcada, pueden permanecer durante largos periodos realizando determinadas tareas, aunque su autonomía real dependerá del tamaño, propulsión, sensores y configuración de cada modelo.
En operaciones de vigilancia marítima, protección de infraestructuras críticas o control de determinadas zonas, esta característica puede reducir la carga de trabajo de las unidades tripuladas y permitir que los buques principales concentren sus recursos en las misiones de mayor valor.
La guerra naval será más distribuida y difícil de detectar
La verdadera revolución de los vehículos de superficie no tripulados llegará cuando dejen de utilizarse como plataformas independientes y pasen a formar parte de una red de sistemas conectados.
Un USV equipado con sensores puede actuar como un elemento adelantado que transmite información a una fragata. Otro puede encargarse de vigilancia mientras un tercero desarrolla una misión diferente. Al mismo tiempo, un dron aéreo puede proporcionar una visión desde mayor altura y un vehículo submarino puede investigar lo que ocurre bajo la superficie.
La F-110 ha sido concebida precisamente con esta lógica. Su espacio multimisión permite integrar diferentes sistemas y configuraciones, mientras que el buque incorpora capacidades de procesamiento de datos, sensores avanzados y sistemas de combate destinados a trabajar en un entorno altamente conectado.
En una hipotética situación de conflicto, esta arquitectura permitiría distribuir sensores y plataformas en una zona marítima mucho mayor sin tener que desplegar numerosos buques tripulados. Es una ventaja especialmente relevante porque dificulta al adversario determinar dónde se encuentra exactamente el centro de gravedad de la fuerza naval.
Pero esta descentralización también tiene un componente económico. Un USV puede ser considerablemente más barato que un buque de guerra tripulado. Esto abre la puerta a utilizar sistemas relativamente asequibles para asumir tareas que, hasta ahora, exigían emplear fragatas, patrulleros u otras plataformas con personal a bordo.
El ahorro, sin embargo, no debe confundirse con un coste reducido en todos los casos. Los sensores, comunicaciones seguras, sistemas de navegación, inteligencia artificial, enlaces de datos y medidas de ciberseguridad pueden convertir un vehículo aparentemente sencillo en una plataforma tecnológica de elevada complejidad.

Vehículo no tripulado de superficie SEAD23 en la Base Naval de Rota. Fuente: Armada.
Autonomía, comunicaciones y ciberseguridad: el gran desafío
La principal desventaja de los USV militares es precisamente la tecnología que permite sus ventajas. Un vehículo no tripulado necesita saber dónde está, interpretar su entorno, comunicarse con sus operadores y responder ante situaciones imprevistas.
El mar es, además, un escenario especialmente complicado. El oleaje, la meteorología, las corrientes y la presencia de otros buques pueden afectar a la navegación autónoma. Un sistema que funciona correctamente en condiciones controladas puede enfrentarse a dificultades mucho mayores durante una operación real.
Existe también un problema fundamental: las comunicaciones. Si un USV depende permanentemente de un enlace con su buque nodriza o con un centro de mando, la pérdida de esa conexión puede limitar sus capacidades. En una guerra electrónica intensa, un adversario intentará precisamente interferir, engañar o bloquear esos enlaces.
La ciberseguridad se convierte por tanto en una cuestión crítica. Un USV comprometido no solo puede dejar de cumplir su misión; en determinadas circunstancias podría convertirse en una vulnerabilidad para toda la red naval. Por ello, la autonomía debe combinarse con sistemas robustos de navegación, comunicaciones protegidas y mecanismos capaces de detectar comportamientos anómalos.
Otro inconveniente es la madurez operativa. La Armada española está todavía construyendo experiencia con estos sistemas. La creación de CEVENTA y las pruebas realizadas con el SEAD23 muestran precisamente que España está en una fase de experimentación, evaluación e integración de capacidades.
Además, los USV no sustituyen automáticamente a una fragata. No tienen la misma capacidad de supervivencia, potencia de fuego, autonomía logística ni capacidad de decisión que un buque tripulado. Su verdadero potencial aparece cuando se utilizan como multiplicadores de fuerza.
Ese es, probablemente, el futuro que busca la Armada española: no sustituir a sus marinos por robots, sino conseguir que cada fragata pueda controlar y coordinar un conjunto de plataformas capaces de ampliar sus ojos, sus sensores y su presencia sobre el mar.
La combinación de USV, drones aéreos, vehículos submarinos y buques tripulados permitirá construir una Armada más distribuida, flexible y difícil de neutralizar. Pero para conseguirlo España tendrá que resolver todavía cuestiones tan importantes como la autonomía, la ciberseguridad, las comunicaciones y la integración de todos estos sistemas.
La llegada de los USV supone, en definitiva, un cambio de paradigma. La guerra naval del futuro no dependerá únicamente de quién tenga las fragatas más poderosas, sino también de quién sea capaz de desplegar más sensores y plataformas no tripuladas, conectarlos entre sí y convertir la información obtenida en una ventaja militar.
