La mañana del 11 de septiembre de 1541, Santiago de Nueva Extremadura era poco más que un campamento de cañas y barro apretado contra el cerro Huelén. Los picunches de Michimalonco cayeron sobre la ciudad al amanecer, prendieron fuego a las casas y cegaron de humo las calles recién trazadas. Las crónicas no se detienen en el olor del humo ni en el ruido de las lanzas; se detienen, en cambio, en una decapitación. Inés de Suárez, la única mujer española de aquella hueste, ordenó degollar a los caciques cautivos y lanzar sus cabezas entre los asaltantes para quebrarles el ánimo. Valdivia no estaba en la ciudad. O no llegó a tiempo. La escena inaugura una década de gobernación en la que cada hora de calma fue, en realidad, una tregua.
Pedro de Valdivia no había imaginado Chile como un purgatorio. Lo había imaginado como una extensión lógica de su fortuna. Había cruzado un desierto, fundado una ciudad y repartido solares. El ataque de septiembre de 1541, sin embargo, dejó claro que aquella gobernación no se ganaba con el solo acto de clavarla en un mapa. Los archivos no cuentan qué pensó Inés de Suárez aquella mañana; callan tanto que el silencio se lee hoy como parte del horror.

Capítulo I: Santiago arde a las puertas
La ciudad que hogaño se levanta entre la cordillera y la costa nació bajo la advocación de Santiago, patrón de una España que libraba guerras interminables en Europa y había empezado a repartirse América. Su fundador era un hidalgo de Castuera, villa de la comarca extremeña de La Serena, en la actual provincia de Badajoz. Había venido al mundo hacia 1497, en una corona en la que sobraban segundones y faltaban feudos. No era primogénito. Como tantos hidalgos pobres de Extremadura, buscó en la milicia lo que su casa no podía darle.
Sirvió como soldado de Carlos V en Flandes y en las guerras de Italia. La paga no lo hizo rico, pero le enseñó los rudimentos de la guerra. En 1535 pasó al Nuevo Mundo. Siete años después de su partida de España, ya estaba en el Perú, envuelto en las revueltas entre conquistadores. Combatió del lado de Francisco Pizarro en la batalla de Las Salinas, el 6 de abril de 1538, una de esas jornadas que en las crónicas se cuentan más por los muertos que por los méritos. Aquella lealtad se pagó en encomienda y plata: Valdivia obtuvo participación en las minas de Porco, en el altiplano, y pudo haber vivido como un minero rico. Prefirió, en cambio, pedir permiso para conquistar Chile, un territorio que ya había devorado a otros.
Capítulo II: Un extremeño en las guerras del emperador
La gobernación de Chile no se presentaba como un premio. Era una franja estrecha entre el mar y la cordillera, habitada por pueblos que no se dejaban someter con facilidad. El propio Pizarro concedió la licencia para la conquista y población, pero no financió la expedición. Valdivia invirtió en ella su patrimonio de minero. En enero de 1540 salió del Cuzco al frente de una hueste diminuta: una docena escasa de castellanos, entre ellos un puñado de veteranos de Flandes, y cerca de mil indígenas auxiliares cargados con el matalotaje. Con ellos viajaba Inés de Suárez, natural de Plasencia, la única mujer española de la partida.
El camino hasta Chile no era un paseo. La ruta bajaba desde el altiplano hacia la costa y se internaba en el desierto de Atacama, una lengua de arena y salitre donde el agua se medía por tragos y los caballos se despeñaban en las laderas. Las crónicas hablan de sed, de noches al raso y de huesos de expediciones anteriores marcando los recodos. La hueste avanzó en hilera, con la ropa acartonada por el salitre y las monturas flacas. Si Valdivia tuvo dudas, no quedaron consignadas. Los caudillos de la conquista rara vez escribían sus vacilaciones.

Capítulo III: La marcha por Atacama
Tras meses de marcha, la expedición alcanzó el valle del río Mapocho en diciembre de 1540. La escena no era el paraíso que algunos esperaban: era un valle fértil, es cierto, pero con una población indígena armada y organizada. Para Valdivia, sin embargo, aquel sitio reunía lo necesario: agua, leña, tierras para sembrar y una posición central desde la que expandir la gobernación. El 12 de febrero de 1541 fundó Santiago de Nueva Extremadura, al pie del cerro Huelén, hoy conocido como cerro Santa Lucía. Trazó la plaza, señaló el solar para la iglesia y plantó la ciudad como quien planta una bandera: con la certeza de que el acto jurídico bastaría para someter la tierra.
No bastó. Los meses siguientes fueron de hambre, de escaramuzas y de miedo. El 11 de septiembre de 1541, cuando Michimalonco atacó, la ciudad aún no tenía muralla. Los conquistadores se defendieron a pie, entre el humo y los corrales incendiados. Inés de Suárez, que había quedado a cargo de la defensa, tomó una decisión que las crónicas conservan con escalofrío: mandó degollar a los caciques prisioneros y exhibir sus cabezas. La atrocidad surtió efecto. Los asaltantes se retiraron. Santiago no desapareció, pero quedó devastada y hambrienta.
Capítulo IV: Fundar una ciudad en tierra hostil
Durante los años siguientes, Valdivia se convirtió en un fundador a tiempo completo. La gobernación que administraba se extendía al sur, hacia lugares que los españoles llamaban con nombres recién inventados: Concepción, fundada el 5 de octubre de 1550 a orillas del río Biobío; Valdivia, en 1552, que llevaba el apellido del gobernador; La Imperial; Villarrica. Cada fundación era un acto de fuerza. Se trazaba la plaza, se levantaba una empalizada y se dejaba una guarnición mínima en medio de un territorio hostil. La distancia entre una ciudad y otra podía ser de semanas o meses, y las noticias viajaban más despacio que el peligro.
En sus cartas de relación, escritas para el emperador Carlos V, Valdivia insistía en las riquezas de Chile y en la necesidad de hombres y armas. No era una petición retórica. La resistencia indígena se había ido articulando en una guerra propia, la Guerra de Arauco, que no se apagaría ni en su generación ni en la siguiente. Los mapuches habían aprendido a usar los caballos capturados, conocían el terreno y no se rendían en batalla campal. Aquella era una guerra de desgaste, de emboscadas y de fortines. No tenía nada que ver con la brillantez de Las Salinas.

Capítulo V: El paje que se volvió caudillo
La paradoja más amarga de la conquista de Chile se llama Lautaro. Era hijo de un lonko mapuche y había servido como paje en la caballeriza de Valdivia, donde aprendió el idioma, las tácticas y las debilidades de los españoles. En un momento indeterminado, Lautaro se escapó y se unió a los suyos. Lo que aprendió junto al gobernador lo volvió contra él. Organizó a los guerreros en escuadrones, les enseñó a combatir contra caballería y a aprovechar las sorpresas. La Guerra de Arauco encontró en él a un caudillo. Y Valdivia, en esa guerra, dejó de ser fundador para volverse general otra vez.
Lautaro comprendió pronto que la superioridad española no residía solo en las armas de fuego y en el caballo, sino en la disciplina. Por eso evitó el choque frontal y eligió el terreno. En los bosques del sur, los tercios de a pie se movían mal. Las lanzas mapuches, en cambio, resultaban mortales. Valdivia lo supo quizá demasiado tarde. La guerra se le fue de las manos en los meses finales de 1553, cuando Lautaro preparó el golpe contra un punto débil de la frontera: el fuerte de Tucapel.
Capítulo VI: Tucapel, la última madrugada
El 25 de diciembre de 1553, entre la noche de la vigilia y la madrugada, el fuerte de Tucapel fue atacado. Las fuentes no coinciden en todos los detalles: unos sostienen que Valdivia murió en el combate, otros que fue apresado y ejecutado. La tradición más difundida asegura que los mapuches lo capturaron y le dieron a beber oro fundido, como anverso bárbaro de su codicia. No hay manera de probarlo con actas. Es una imagen que La Araucana de Alonso de Ercilla, publicada entre 1569 y 1589, convirtió en memoria épica. El episodio, con su carga de violencia y de metáfora, ha terminado por eclipsar al personaje real.
Lo verificable es que Pedro de Valdivia no sobrevivió a aquella jornada. Tenía algo más de cincuenta años. Dejó tras de sí una gobernación hecha jirones, una ciudad con su apellido y una guerra que continuó durante generaciones. Santiago creció sobre el cauce del Mapocho y la ciudad de Valdivia conserva su nombre. De la hueste que cruzó Atacama quedan, más que las fundaciones, las preguntas: si el extremeño llegó a entender que aquella guerra no se medía por el tamaño del ejército, sino por la capacidad de recordar. Las cartas guardan silencio al respecto. Quizá por eso su final, entre el combate y la leyenda, siga resultando más verdadero que el relato pulido.

