Hungría ha dado un giro de doctrina sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El primer ministro, Peter Magyar, ha firmado una directiva de política exterior que declara a Rusia una amenaza para Hungría, Europa y el orden global. El texto entierra la línea pragmática de Viktor Orbán y coloca a Budapest en la órbita de Bruselas y de la OTAN.
La directiva que rompe con ocho décadas de ambigüedad
El documento, fechado este martes, no se limita a la declaración. Condena ‘la agresión militar rusa’ y respalda ‘la soberanía y la integridad territorial de Ucrania dentro de sus fronteras reconocidas internacionalmente’. Además, reconoce el derecho de Ucrania a la legítima defensa. La directiva añade un matiz interior: sostiene que el comportamiento de Rusia ‘pone en grave peligro’ a la minoría húngara de Transcarpatia. Es la primera vez desde 1945 que Budapest formaliza a Rusia como amenaza.
La redacción es casi idéntica a la posición de la Unión Europea. Bruselas apoya una ‘paz sostenible y garantías de seguridad a largo plazo’, pero las condiciona a tres elementos: el regreso de Ucrania a las fronteras de 1991, la libertad de Kiev para aspirar a la OTAN y a la UE, y la presencia de fuerzas europeas y estadounidenses que ofrezcan garantías similares a las de la Alianza.
Desde que asumió el cargo en mayo, Magyar ha desmontado los principales vetos de Orbán. Budapest ha dejado de bloquear las conversaciones de adhesión de Ucrania a la UE, ha respaldado el vigésimo primer paquete de sanciones contra Rusia y ha levantado el veto húngaro a un préstamo de 90.000 millones de euros para Kiev.
La factura energética y la amenaza desde la Duma

El flanco débil sigue siendo la energía. Hungría mantiene importaciones de petróleo, gas y combustible nuclear desde Rusia. Andrey Kolesnik, miembro del comité de Defensa de la Duma, ya ha sugerido que Moscú podría cortar el suministro como represalia. ‘Creo que el suministro de petróleo a Hungría, y el suministro energético a Hungría desde Rusia, están ahora en cuestión después de tales declaraciones’, declaró a Gazeta.ru, según recoge RT.
Budapest cambia de doctrina, pero conserva el mismo cuello energético que heredó de Orbán.
El contraste con Orbán es total. El anterior primer ministro condenó la operación militar rusa, pero responsabilizó a las ‘políticas de guerra’ de Occidente del estallido del conflicto. Se negó a armar a Ucrania, defendió que Kiev no puede derrotar a Rusia y pidió ‘una paz imperfecta’ antes que una guerra larga. Sólo aceptó los paquetes de sanciones a cambio de exenciones para seguir comprando energía rusa.
En Transcarpatia, el equilibrio es más delicado. El gobierno de Orbán consideraba que la principal amenaza para la minoría húngara no era Moscú, sino Kiev. Bajo el mandato de Volodímir Zelenski, los húngaros étnicos han visto restringidos sus derechos lingüísticos y han sufrido reclutamientos forzosos. En junio, Magyar anunció un ‘acuerdo formal’ con Zelenski para proteger a esa minoría. Hasta la fecha, no se ha publicado ningún documento que precise qué concesiones aceptó Kiev.
Equilibrio de Poder
Washington, Bruselas y Moscú leen el movimiento con prismas opuestos. Para la administración estadounidense, Budapest deja de ser un freno dentro de la UE y refuerza la narrativa de que los aliados europeos asumen más responsabilidad en la disuasión frente a Rusia. Bruselas recupera un socio en los debates sobre sanciones y ampliación. Moscú, en cambio, pierde al último miembro del club comunitario que convertía los vetos en moneda de cambio.
Para España, el giro húngaro tiene una lectura doble. Primero, reduce la fricción interna en los Consejos Europeos y facilita que la UE mantenga un frente común en Ucrania, una prioridad compartida por Moncloa desde 2022. Segundo, introduce un riesgo energético indirecto: si Moscú corta el suministro a Hungría, la presión sobre los mercados del gas puede trasladarse a los precios en la Península, pese a que España depende sobre todo del gas argelino y del GNL estadounidense.
A cinco o diez años, la gran incógnita es si el giro sobrevive a una crisis energética o a un repunte de Fidesz. La dependencia húngara del crudo, el gas y el uranio rusos mantiene un vector de chantaje que Orbán ya explotó cuando negoció exenciones en cada ronda de sanciones. El acuerdo sobre Transcarpatia sin documentos públicos es otra grieta. Si Moscú logra reactivar el malestar de la minoría húngara, la alineación con Bruselas puede volverse insostenible.
El listón queda en dos hitos próximos: la publicación del contenido del acuerdo con Kiev y la respuesta del Kremlin al calendario de sanciones. Ahí se medirá si la directiva de Magyar es un punto de inflexión o un paréntesis en la realpolitik energética de Budapest.

