Bill Gates lanza la advertencia más dura que se recuerda contra la IA y reclama impuestos.
El cofundador de Microsoft ha endurecido su discurso sobre inteligencia artificial en una entrada de su blog Gates Notes. Reconoce que tiene intereses económicos en el sector, pero sostiene que beneficios y problemas llegarán al mismo tiempo, sin margen de adaptación.
Claves de la operación
- Gates pide gravar robots y tokens de IA. La recaudación financiaría la recualificación profesional y reforzaría la seguridad social.
- No hay plan institucional. Ni líderes, ni expertos ni gobiernos han diseñado una hoja de ruta: «ni siquiera hay un plan para elaborar un plan».
- El empleo concentra el mayor riesgo. La pérdida masiva de puestos de trabajo se suma al mayor poder de actores maliciosos y al impacto emocional en jóvenes.
El impuesto que choca con la fiscalidad del trabajo
Bill Gates echa la vista atrás a la conversión de Estados Unidos de país agrícola a economía de oficina. La transición llevó generaciones enteras y creó empleos que usaban el juicio humano, justo lo que la IA corre el riesgo de usurpar.
Ya en 2017 propuso un impuesto a los robots y no cuajó. La lógica fiscal actual penaliza contratar personas y favorece la automatización: los salarios pagan impuestos, mientras los robots pueden amortizarse como gasto.
Ahora amplía la reclamación a los tokens de IA. La recaudación serviría para recapacitar trabajadores y sostener la seguridad social durante un ciclo en el que despidos y beneficios llegarán a la vez.
Los tímidos intentos de la Unión Europea en etiquetado y legislación, según Gates, se quedan cortos para una tecnología que cruza empleo, fiscalidad y seguridad.
El sistema incentiva sustituir personas por máquinas: un fallo de diseño, no un accidente.
Tres riesgos y un vacío de gobernanza
Gates describe la IA como el mayor mecanismo de igualdad jamás creado, pero también como la peor fuente de injusticia. El resultado depende de decisiones políticas tomadas desde ya, no de la velocidad de la tecnología.
En el lado positivo sitúa beneficios en sanidad, agricultura, educación y servicios públicos. En el negativo, tres riesgos claros: pérdida masiva de empleo, mayor capacidad de daño de actores maliciosos e impacto en el desarrollo emocional de la juventud.
Su propuesta institucional es colosal: construir un marco estatal e internacional a la escala del que Estados Unidos levantó tras el 11S y reservar ciertos empleos exclusivamente para personas.
El ejemplo que cita no es tecnológico: el cuidado humano que recibió su padre enfermo de alzhéimer.
No obstante, él mismo reconoce que la tarea roza lo imposible. La IA cruza a la vez seguridad, empleo, educación, fiscalidad, energía y sanidad, y exige que Estados Unidos y China, rivales con incentivos para acelerar, cooperen.
España, ante la misma moledora sin hoja de ruta
En esta redacción, la advertencia de Gates nos sitúa ante un espejo incómodo. Microsoft aterrizó en España a finales de los ochenta y ha mantenido aquí en una de sus filiales más longevas de Europa; el país no es ajeno a la automatización de servicios administrativos ni a la presión sobre el empleo joven.
El precedente europeo de 2017, cuando el Parlamento Europeo rechazó el impuesto a robots, dejó sin resolver el desajuste fiscal que Gates describe. Expertos como Oren Etzioni, de la Universidad de Washington, apoya gravar robots pero no tokens, y compara la segunda opción con gravar las pulsaciones de una máquina de escribir.
La discusión no es técnica, sino de diseño fiscal y bienestar. Sin un plan a la altura, la transición no será un ajuste ordenado sino una sacudida con coste social.
El primer test será si la propuesta sobrevive al debate presupuestario sin quedar, como en 2017, condenada por ortodoxia económica.

