El Govern de Salvador Illa ha convertido al Ayuntamiento de Barcelona en su principal cantera de altos cargos de la Generalitat para apagar crisis sectoriales y blindar áreas sensibles de la administración autonómica. El último fichaje, cerrado esta semana, según publica El País, coloca a Marta Clari al frente de la Secretaría General de Educación, en plena tormenta del departamento que dirige Esther Niubó.
No es un traslado puntual. El movimiento se repite desde el verano de 2024 y se ha acelerado en los momentos de mayor presión: ahora en Educación, antes en Hacienda, en Justicia o en la maquinaria de Presidencia. Lo que empezó como un guiño político al equipo de Jaume Collboni se ha transformado en una operación estructural de rescate técnico.
El fichaje que confirma el patrón: Educación, en modo crisis
Clari era hasta ahora gerente del área de Servicios Sociales en el Ayuntamiento de Barcelona. Funcionaria municipal desde 1990, dirigió el Instituto de Cultura, el de Bibliotecas, el área de Educación y, más recientemente, Derechos Sociales. Ha trabajado con gobiernos municipales de tres colores: PSC, CiU y los Comuns. Su aterrizaje en la Generalitat llega con la titular de Educación tocada por el fiasco de PISA y por el conflicto laboral con los docentes.
Quien la conoce la define como ‘resolutiva’, ‘dialogante y de talante calmado’. Está acostumbrada a gestionar imprevistos: desde suspender la Cabalgata de Reyes por lluvia hasta montar hospitales en pabellones deportivos durante la pandemia. En 2020 coincidió con Olga Pané, la actual consejera de Salud, cuando Pané era gerente del Hospital del Mar. La portavoz del Govern, Sílvia Paneque, admitió el pasado martes que se ha buscado un perfil ‘muy vinculado a la gestión y a la gerencia de estructuras públicas complejas’.
Dalmau, el puente entre las dos administraciones
El trasvase comenzó con el propio presidente Salvador Illa, que venía del Ayuntamiento y llevó al Govern a Albert Dalmau como consejero de la Presidencia. Dalmau era el gerente municipal y un puntal para Collboni. Desde entonces, ha arrastrado a la plaza de Sant Jaume a colaboradores de su círculo más próximo, entre ellos su antigua mano derecha Mari Carmen Fernández González, hoy jefa de gabinete del propio Dalmau, y a tres personas del equipo municipal de prensa.
El Govern no está captando comisarios políticos, sino gestores con reflejos para extinguir incendios.
Antoni Fernández, veterano técnico de la llamada Casa Gran, pasó de gerente de Economía y Promoción Económica a secretario de Hacienda de la Generalitat. Venía del Instituto Municipal de Hacienda y de la elaboración del presupuesto municipal, que supera los 4.000 millones de euros. El presidente Illa le fichó tras la salida por motivos personales de de su antecesor y con la vista puesta en la materialización de la financiación pactada con ERC, así como en el despliegue por fases de la Agència Tributària de Catalunya para recaudar el IRPF.
A la lista se suman el jurista Miquel Benito, hoy subdirector general de Contratos, Convenios y Patrimonio en Presidencia; Maite Casado, exgerente de Seguridad municipal y ahora número dos de Justicia con Ramon Espadaler; Arantxa Calvera, exjefa de Gabinete de Collboni y directora de la Agencia Catalana de Turismo; y Jaume Baró, procedente de Barcelona Activa y actual consejero delegado de Acció.
Lo que el constante goteo dice de la Generalitat
La lectura política es otra. Cada fichaje resuelve un problema concreto, pero acumulados revelan una carencia estructural: la Generalitat no siempre encuentra en sus propios cuadros el relevo inmediato para áreas en crisis. El Ayuntamiento de Barcelona funciona como una administración con cultura de urgencia, acostumbrada a gestionar lo imprevisto. El Govern la utiliza como vivero.
Esta dependencia tiene un precio para el alcalde Collboni. Ha perdido a una parte significativa de su equipo de confianza y a técnicos con décadas de experiencia. A cambio, el PSC refuerza el control sobre la Generalitat con perfiles de probada lealtad municipal. Nada de esto es ilegal ni anomalía democrática. Es, simplemente, una forma de gobernar que confía más en la cantera barcelonesa que en los cuadros autonómicos.
La pregunta es si este modelo aguanta. Si el Govern necesita al Ayuntamiento para tapar crisis, ¿qué ocurrirá cuando el Consistorio atraviese la próxima suya? La relación entre Illa y Collboni es hoy fluida, pero cada fichaje resta músculo a la administración de origen. El tiempo dirá si el vivero resiste.
