El golpe sonó seco, a bastón contra hueso, y apagó la discusión en la tertulia. Era 1899 y Ramón María del Valle-Inclán discutía con el periodista Manuel Bueno, quizá por una crítica, quizá por el amor propio de dos escritores jóvenes. Lo que no admite discusión es que la herida en el brazo izquierdo se complicó, se infectó y terminó en el quirófano. Cuando despertó, el bohemio ya era manco. Y en lugar de esconder la mutilación, la incorporó a su personaje: la manga vacía, la capa, la barba y los quevedos se convirtieron en la escenografía de un escritor que había decidido vivir como si la literatura fuese un lance de honor.
Capítulo I: El bastonazo que se convirtió en leyenda
Valle-Inclán andaba por la treintena en aquella trifulca. No era un recién llegado. Había publicado ya en 1895 su primer libro de relatos, Femeninas, y se movía por las tertulias madrileñas con la seguridad de quien ensaya un personaje. La agresión de Manuel Bueno dejó una herida que pronto dejó de ser una anécdota de café. La infección avanzó y los médicos amputaron el brazo izquierdo.
La mutilación pudo haberlo retirado de la escena. Hizo lo contrario: la convirtió en materia narrativa. A partir de entonces, la capa y la manga vacía formaron parte de un retrato que los caricaturistas multiplicaron y que el propio escritor cultivó con esmero. Daba igual dónde terminaba la anécdota y dónde empezaba la invención. Valle-Inclán entendió pronto que el personaje es una forma de la obra.
Capítulo II: El estudiante que se inventó a sí mismo

Ramón José Simón Valle y Peña había nacido el 28 de octubre de 1866 en Villanueva de Arosa, una villa de la ría de Arousa, en la provincia de Pontevedra. Con los años transformó su nombre en Ramón María del Valle-Inclán, y con el nombre transformó también el origen. La Galicia húmeda, llena de pazos y de silencios, nunca dejó de aparecer en su prosa. Era, según su propia mitología, la parte noble del personaje.
Estudió el bachillerato en Pontevedra y comenzó la carrera de Derecho en Santiago de Compostela, pero no la terminó. Le interesaban más las bibliotecas, las tertulias y la vida errabunda. No fue un alumno dócil ni un fracasado: fue un escritor que se aburrió de los códigos de la facultad y buscó en la calle un idioma más ancho. Aquella decisión lo llevó a Madrid.
Capítulo III: Madrid, la capa y la bohemia
En Madrid frecuentó los cafés donde se cruzaban modernistas y noventayochistas. Llegó con melena, barba y capa, y pronto fue una de las figuras más reconocibles de la bohemia. Publicó las cuatro Sonatas entre 1902 y 1905: Sonata de otoño, Sonata de estío, Sonata de primavera y Sonata de invierno. Las protagonizó el marqués de Bradomín, un donjuán al que el propio autor describió como «feo, católico y sentimental».
Las Sonatas le dieron fama de estilista. Eran refinadas, sensuales y decadentes; olían a incienso y a salitre. Pero Madrid no era solo un decorado literario. Era también el sitio donde se perdía la juventud, se empeñaban los abrigos y se improvisaban banquetes con vino barato. Valle-Inclán conoció esa cara de la ciudad y la guardó para después.
Capítulo IV: Un espejo cóncavo en el callejón del Gato

En el tragín de la noche madrileña, un poeta ciego y arruinado llamado Max Estrella recorre la ciudad en compañía de don Latino de Hispalis. La obra es Luces de bohemia, publicada por entregas en la revista España en 1920 y reunida en libro en 1924. En la escena duodécima, los dos personajes se detienen ante los espejos cóncavos y convexos de un callejón del centro, el callejón del Gato. Max Estrella mira su reflejo deformado y pronuncia la frase que fija el nuevo género.
«Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento.»
La idea no es un chiste de borrachera. El sentido trágico de la vida española, explica Max Estrella, solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. El espejo cóncavo no es un capricho visual: es una manera de desmontar los mitos, de bajar a los héroes del pedestal y de mostrar la realidad española con una exactitud que el drama realista no alcanzaba.
La noche de Max Estrella concentra todos los estratos de la ciudad: la librería del modernista, la taberna castiza, el despacho ministerial, la comisaría, la cárcel y el portal donde la historia termina. Al alba, don Latino abandona a Max Estrella muerto en el umbral de su casa y le roba la cartera. Valle-Inclán no ahorra crueldad: el bohemio ilustre termina como un fardo, sin homenajes.
Capítulo V: Los fantoches que caminan por el escenario

El esperpento degrada a los personajes a fantoches para mostrar la vida con más crudeza. En boca de Max Estrella, Valle-Inclán atribuye la invención a Goya: «El esperpento lo ha inventado Goya.» Y añade una regla de oficio: «La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta.» No se trata de retorcer por retorcer. Se trata de someter la escena española a una óptica distinta, con un canon parecido al de los caprichos y las pinturas negras de Goya.
Valle-Inclán aplicó esa óptica en piezas como Martes de carnaval, volumen que reunió en 1930 Los cuernos de don Friolera, Las galas del difunto y La hija del capitán. Antes había escrito Divinas palabras, una tragedia rural en la que la avaricia y la muerte conviven con una lengua tan llena de recursos que parece levantada de los caminos gallegos.
Su castellano mezcla arcaísmos gallegos, cultismos y jerga castiza. La frase se pliega y se despliega como una capa; los adjetivos no decoran, acuchillan. Las acotaciones de sus piezas no describen el escenario: lo ordenan desde el gesto. Los personajes aparecen ya deformados antes de hablar, y el director, si quiere ser fiel, tiene que aceptar esa deformación como parte de la verdad.
Su novela Tirano Banderas, publicada en 1926, extendió el esperpento a la figura del dictador hispanoamericano. El protagonista, el generalito Santos Banderas, manda en un país imaginario llamado Santa Fe de Tierra Firme. La novela anticipó el género de la dictadura en la literatura en español y fijó una mirada despiadada sobre el poder. En los años siguientes, Valle-Inclán trabajó en El ruedo ibérico, un ciclo sobre el reinado de Isabel II que dejó inacabado; aparecieron La corte de los milagros en 1927 y Viva mi dueño en 1928.
Capítulo VI: El regreso a Galicia y el final
En 1933 el Gobierno de la República nombró a Valle-Inclán director de la Academia de España en Roma. El escritor, que había derivado hacia posiciones republicanas y ocupaba ya un lugar incómodo en la vida pública, se trasladó a Italia. La experiencia duró poco. Su salud se deterioró y regresó a Galicia.
Murió en Santiago de Compostela el 5 de enero de 1936, pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil. Fue enterrado en el cementerio de Boisaca. Con él desaparecía un hombre que había hecho de su cuerpo, de su nombre y de su sintaxis un territorio literario.
Los espejos cóncavos ya no existen en el callejón del Gato. La palabra esperpento, en cambio, sigue deformando a los héroes que se miran en ella, y devuelve una imagen más verdadera de la realidad española: grotesca, cruel y, sobre todo, viva.

