Pío Baroja, el médico que diseccionó la España de la Restauración

El escritor donostiarra se doctoró en Medicina con una tesis sobre el dolor antes de retratar el malestar de la Restauración. Su mirada de forense atraviesa las calles de Madrid y los personajes de El árbol de la ciencia.

En la Facultad de Medicina de San Carlos, en Madrid, un joven Pío Baroja y Nessi se inclinaba sobre los manuales de fisiología con la misma atención con la que, años después, se asomaría a las calles del Madrid de la Restauración. Antes de ser novelista fue médico. No ejerció mucho, pero el bisturí le dejó una manera de mirar: fría, atenta, desengañada. Baroja eligió la medicina porque en aquella España de finales del XIX la carrera ofrecía un pasaporte seguro hacia la clase media. Se equivocó a medias.

Pío Baroja y Nessi había nacido en San Sebastián en 1872. La familia se acabó asentando en Madrid, y el joven Baroja estudió Medicina en la capital. Aquellos años de formación le pusieron delante de los dos mundos que luego poblarían su literatura: la clase media instalada y los márgenes que la sostenían sin mirarlos. No fue el único escritor que pasó por la medicina: antes que él, Felipe Trigo y, en otro sentido, Santiago Ramón y Cajal habían mostrado que la prosa podía brotar de la observación clínica. Pero Baroja no quiso ser científico. La medicina le sirvió para ver; después, para escribir. Nada más.

Capítulo I: El médico y la tesis sobre el dolor

En 1896, con veintitrés años, presentó una tesis doctoral titulada El dolor: estudio de psicofísica. El trabajo quería medir el sufrimiento con los instrumentos de la psicofísica, una disciplina de laboratorio que pesaba sensaciones y reacciones. Aquel intento de cuantificar el dolor no cuajó en una carrera científica, pero dejó una huella en su literatura: la convicción de que el dolor es individual, intransferible y a menudo inútil. Baroja no sentía vocación de médico. Le interesaba la medicina como manera de mirar, no como manera de curar.

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La España de la Restauración que le tocó vivir era un país de contrastes: una monarquía parlamentaria de fachada, caciquismo, hambre en los arrabales y una intelectualidad que empezaba a dudar de las promesas del progreso. En 1898, la derrota frente a Estados Unidos y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas abrieron una grieta generacional. Baroja ya escribía. Sus primeros cuentos, recogidos en Vidas sombrías (1900), muestran un tono de desencanto, observación y desarraigo. No hay épica; hay inventario del malestar.

Capítulo II: El consultorio de Cestona

Con el título de médico en la mano, Baroja se instaló en Cestona, una localidad de Guipúzcoa, para ejercer como médico rural. La experiencia duró poco. En sus memorias, reunidas bajo el título Desde la última vuelta del camino, evocó aquel tiempo con impaciencia: el enfermo no quería ciencia, quería consuelo, y él no estaba dispuesto a darlo con palabras vacías. Cerró el consultorio y volvió a Madrid. A partir de ahí, la literatura dejó de ser un refugio y se convirtió en el taller.

En Madrid, Baroja se movió por tertulias y redacciones. Publicó en diarios y revistas, entabló relación con Azorín, con Ramiro de Maeztu y con otros escritores que, andando el tiempo, serían etiquetados como generación del 98. A él la etiqueta le incomodaba: prefería la independencia, el escepticismo y la desconfianza hacia toda bandera. Sin embargo, compartió con aquellos hombres el diagnóstico de un país agotado por la retórica.

Generación del 98

Capítulo III: El árbol de la ciencia y la España enferma

La novela que mejor condensa aquella mirada es El árbol de la ciencia, publicada en 1911. Su protagonista, Andrés Hurtado, es un estudiante de medicina que asiste a la enfermedad, a la muerte y a la brutalidad de la enseñanza. Hurtado no es Baroja, pero se le parece: comparte su desencanto, su dificultad para vivir y su lucidez incómoda. La novela recorre las aulas de San Carlos, los hospitales, las casas de huéspedes y un Madrid que se cae a pedazos por dentro.

El título remite al mito bíblico del árbol que trae conocimiento y, con él, sufrimiento. Baroja convierte la facultad en un laboratorio de la Restauración: en ella se aprende anatomía y, de paso, se aprende que el país no tiene arreglo. El padre de Andrés, abogado y funcionario, representa esa España oficial; su tío Iturrioz, médico e interlocutor del joven, propone una moral de la acción. La novela se organiza en secuencias breves, sin trama sentimental. Baroja prefirió la observación a la intriga. El lector acompaña a Andrés Hurtado de pensión en pensión, de aula en aula, de fracaso en fracaso. El paisaje que emerge es el de una juventud enjaulada en un sistema que ni educa ni transforma. La novela se cierra con la muerte de Andrés, una salida desesperada que Baroja planteó sin moraleja.

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Capítulo IV: La busca y los bajos fondos de Madrid

La mirada clínica de Baroja no se limitó a la clase media estudiantil. En La busca, publicada en 1904, siguió a Manuel, un muchacho que llega a Madrid y cae en los arrabales, las casas de dormir y las tahonas. Baroja describió los cuerpos hambrientos, las ropas raídas y los oficios miserables con la frialdad de quien rellena una ficha. No hay costumbrismo folclórico: hay un inventario de la pobreza en la capital de la Restauración.

Aquella novela formó parte de una trilogía, La lucha por la vida, que completarían Mala hierba y Aurora roja. Baroja retrató el Madrid que las crónicas oficiales ignoraban: el de las afueras, los golfos, los mendigos y los anarquistas de café. En la novela, Madrid aparece como un organismo enfermo: calles estrechas, descampados y corralas. La descripción no es turística, es anatómica, casi de expediente clínico. Lo que interesaba al médico no era juzgar al personaje, sino dejarlo expuesto sobre la mesa.

Generación del 98

Capítulo V: El escéptico que renegó de la etiqueta

Baroja no se reconoció asi mismo en los manifiestos de la generación del 98. Consideraba que las etiquetas empobrecen al escritor y que la palabra generación sirve más a los ensayistas que a los novelistas. Prefería hablar de una sensibilidad compartida, de una manera de estar en el mundo: pesimista, descreída, atenta al detalle. Sus contemporáneos, Azorín y Maeztu, le discutían con respeto; otros, como Unamuno, acabaron en polémicas.

Su literatura, sin embargo, se mantuvo fiel a esa mirada forense. Zalacaín el aventurero, publicada en 1908, recupera la épica vasca de las guerras carlistas con un protagonista activo y burlón; Las inquietudes de Shanti Andía, de 1911, mira al mar y a la aventura. En todas late la misma desconfianza hacia la retórica. Baroja escribe como respira: con frases breves, párrafos ágiles y una sintaxis que huye del adorno. Aun sin sentirse cómodo en las instituciones, ocupó un sillón en la Real Academia Española. No era hombre de ceremonias; era hombre de novela.

Capítulo VI: La guerra y el exilio

La Guerra Civil lo sorprendió en un Madrid que se llenó de miedo y delación. Baroja salió hacia Francia y pasó allí buena parte del conflicto. Era un hombre mayor, cansado, que no encajaba en ningún bando. Algunos escritores franquistas lo reivindicaron después; otros lo atacaron. Él prefirió volver a su casa y a su trabajo, sin asumir la vocería de los vencedores ni el papel de víctima.

Aquella etapa intensificó su escepticismo. Ya no le quedaban ilusiones con las que consolarse, y tampoco las necesitaba. Siguió escribiendo, reeditando y corrigiendo, ajeno a los homenajes. Baroja entendía la literatura como un oficio manual, no como una religión. Quizá por eso su prosa envejeció mejor que la de muchos contemporáneos suyos.

Generación del 98

Capítulo VII: Un entierro civil y una obra viva

El 30 de octubre de 1956 falleció en Madrid, a los ochenta y tres años. Fue enterrado en el cementerio civil de Madrid, sin ceremonia religiosa, en un entierro al que acudieron escritores, periodistas y lectores. Su ataúd viajó por calles de Madrid un día frío de otoño. No hubo cruces, ni panegíricos oficiales, ni la escenografía de la España oficial que él había diseccionado.

Quedó su obra: decenas de novelas, cuentos, memorias y ensayos. El árbol de la ciencia siguió reeditándose década tras década y se convirtió en un libro de referencia para quienes quieren entender la crisis de la Restauración y el malestar de la España del siglo XX. La tesis sobre el dolor quedó en los archivos universitarios; la manera de mirar el dolor se quedó en las novelas. Pío Baroja nunca fue un escritor de masas al uso: fue un cronista de la fatiga, del desencanto y de la lucidez sin recompensa.

El lector que se asoma a sus páginas vuelve a tropezar con la misma mirada fría y desengañada. Quizá por eso las novelas de Baroja no envejecen: no convencen, no consuelan, no mienten.