El barro se pegaba a las suelas de las botas y el agua corría por las picas. En la llanura de Villalar, la mañana del 23 de abril de 1521, no sonaron los clarines de victoria sino los gritos de derrota. Juan de Padilla, capitán general de las Comunidades de Castilla, veía cómo su ejército se desbarataba bajo la lluvia mansa y la caballería realista.
Había pasado la noche en vela, o al menos eso cuentan las crónicas que se escribieron después. No era el primer combate de aquella guerra civil que desangraba Castilla desde hacía un año. Era el último.
Capítulo I: El peso del linaje
Juan de Padilla nació hacia 1490 en Toledo, en una casa que olía a cera y a archivo. Era hijo de Pedro López de Padilla, señor de Villagarcía, y de María Pacheco, una dama de la aristocracia castellana. El apellido Padilla aparecía en los documentos de la monarquía desde los tiempos de los Trastámara, y el niño creció escuchando historias de cortes, de pleitos y de lealtades.
Pocos detalles de su infancia han sobrevivido. Se sabe que recibió la formación propia de un segundón destinado a servir a la Corona, con lecciones de latín, de leyes y de manejo de armas. También se sabe que, siendo muy joven, comenzó a frecuentar el ayuntamiento de Toledo, aquella ciudad donde los gremios mandaban casi tanto como los nobles.
En 1511, Juan de Padilla se casó con otra María Pacheco, hija del conde de Tendilla y nieta del marqués de Santillana. Ella era culta, orgullosa y dueña de una voluntad que muchos contemporáneos consideraron «varonil». La unión no fue un simple acuerdo de linajes: con los años se convirtió en sociedad política.
Capítulo II: El incendio comunero

En 1519, Carlos de Gante, con diecinueve años, reunió en Santiago y luego en La Coruña unas Cortes para jurar como rey de Castilla. El joven monarca, que ya era emperador electo del Sacro Imperio, pidió un subsidio extraordinario para financiar su viaje a Alemania. La respuesta de varias ciudades castellanas fue un portazo.
Toledo, Segovia, Salamanca, Zamora, Ávila, Burgos, Guadalajara, Valladolid y otras villas enviaron procuradores a la Junta que se formó en Ávila en el verano de 1520. Querían que el rey residiera en Castilla, que respetara las leyes del reino y que no entregara los cargos a los flamencos. En septiembre, la Junta se trasladó a Tordesillas para ganarse a la reina Juana, encerrada allí desde hacía años. Aquella jugada dio a la revuelta una cobertura dinástica inesperada.
Padilla no fue el instigador inicial, pero sí uno de los procuradores de Toledo más exaltados. Pronto se le vio en la calle, armado, organizando milicias. En el otoño de 1520, la Junta le nombró capitán general de las Comunidades. El título sonaba grandioso; la realidad era un ejército irregular de pecheros, artesanos y algunos hidalgos pobres, sin paga segura y sin artillería suficiente.
Capítulo III: El capitán general
Los días de Padilla al mando fueron un rosario de decisiones difíciles. En agosto de 1520, con los capitanes Juan Bravo y Francisco Maldonado aún vivos y combativos, las milicias comuneras tomaron y saquearon algunas fortalezas realistas. La Junta intentó imponer un programa político: reducir impuestos, devolver a las ciudades el control de sus propios, limitar la venta de oficios y obligar al rey a escuchar a los procuradores.
María Pacheco, su mujer, no se quedó en casa. En Toledo, repartía propaganda, movilizaba a los barrios y escribía cartas a otras ciudades para sostener la rebelión. Las crónicas realistas la pintan como una furia; las comuneras, como un pilar. Lo que no discute nadie es que su influencia sobre Padilla fue enorme.
El invierno de 1520 a 1521 fue duro. Las tropas realistas, mandadas por el condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, y el conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco, avanzaban por Tierra de Campos. Los comuneros se retiraron a Torrelobatón, cerca de Valladolid. Padilla había logrado reunir una fuerza considerable, quizá unos seis mil infantes y varias decenas de piezas de artillería ligera, pero la disciplina flaqueaba. Las últimas semanas antes de Villalar se consumieron en marchas y contramarchas.
Capítulo IV: La jornada de Villalar

La noche del 22 de abril, el ejército comunero se puso en movimiento. Las guías se perdieron, o fueron sobornadas, y al amanecer del 23 la infantería caminaba por un camino embarrado, sin víveres y con la pólvora mojada. Los jinetes realistas los estubieron acechando durante horas y lanzaron varias cargas contra los flancos. Fue menos una batalla que una cacería.
Los capitanes Padilla, Bravo y Maldonado intentaron rehacer las filas en la llanura. Se repartieron entre los escuadrones, animando a los hombres con promesas y amenazas. Pero el terreno era malo y la lluvia no daba tregua. La caballería pesada del conde de Haro rompió el centro de la formación comunera. Al caer la tarde, los muertos se contaban por miles y los prisioneros por decenas de miles, según los cronistas de ambos bandos.
Juan de Padilla fue capturado cerca de sus estandartes. No intentó escabullirse, según los testimonios posteriores. Le despojaron de la espada, le ataron las manos y le llevaron al campamento realista. En la confusión, Juan Bravo y Francisco Maldonado corrieron la misma suerte. Los tres nombres quedaron unidos para siempre en aquella jornada.
Capítulo V: La ejecución

Los jefes realistas decidieron dar ejemplo. El 24 de abril de 1521, en la plaza de Villalar, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron ejecutados. Se les permitió confesarse y escribir algunas líneas. La sentencia se cumplió con un verdugo y un golpe de hierro. Tenía Padilla alrededor de treinta años, aunque la edad exacta no consta en todas las fuentes.
Cuentan que la multitud asistió en silencio. Algunos vallisoletanos que habían simpatizado con los comuneros escondieron retazos de sus ropas como reliquias. Aquella muerte no apagó la revuelta: en Toledo, María Pacheco mantuvo la ciudad en armas durante meses, hasta que la fortaleza de la resistencia se agotó en 1522.
Carlos V regresó a España y concedió un perdón general para los comuneros. Juan de Padilla no necesitaba ser perdonado. Su nombre ya había comenzado a circular en coplas, en crónicas y en memoriales. La leyenda trabajaba más rápido que los escribanos.
Capítulo VI: La memoria
La derrota de Villalar se convirtió en un lugar de memoria. En el siglo XIX, los liberales españoles rescataron a Padilla, Bravo y Maldonado como mártires de las libertades. En el XX, el franquismo y el republicanismo se disputaron su recuerdo con intereses opuestos. Los tres capitanes siguen enterrados en el imaginario colectivo: ni héroes indiscutibles, ni simples traidores, sino símbolos de una Castilla que se levantó contra su propio rey.
El archivo de la Real Chancillería de Valladolid conserva procesos y documentos de la época. En sus legajos pueden leerse las diligencias contra los principales comuneros, las confiscaciones de bienes y las peticiones de indulto. No hay una carta autógrafa de Padilla dirigida a su esposa que nos cuente su última noche, por más que los novelistas la hayan imaginado. El silencio documental es, a veces, la parte más elocuente de una biografía.
María Pacheco huyó a Portugal y murió en Oporto, lejos de Toledo, en 1531. La casa de los Padilla quedó deshecha. Pero en las plazas de las ciudades castellanas, cada 23 de abril, todavía hay quien pronuncia los tres apellidos como una letanía. No es historia antigua; es el eco de una revuelta que perdió la batalla y ganó un lugar en la memoria.

