Los Pueblos Negros de Guadalajara: la escapada otoñal que los madrileños descubren tarde y repiten siempre

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Los pueblos rojos: la otra mitad del viaje que casi nadie incluye

Vista atmosférica de edificios en decadencia en un paisaje rural de Cerdeña durante el crepúsculo.

El viaje no termina en Majaelrayo. Al otro lado del mismo macizo, ya en el nordeste de Segovia, la Sierra de Ayllón guarda su propia colección de pueblos rojos: Alquité, Villacorta, Madriguera y El Negredo, donde la arcilla y la arenisca tiñen muros y tejados de ocres y rojos. Madriguera se cita habitualmente como el ejemplo más logrado de esa arquitectura roja, hermana y vecina de la pizarra que ha dado fama a la vertiente guadalajareña. Entre unos y otros media apenas un puñado de kilómetros —el Hayedo de Tejera Negra, el bosque de hayas más meridional de Europa, hace de bisagra en Cantalojas—, pero la mayoría de las escapadas que salen de Madrid dan la vuelta en Campillo de Ranas o en Valverde de los Arroyos y dejan fuera esta segunda mitad del paisaje. El propio Parque Natural de la Sierra Norte se reparte entre Guadalajara y Segovia, así que el cambio de provincia no supone salir de la comarca.

El interés de incluirla está en el contraste y en la lógica del terreno. En la Sierra Norte de Guadalajara conviven tres familias constructivas según el material que ofrecía la tierra: los pueblos negros de pizarra, los coloraos de arcilla roja y los dorados de gneis, como resume el propio territorio; los dorados se reparten por las faldas de la Sierra del Alto Rey, con Hiendelaencina, Bustares, Las Navas de Jadraque, Zarzuela de Jadraque o Villares de Jadraque entre los ejemplos más citados. La nota roja, además, asoma antes de abandonar la provincia: el palacio de los Mendoza de Tamajón, hoy sede del ayuntamiento, se levantó en el siglo XVI con la llamada piedra de Tamajón, una caliza de tonos anaranjados. Añadir los pueblos rojos apenas alarga el camino y duplica la paleta cromática del otoño, que es justo lo que se va a buscar.