EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Teherán ha trasladado a Washington, a través de la mediación de Qatar, las siete condiciones que exige para abrir cualquier negociación sobre el fin de la guerra.
- ¿Quién está detrás? El Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, con Mohsen Rezaí al frente, y la Administración de Donald Trump, que mantiene la presión militar y las amenazas.
- ¿Qué impacto tiene? El bloqueo naval en el Estrecho de Ormuz mantiene alto el precio de la energía y la factura militar estadounidense ya alcanza los 43.600 millones de dólares.
Irán ha hecho llegar a EEUU, a través de Qatar, sus siete condiciones para reabrir unas negociaciones estancadas desde hace casi siete meses.
Las siete condiciones que Teherán pone encima de la mesa
El encargado de anunciarlo ha sido Mohsen Rezaí, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, en un mensaje publicado este sábado en su cuenta de X. ‘Las siete condiciones fijadas por Irán para el inicio de cualquier negociación han sido transmitidas a la Administración estadounidense’, escribió. ‘El mensaje de Teherán es claro e inequívoco: si Washington quiere escapar del atolladero que ha creado y evitar enredarse más en él, no tiene otra opción que reconocer los derechos de Irán y aceptar sus condiciones’.
En una entrevista concedida a Al Jazeera, Rezaí concretó el contenido de esas exigencias: el fin de la guerra en todos los frentes, la liberación de los fondos iraníes congelados, y el levantamiento del bloqueo naval que atenaza la salida marítima del país.
No son las únicas. Responsables iraníes han insistido en las últimas semanas en la retirada de las fuerzas estadounidenses de la región y en una compensación económica por los ataques lanzados por EEUU e Israel el 28 de febrero, el punto de partida de una campaña que ya roza los siete meses.
Rezaí remató su intervención con una advertencia dirigida directamente a la Casa Blanca: ‘Las amenazas de Trump no lograrán ningún resultado. Estamos preparados para una guerra decisiva‘.
Teherán ha convertido el tráfico de Ormuz en su principal palanca: no negocia para cerrar la guerra, negocia para que le levanten el bloqueo que ahoga su economía.
Al otro lado del tablero, la Casa Blanca mantiene dos discursos en paralelo. El miércoles, Trump aseguró que ‘esperemos estar cerca del final de la guerra’ y dio a entender que Teherán quiere cerrar un acuerdo. Un día después volvió a amenazar con ‘aniquilar’ al liderazgo iraní si el conflicto no termina en sus términos.
La factura interna empieza a pesar. El Pentágono reconoció el viernes que la campaña ha costado ya 43.600 millones de dólares, y que casi dos tercios de ese dinero se han destinado a reponer munición consumida. No es un detalle contable: es el indicador más frío de la intensidad real del conflicto.
El coste que no aparece en los comunicados

Según Bloomberg, la escasez de munición podría retrasar varios años las entregas de armamento comprometidas con los aliados de EEUU. Un problema de credibilidad para una potencia cuyo principal activo en Europa es, precisamente, la fiabilidad de su paraguas disuasorio.
Trump y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, han negado que la campaña haya dejado al Ejército corto de misiles y bombas. La negación, en política de defensa, suele llegar siempre antes que las cifras.
En paralelo, el tráfico marítimo alterado en el Estrecho de Ormuz —por donde circula una quinta parte del crudo que se mueve por vía marítima— sigue empujando al alza los precios de la energía. El memorando de entendimiento entre Washington y Teherán fijaba 60 días para alcanzar un acuerdo. El plazo expiró el mes pasado sin firma y sin que ninguna de las dos partes haya aceptado reabrir formalmente el proceso.
La pelota está, ahora, en el tejado de la Casa Blanca.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica del movimiento iraní es inequívoca: Teherán ha decidido convertir el estancamiento en ventaja negociadora. No pide una tregua, pide el reconocimiento de sus derechos, la devolución de los fondos congelados y el fin del bloqueo naval. Son condiciones diseñadas para que Washington ceda primero y para que cualquier acuerdo pueda venderse en Teherán como una victoria.
El efecto colateral interesa especialmente a Moscú. Cada mes que EEUU dedica a Oriente Próximo es un mes de distracción respecto a Ucrania, y cada retraso en las entregas de munición estadounidenses a sus aliados se convierte en margen de maniobra para el Kremlin. Bruselas asiste a la crisis con una capacidad naval limitada y una dependencia energética que no ha terminado de corregir. La UE puede escoltar mercantes, pero no puede sustituir el paraguas estadounidense.
Para España el asunto no es abstracto. Qatar es uno de los principales proveedores de gas natural licuado del mercado español, y la ruta que une Ras Laffan con los puertos de Barcelona, Sagunto o Huelva atraviesa precisamente unas aguas que el conflicto ha vuelto inseguras. Un repunte sostenido del coste del transporte marítimo y del crudo se traslada en semanas al precio de la electricidad, al diésel y a la inflación subyacente.
A eso se suma el valor estratégico de Rota y Morón, dos instalaciones que EEUU utiliza como nodo logístico de su dispositivo en el Mediterráneo y que, en una escalada mayor, dejarían de ser retaguardia para convertirse en objetivo declarado. La frontera sur añade otra capa: cualquier desvío de atención estadounidense hacia el Golfo reduce el músculo disponible en el Sahel, donde Marruecos, Argelia y los estados de la franja libran sus propias batallas.
El precedente más cercano es la guerra de los petroleros de los años ochenta, cuando EEUU reabanderó buques kuwaitíes y desplegó escoltas en el Golfo bajo la Operación Earnest Will. Entonces, como ahora, el cierre de facto de una ruta marítima acabó forzando una intervención directa que nadie había planificado.
Ni la Casa Blanca ni el Departamento de Estado han confirmado haber recibido el documento con las siete condiciones. La única fuente que sostiene el envío es el propio Gobierno iraní, y en un pulso de estas características la atribución importa tanto como el contenido.
El calendario aprieta: la semana de alto nivel de la Asamblea General de la ONU se celebra estos días en Nueva York, con la crisis del Golfo en la agenda de todas las delegaciones, y el Consejo Europeo de octubre será la primera cita formal en la que Bruselas tenga que fijar posición sobre un eventual levantamiento del bloqueo.
Mientras no haya firma, el estrecho seguirá siendo el árbitro. Y el precio lo paga, cada semana, el consumidor europeo.

