Luis Miguel Dominguín, el «número uno» que rivalizó con Ordóñez

Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez eran cuñados y se anunciaron juntos durante la temporada de 1959, en un pulso que Hemingway siguió para la revista Life y convirtió en libro. La afición lo llamaba el número uno del toreo.

Los carteles del verano de 1959 anunciaron en media España el mismo espectáculo: dos toreros solos en el ruedo, seis toros repartidos entre ellos, ni un nombre más en el cartel. Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, cuñados, se anunciaron juntos tarde tras tarde, y la prensa siguió el pulso como se siguen las cosas que de verdad le importan a mucha gente. Detrás de los dos, con un contrato de la revista Life, iba un viejo amigo de la casa: Ernest Hemingway.

Aquel verano acabó teniendo nombre propio años después, cuando la crónica del escritor se publicó como libro: El verano peligroso. En el centro de todo aquello había un hombre de treinta y dos años al que la afición llamaba, sin que nadie le discutiera el título, el número uno.

No era un eslogan. Dominguín llevaba una década mandando en los carteles y en las taquillas, y se había ganado el apodo con un toreo de menos adornos y más mando, de los que se imponen al toro antes de lucirlo.

Publicidad

Capítulo I: Una casa con olor a toro

Luis Miguel González Lucas nació en Madrid el 9 de noviembre de 1926. El nombre artístico era cosa de familia: en su casa el toro había sido siempre el oficio, primero cerca de los ruedos y después en los despachos de la representación, y los hijos crecieron oyendo hablar de ganaderías, de trapíos y de contratos como en otras casas se habla de la cosecha o del taller.

Aquel Madrid de tranvías y estraperlo vivía del toro más de lo que parecía. La fiesta daba trabajo a ganaderos, picadores, banderilleros, sastres, empresarios, fotógrafos y cronistas, y en las taquillas se movía un dinero que, en la España de la cartilla de racionamiento, resultaba difícil de imaginar en cualquier otro espectáculo.

Entre los hermanos hubo más de un torero. Domingo Dominguín probó suerte en el ruedo antes de dejar la profesión por el mundo de la edición y de la noche, y acabó instalado en la Barcelona literaria de los años sesenta, en el círculo de poetas y editores en el que andaban Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral.

Luis Miguel, en cambio, se quedó en el toro. Se puso delante de las becerras siendo un adolescente, pasó por el escalafón de los novilleros y tomó la alternativa en plena posguerra, cuando la corrida era el gran espectáculo de masas del país: con la cartilla en el bolsillo, media España llenaba las plazas porque el torero era una de las pocas figuras capaces de llenar un recinto y de salir en las portadas sin hablar de política.

El escalafón de entonces seguía conmocionado por una muerte reciente. El 28 de agosto de 1947, en Linares, el toro Islero, de la ganadería de Miura, había matado a Manolete. El toreo se quedó huérfano de su figura central y tardó en rehacer la cúpula. En ese hueco, a lo largo de los años cincuenta, se instaló el torero de Madrid.

Capítulo II: El número uno

En el mundo del toro, el escalafón se ordena cada temporada por el número de corridas y por el peso de los carteles. El que va arriba recibe, sin más ceremonia, el título de número uno. Dominguín ocupó aquel puesto durante años, y lo ocupó en una época en la que el toreo era todavía el gran termómetro de la popularidad nacional. La plaza de Las Ventas, inaugurada en 1931, era el escenario donde se medía de verdad el escalafón.

Publicidad

El título no se votaba en ninguna parte: lo daban las ferias grandes —San Isidro en Madrid, la Feria de Abril de Sevilla, el Pilar de Zaragoza— y las plazas francesas, donde los espadas españoles se jugaban el prestigio y el dinero al otro lado de la frontera. Estar arriba significaba torear más, cobrar más y llenar más, y Dominguín estuvo arriba casi toda la década.

Se le tuvo por el mejor pagado de la profesión y su nombre abría plazas igual que abría revistas. Fue un torero de toreros: de los que se miden por lo que saben del animal antes que por lo que dibujan con el capote. Esa manera de entender el oficio le ganó partidarios y enemigos a partes iguales, porque el suyo era un toreo de autoridad, sin concesiones al gusto del tendido.

Madrid era por entonces una ciudad de dos velocidades. En 1953 el régimen había firmado con Estados Unidos los acuerdos que abrieron la puerta a las bases militares y, con ellas, llegaron los dólares, los aviones y una colonia de extranjeros que se movía entre los estudios de cine, los hoteles y las plazas. Dominguín fue una de las puertas de entrada a ese Madrid de copas largas y toros de tarde.

Su romance más sonado fue con Ava Gardner. La actriz había rodado en la Costa Brava a comienzos de la década y acabaría teniendo casa en España, y su relación con el torero alimentó durante meses las páginas de sociedad de los dos lados del Atlántico. Se contó todo, se exageró casi todo y se olvidó lo de siempre: que en aquella España el torero era una estrella de cine con la diferencia de que se jugaba la vida cada tarde.

A mediados de la década se casó con la actriz italiana Lucía Bosé, que había sido Miss Italia en 1947. Tuvieron tres hijos: Miguel, Lucía y Paola. El mayor, nacido en 1956, llegaría a ser uno de los cantantes más conocidos del país con el nombre de Miguel Bosé.

número uno del toreo

Capítulo III: El duelo de los cuñados

Antonio Ordóñez había nacido en Ronda en 1932, hijo de Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, el torero en el que Hemingway se había fijado para el Pedro Romero de su novela Fiesta. Las dos familias no eran solo dos dinastías del toreo: cuando Ordóñez se casó con una hermana de Luis Miguel, pasaron a ser la misma familia. Cuñados en casa, rivales en el ruedo.

El mano a mano, la fórmula en la que dos espadas se reparten seis toros sin más compañía, era un acontecimiento excepcional en los carteles de la época, casi una rareza de feria. Cuando se anunciaba, el público sabía lo que iba a ver: dos toreros frente al mismo lote, comparados toro a toro, sin relleno ni excusas. En 1959 se repitió tantas veces que se convirtió en costumbre, y la afición se partió en dos: los partidarios del clasicismo sereno de Ordóñez frente a los que preferían la autoridad y el conocimiento del toro de Dominguín. Todavía hoy se discute cuál de los dos estuvo mejor aquel año; lo que no admite discusión es que fue el verano mejor contado de la historia del toreo.

Detrás de las barreras, tomando notas, estaba Hemingway. El escritor había descubierto los sanfermines en los años veinte y había vuelto a España siempre que pudo, y en 1959 aceptó el encargo de la revista Life para seguir a los dos toreros durante meses. De aquel trabajo salió una crónica que la revista publicó por entregas en 1960 y que no llegó a las librerias hasta 1985, cuando el autor llevaba veinticuatro años muerto. El libro se tituló The Dangerous Summer y en español se conoció como El verano peligroso.

número uno del toreo

Capítulo IV: Después del verano

El duelo no terminó con la temporada. Los dos toreros siguieron anunciándose juntos alguna vez y siguieron también sus carreras por separado, ya sin la tensión de aquel año. Dominguín espació las corridas, se metió en negocios, cultivó la vida social y se convirtió en una presencia habitual de las revistas, mucho más allá de lo estrictamente taurino.

Su matrimonio con Lucía Bosé se rompió en la segunda mitad de los sesenta. La actriz se instaló en España con los hijos y el torero continuó su vida entre Madrid y el sur, con temporadas de retirada y reaparición que la afición siguió con la misma curiosidad con que había seguido sus tardes de gloria. El país, mientras tanto, cambiaba: llegaban la televisión y el turismo, y el torero dejaba de ser el ídolo absoluto de una España que empezaba a mirar otras cosas.

Murió el 8 de mayo de 1996, a los sesenta y nueve años. La noticia abrió telediarios y portadas, y la afición comprobó que se iba uno de los últimos nombres capaces de convertir una corrida en un asunto de Estado. Antonio Ordóñez le sobrevivió.

En sus últimos años, ya fuera de los ruedos, su figura siguió apareciendo en las crónicas de aniversario y en las memorias de la fiesta, como uno de los nombres que habían construido el toreo de la posguerra.

número uno del toreo

Capítulo V: El nombre que se queda

Los nietos de Ordóñez, Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez, crecieron llevando aquellos dos apellidos a cuestas y acabaron también delante de los toros. La familia siguió dando titulares de sociedad, de bodas y de lutos, como había hecho siempre, y las dos dinastías continuaron cruzándose en los carteles y en las revistas.

De aquel verano de 1959 quedan un puñado de fotografías en blanco y negro, un libro que su autor no vio impreso y una palabra que la afición sigue usando para nombrar al que manda en el escalafón. Dominguín la llevó pegada al apellido durante años. El número uno. Se la quedó para siempre.