Donald Trump ha rechazado este martes ante la ONU cualquier esquema global para regular la inteligencia artificial. En los documentos oficiales de Estados Unidos, la tecnología pasará a llamarse ‘super inteligencia’.
El escenario fue la Asamblea General de las Naciones Unidas, la cita anual de septiembre en Nueva York. El presidente de Estados Unidos subió al atril con un mensaje que la Casa Blanca resumió así en su comunicado oficial: mientras otros han hablado, él ha actuado.
La cita textual, tal y como la recoge el Ejecutivo americano, no admite matices: ‘Estados Unidos rechaza totalmente cualquier intento de construir un esquema global para controlar la inteligencia artificial de la que tanto se habla ahora, en lo sucesivo denominada super inteligencia. Cambiando el nombre’.
Cambiar el nombre no cambia el código.
La declaración llega mientras una coalición de veinte países —con la Unión Europea entre los impulsores más activos— sigue trabajando en un marco internacional común. El discurso no rompe esa negociación: la deja sin el socio que concentra los laboratorios de frontera y el capital riesgo del sector, casi todo en Silicon Valley.
Washington no rechaza la tecnología. Rechaza que alguien distinto de Washington escriba las reglas de la tecnología.
El rebautizo también es una operación de marca. Las administraciones americanas llevan décadas renombrando programas para fijar el relato: el Departamento de Guerra pasó a llamarse Departamento de Defensa en 1949, y no al contrario. Ahora la etiqueta que empieza a circular en los despachos federales son dos letras: SI.
Qué cambia y qué no con el bautismo de la ‘super inteligencia’
Ninguna ley federal ha sido derogada. Lo que ha cambiado es la posición oficial: Estados Unidos no firmará un régimen internacional vinculante para la IA. Los controles de exportación de chips, las reglas de contratación pública y los expedientes de competencia abiertos contra Google, Meta o Amazon siguen su curso en el Departamento de Justicia y en la FTC (la agencia federal de defensa de la competencia).
Donde el gesto sí pesa es en el vocabulario técnico. Cada guía, pliego o estándar que publique una agencia federal saldrá con la nueva etiqueta. El NIST (el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología, la agencia que fija los marcos técnicos de referencia para la industria) publica documentos que medio mundo copia después. Un cambio de nombre sostenido acaba siendo un cambio de norma.
El lenguaje también legisla.
Bruselas, España y el reglamento que Washington no va a firmar
Mientras Washington renombra, Bruselas regula. El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, en aplicación por fases desde 2024, es hoy el único cuerpo normativo integral del mundo para esta tecnología. La lógica europea es preventiva: clasificar riesgos y sancionar usos prohibidos antes de que el daño ocurra. La americana es la contraria: que el estándar lo fije el mercado y se corrija después.
Para España, el choque de marcos no es abstracto. El país alberga en A Coruña la primera agencia europea dedicada a supervisar la IA, un proyecto que Madrid ha presentado como punta de lanza. A la vez, las grandes empresas españolas operan en en los dos mercados: BBVA y Santander despliegan modelos en banca, Telefónica los integra en redes, Inditex los aplica a logística e Iberdrola a la gestión de la red eléctrica.

La pregunta que se hacen los despachos españoles es de coste. Cumplir el reglamento europeo exige equipos jurídicos, auditorías y documentación técnica que una startup de Málaga no siempre puede pagar. Competir contra rivales americanos liberados de esa carga es otra factura. Y ahí se agrieta el argumento que Bruselas defiende desde hace dos años: el ‘efecto Bruselas’, la idea de que regular primero obliga al resto a adaptarse. Con la mayor potencia tecnológica diciendo en la ONU que no piensa adaptarse a nada, ese argumento suena más frágil.
Dos reglamentos, un solo mercado.
La Lógica de Washington
¿Qué problema intenta resolver la Casa Blanca? Uno de soberanía industrial. La IA será la infraestructura sobre la que se monten la defensa, la sanidad, la banca y la energía de la próxima década: quien fije los formatos y los umbrales de seguridad condiciona la industria entera. La coalición que sostiene esta postura es reconocible: el ala tecnológica del Partido Republicano, el capital riesgo de Silicon Valley y buena parte de las grandes plataformas. Elon Musk y el vicepresidente JD Vance han defendido esa línea en distintos foros: menos comité, más despliegue.
El precedente está en el ADN del sistema. En 1997, el Senado votó 95 a 0 contra el Protocolo de Kioto antes de que nadie hubiera firmado nada. Una década antes, Ronald Reagan había retirado al país de la UNESCO por considerar que la organización servía a intereses ajenos. La pauta se repite con la IA: Washington negocia cuando puede imponer su estándar y se aparta cuando el foro es multilateral. No es una excepción de Trump, es una constante.
La lectura desde Europa es otra. Para Madrid y Bruselas, el escenario que se abre son dos bloques normativos: uno europeo, escrito y exigible; otro americano, fluido y en manos de las agencias y del mercado. Las empresas españolas con operaciones a ambos lados del Atlántico navegarán los dos. La incógnita que nadie resuelve es si el bloque europeo arrastrará a Reino Unido, Japón o Canadá, o si se quedará como un estándar regional caro de mantener.
Nadie firma lo que no controla.
El calendario que viene lo marcan tres hitos: el despliegue completo del reglamento europeo, la próxima ronda de la coalición internacional y la decisión de las tecnológicas españolas sobre dónde colocan sus centros de datos y sus equipos de investigación. Cada una de esas decisiones se tomará mirando a Washington. Y Washington, por ahora, ya ha dejado claro cómo se llama el juego.
Ficha del Caso
- El caso: Trump anunció ante la Asamblea General de la ONU que la IA pasará a denominarse ‘super inteligencia’ en los documentos oficiales de EE. UU. y que el país rechaza cualquier esquema global para controlarla.
- Datos clave: discurso del 22 de septiembre de 2026 en Nueva York; cambio de denominación en la documentación federal; coalición de veinte países que empuja el marco internacional; Reglamento Europeo de IA en aplicación por fases.
- Para España: las empresas españolas con negocio en ambos mercados tendrán que cumplir el reglamento europeo y, a la vez, competir con rivales americanos sujetos a reglas más flexibles. Bruselas pierde al socio tecnológico dominante en su apuesta por un estándar global.

