La noche del 7 de julio de 1990, en las Terme di Caracalla, en Roma, tres tenores compartieron un mismo escenario. Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti, con Zubin Mehta en el podio, cantaron juntos en vísperas de la final del Mundial de fútbol. El concierto se grabó y acabó convertido en uno de los discos de música clásica más vendidos de todos los tiempos. Para Domingo, nacido en Madrid casi medio siglo antes, aquella velada coronaba una carrera construida teatro a teatro, ciudad a ciudad.
Pero el camino hasta aquel escenario romano había empezado mucho antes, en una casa de artistas de un Madrid de posguerra, y había pasado primero por México.
Capítulo I: Un niño de Madrid en tierras mexicanas
Plácido Domingo Embil nació en Madrid el 21 de enero de 1941. Sus padres eran dos profesionales de la zarzuela: el barítono Plácido Domingo Ferrer y la soprano Pepita Embil. En aquella casa se cantaba antes de aprender a andar, y el niño creció entre partituras, ensayos y funciones. La zarzuela, género de raíz popular en España, fue su primera escuela, aunque luego la historia lo recordaría sobre todo por la ópera.
La familia no tardó en cruzar el Atlántico. En 1949 se trasladó a México, donde el matrimonio continuó su carrera artística y donde el joven Plácido recibiría su formación musical. Tenía ocho años. El país que lo acogió marcaría su manera de entender el oficio: trabajo constante, repertorio amplio, respeto por el público.
En Ciudad de México estudió piano y dirección de orquesta en el Conservatorio Nacional de Música. Trabajó además como acompañante, tocando para otros cantantes, y esa tarea le sirvió después como escuela: conocer el repertorio desde el teclado le enseñó a escuchar la voz desde abajo, a sostenerla sin taparla. Pocas cosas explican mejor la versatilidad que luego se le atribuyó.
Su debut operístico profesional llegó en 1961, en Monterrey, con el papel de Alfredo en La Traviata. Tenía veinte años recién cumplidos. Fue el primer paso de una carrera que entonces nadie podía imaginar, ni siquiera él.
Capítulo II: La conquista de los grandes teatros
En 1965 dio el salto a Estados Unidos y se incorporó a la New York City Opera. Tres años después, el 28 de septiembre de 1968, subió al escenario del Metropolitan Opera House para cantar el papel de Maurizio en Adriana Lecouvreur, de Francesco Cilea. Era su debut en el Met, la casa más grande de la ópera estadounidense, y ya no la abandonaría en las décadas siguientes.
Después llegaron La Scala de Milán, en 1969, y Covent Garden, en Londres, en 1971. En pocos años había pisado los escenarios que definen una carrera lírica. Su repertorio se fue ensanchando: Verdi y Puccini sobre todo, pero también Wagner, con papeles como Lohengrin o Parsifal, y un registro que le permitió abordar desde la ópera francesa hasta el verismo italiano.
Con los años, su nombre quedó ligado a algunos personajes: Otello, Don Carlo, Radamés, Cavaradossi. No era un tenor de un solo estilo, y esa amplitud fue su mejor arma. Podía pasar de una partitura ligera a un drama exigente sin que la voz se resintiera, algo que muy pocos de sus colegas podían permitirse.
En los años setenta y ochenta su nombre figuró en los carteles de los principales teatros de Europa y América: Viena, Milán, Londres, Nueva York, París, San Francisco, Buenos Aires. Su repertorio llegó a superar los 150 personajes, según las cuentas que manejan las propias compañías. En 1991 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, un reconocimiento que llegó cuando su carrera ya era un fenómeno internacional.
Su trayectoria también se desarrolló en el estudio de grabación. A lo largo de las décadas registró numerosos títulos completos, y algunas de esas versiones se convirtieron en referencia para los aficionados. La discografía de un tenor de su generación funcionaba, en cierto modo, como un currículum paralelo.

Capítulo III: Los Tres Tenores
En 1990, Plácido Domingo era ya una figura consagrada. Pero el concierto de las Terme di Caracalla la transformó en otra cosa: en un fenómeno popular. La idea de reunir a tres tenores —el madrileño, el catalán José Carreras y el italiano Luciano Pavarotti— en un mismo concierto, retransmitido por televisión a medio mundo, cambió la manera en que la ópera llegaba al gran público.
El disco del concierto, publicado después, vendió millones de copias. El formato se repitió en años posteriores, con nuevas giras y nuevas grabaciones. Para muchos aficionados, aquella noche romana fue su primera aproximación a la ópera; para otros, la confirmación de que Domingo pertenecía a una generación de cantantes difícil de repetir.
El encuentro tenía también algo de gesto simbólico. Carreras había superado una leucemia años antes, y su reaparición junto a los otros dos convirtió el concierto en una celebración. Pavarotti murió en 2007, y el trío quedó ya como un episodio cerrado de la historia comercial de la música clásica. Domingo, sin embargo, siguió cantando.
El impacto fue doble. Por un lado, arrastró a un público que rara vez pisaba un teatro lírico; por otro, suscitó el recelo de una parte del mundo académico, que vio en el espectáculo una simplificación del género. Las dos lecturas convivieron durante años sin resolverse.

Capítulo IV: El tenor que también dirigía teatros
Domingo no se limitó a cantar. En 1993 fundó Operalia, un concurso internacional de canto pensado para lanzar a jóvenes intérpretes. En 1996 asumió la dirección artística de la Washington National Opera, que dirigió durante años, y en 2003 se puso al frente de la Ópera de Los Ángeles como director general. También dirigió orquestas, y en algunas funciones cambió el escenario por el podio.
Su doble condición, cantante y gestor, le dio una posición poco frecuente en el mundo de la lírica. No solo interpretaba el repertorio: también decidía qué se programaba, quién debutaba y cómo se sostenía económicamente una casa de ópera. En un género que depende del mecenazgo público y privado, esa mezcla de artista y administrador le convirtió en una figura central a los dos lados del Atlántico.
A ello se sumó una labor menos visible: la de formador. Por Operalia han pasado cantantes que después han hecho carrera en los grandes teatros. El concurso, que se celebra en ciudades distintas, se convirtió en una de las puertas de entrada al circuito profesional para las voces jóvenes.
Capítulo V: La sombra de 2019
En 2010, ya sexagenario, fue operado de un tumor de colon en Nueva York. Canceló actuaciones y, tras la recuperación, volvió a los escenarios. Hasta entonces, su salud había sido un asunto casi privado.
En agosto de 2019, la agencia Associated Press publicó una investigación con acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres. Domingo negó inicialmente los hechos y después difundió un comunicado en el que pedía disculpas. Varias compañías de ópera estadounidenses cancelaron sus actuaciones y, en octubre de 2019, dimitió como director general de la Ópera de Los Ángeles y renunció a sus cargos en la institución. En Europa, en cambio, mantuvo parte de su actividad sobre el escenario.
El caso se produjo en un contexto más amplio: el movimiento #MeToo, nacido en 2017, había puesto el foco en el abuso de poder en el cine, la política y el deporte, y el mundo de la lírica no quedó al margen. El episodio abrió un debate sobre el peso de las grandes figuras y sobre cómo se gestionan las denuncias en un sector muy jerarquizado.

Capítulo VI: La voz en el archivo
En los archivos sonoros del Metropolitan y de La Scala quedan sus grabaciones, y en las hemerotecas, las crónicas de sus noches de función. En Madrid, el niño que se marchó a México en 1949 tardó en ser recuperado como propio por la ciudad que lo vio nacer. La ópera, mientras tanto, sigue buscando voces capaces de llenar un escenario como él lo llenó durante medio siglo.

