La Suecia neutral de la Guerra Fría no fue tan neutral: tejió una red clandestina de espías y saboteadores contra la URSS y lo hizo con la discreción de quien sabe que la etiqueta de ‘no alineado’ también se negocia. El libro The Stay Behinds: Sweden’s Cold War Guardians, firmado por Johan Wennström, reconstruye ese capítulo con archivos y entrevistas. La reseña que ha publicado SpyTalk lo sitúa en las antípodas del espionaje de aeropuerto: aquí cada dato llega con su documento detrás.
Durante cuatro décadas, Estocolmo vendió al mundo un modelo de conducta: comercio con todos, bases para nadie y una retórica pacifista que en las tribunas internacionales rentaba más que cualquier alianza militar. Por debajo de esa fachada, el Estado Mayor de la Defensa y una parte de la cúpula socialdemócrata prepararon otra cosa. Una estructura clandestina diseñada para operar en territorio ocupado si el Pacto de Varsovia cruzaba el Báltico. No era una fantasía de novelista. Era doctrina.
Y no hacía falta forzar la imaginación. En octubre de 1981, un submarino soviético de la clase Whiskey encalló en los bajos rocosos de Karlskrona, a tiro de piedra de una base naval sueca. Al año siguiente, la caza del intruso en Hårsfjärden tuvo a la Marina en jaque durante semanas.
El susto fue mayúsculo.
La conclusión en los despachos fue siempre la misma: si Moscú se movía, Suecia quedaría sola durante semanas. Y alguien tendría que quedarse detrás para contarlo con sabotajes. A eso se le llamó, en la jerga aliada, stay behind. Las redes —Gladio en Italia— se tejieron en media Europa Occidental desde finales de los cuarenta: Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega, y Suiza tuvieron la suya. El caso suizo, bautizado P-26, saltó a la prensa en 1990; el italiano lo destapó Giulio Andreotti ese mismo año ante el Parlamento, y de ahí salió a la luz pública el entramado de la Operación Gladio. La conexión sueca nunca se documentó igual de bien.
Una red durmiente no se mide por los sabotajes que llegó a ejecutar, sino por la certeza que el Kremlin tenía de que existía.
He seguido durante años la pista de estas redes, y le adelanto una cosa: los papeles suecos son los más escurridizos de todo el archivo europeo. Wennström no especula. Cruza documentos desclasificados con testimonios de quienes fueron reclutados siendo veinteañeros y pasaron medio siglo sin poder contar en casa a qué dedicaban un fin de semana al mes. El libro trata a esos hombres como lo que fueron: gente corriente con un secreto enorme. Hay decenas de historias de espías que no aguantan un minuto de verificación. Esta, según la reseña, sí.
El espionaje verdadero casi nunca se parece a su literatura, y la literatura hace tiempo que dejó de pedirle permiso a los archivos.
Anatomía de una red durmiente: reclutar, enterrar y despertar a un saboteador
Suecia no inventó nada: ya tenía su historial de estructuras opacas. En 1973, los periodistas Jan Guillou y Peter Bratt revelaron la existencia de la IB, una oficina de información clandestina que operaba al margen de la ley. El escándalo costó carreras políticas y dejó una lección interiorizada en los servicios: allí, un secreto mal guardado termina en portada. Por eso el stay behind sueco se construyó con una compartimentación casi obsesiva.

El reclutamiento no buscaba James Bond. Buscaba guardas forestales, telefonistas, policías locales, radioaficionados, tenderos de pueblo y reservistas con arraigo en su comarca. El criterio era siempre el mismo: alguien que no llame la atención, que tenga una razón legítima para estar donde está y que pueda desaparecer dos días sin que el vecindario pregunte. El mejor agente durmiente es el que ya era invisible antes de serlo.
Después venía el oficio. Células de tres a seis personas que no se conocían entre sí, cada una con su oficial de enlace, su nombre en clave y su casa franca. Las comunicaciones se hacían con libretas de un solo uso, transmisiones cortas de radio de alta frecuencia y dead drops —buzones muertos— señalizados con marcas discretas en postes o muros. Nada de teléfonos. Nada de nombres reales.
El material se enterraba. Armas ligeras, explosivos plásticos, detonantes, equipos de radio, dinero en efectivo y algunos lingotes de oro por si la moneda dejaba de existir. Los alijos se repartían entre bosques y granjas, con la orden de no abrirlos nunca salvo activación. Y esa orden podía tardar años. O no llegar jamás.
Nadie abrió nunca la mayoría de esas cajas.
Los objetivos estaban tasados en frío. En una Suecia ocupada, el sabotaje se concentraría en el ferrocarril de Malmbanan, la vía por la que sale el mineral de hierro de Kiruna y Malmberget, material estratégico para cualquier industria de guerra, y también en la red eléctrica, en las telecomunicaciones y en los nudos logísticos del norte. Había una misión menos confesable: guiar a equipos de fuerzas especiales infiltrados desde el oeste y facilitar la extracción de personas señaladas.
Del otro lado estaban los mejores del oficio soviético. La Dirección S del Primer Directorado del KGB tenía sobre la mesa los mapas de estas redes; el Segundo Directorado trabajaba la contrainteligencia en los países vecinos. En Noruega, Oslo tardó años en admitir que varios de sus stay behind habían sido seducidos por oficiales del KGB en operaciones de aproximación sentimental, el viejo método del ‘Romeo’. Si eso pasó en Oslo, nadie sensato en Estocolmo descartó que pasara en Gotemburgo. Cada red durmiente es un objetivo perfecto para el adversario: se recluta despacio, se penetra con paciencia y se desactiva desde dentro.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Le pongo en contexto con la ficha del oficio. El vector de amenaza aquí no es un ciberataque ni una filtración: es infiltración HUMINT en formato de red durmiente con capacidad de sabotaje. Reclutamiento de civiles con arraigo, compartimentación estanca, material enterrado y protocolos de activación diferida. La variante armada del stay behind es, probablemente, la forma más antigua de resistencia organizada que sigue viva en la doctrina militar europea.
En el capítulo de agencias, la foto es nítida. El atacante era el KGB, con la Dirección S ocupándose de las redes hostiles en el extranjero, hoy sucedido por el SVR y el FSB, más las estructuras del GRU para lo puramente operativo. El defensor era el MUST sueco, con la Säpo en el plano interior y la red clandestina como último escalón. Y los que miraban desde la barrera tenían nombres: la CIA, el MI6 y el BND, que sostuvieron los comités de coordinación aliados y siguieron con lupa cada movimiento de Estocolmo. Moscú, obviamente, también miraba.
Sobre el nivel de clasificación, a juzgar por la naturaleza del material —identidades de ciudadanos suecos que no figuraron jamás en nómina alguna, ubicaciones de alijos con explosivos y equipos de comunicaciones—, estimo Secreto alto, con las listas de nombres en el escalón superior. En Suecia pesa además la vieja Ley de Secretos de 1937, el muro legal detrás del que se protegen los papeles de Defensa. Hay peticiones de desclasificación desde hace años. Ninguna ha prosperado del todo.
El precedente que viene a la cabeza es Gladio, y no solo por Italia. Cuando Andreotti confirmó su existencia en 1990, media Europa descubrió que sus parlamentos habían legislado durante décadas sin saber que operaba una estructura paralela, con armas, dinero y protocolos propios, en el corazón de sus democracias. Y hay una segunda lección, la de Aldrich Ames: una red se muere por dentro mucho antes de caer por fuera.
Donde tengo dudas, y las digo, es en la atribución histórica. La relación exacta con los comités de la OTAN no está probada con documentos, y buena parte de lo que circula son memorias de veteranos ya octogenarios. Un antiguo alto mando de operaciones de la CIA lo resumía estos días sin elegancia alguna: ‘Los autores se sacan cosas de la manga, las ponen en papel y los lectores no notan la diferencia’. El diplomático John Brady Kiesling lo escribió en 2014 con más finura: los huecos en blanco de los documentos censurados de la CIA los rellenan rutinariamente historiadores imaginativos con cualquier crimen imaginable. La sala de lectura electrónica de la CIA sigue siendo el mejor antídoto contra el relato heroico.
El calendario ayuda poco. Los archivos suecos del periodo se desclasifican con cuentagotas y cada petición abre una negociación nueva con Defensa. En 2027 se cumplirán noventa años de la Ley de Secretos, y no faltarán ocasiones para volver a preguntar. ¿Cuántas de estas redes construidas contra Moscú acabaron sirviendo, sin querer, para vigilar a los propios ciudadanos que decían proteger?
Por qué Estocolmo importa hoy en Madrid
Estocolmo dejó de ser neutral. Suecia entró en la OTAN en marzo de 2024, Finlandia lo había hecho un año antes, y el Báltico dejó de ser una frontera difusa para convertirse en un flanco con nombre. Con la adhesión volvió la vieja palabra: defensa total, resiliencia, preparación de la población civil. La doctrina escondida durante la Guerra Fría regresa en formato híbrido.
Y no es una metáfora. Volt Typhoon, el grupo atribuido a China, no planta explosivos en los bosques: preposiciona accesos en infraestructuras críticas para usarlos el día que convenga. Lo escribí en El quinto elemento y lo sostengo: el próximo 11S empezará con un clic, no con un avión. Los alijos han cambiado de forma, no de función. Antes eran cajas con radio y oro enterradas en un prado; hoy son backdoors en un transformador, en una depuradora o en el sistema de un hospital.
Para España la lectura es de contrainteligencia, no de nostalgia. El CNI y el CCN-CERT llevan años siguiendo esta lógica desde el otro lado, y sostengo desde hace tiempo que en España hay 8.000 infraestructuras críticas y atacables a través de internet. La diferencia con 1948 es que el saboteador ya no necesita cruzar una frontera ni esconder una radio. Le basta con llegar antes que el defensor.
Me quedo con una idea sencilla. Las redes stay behind se diseñaron para un mundo en el que la guerra se anunciaba con tanques; casi ninguna de sus cajas llegó a abrirse y sus integrantes se llevaron el secreto a la tumba mientras sus países les homenajeaban por otra cosa. Esa es la medida real del oficio: prepararse para una catástrofe que ojalá nunca llegue. Yo seguiré mirando.

