Adiós a las grasas trans: el truco de Dinamarca que limpió su cesta de la compra y redujo infartos

El país nórdico fijó en 2003 un tope de 2 gramos de grasas trans industriales por cada 100 gramos de grasa y la mortalidad cardiovascular cayó de forma medible. Para el consumidor, la clave está en la lista de ingredientes y no en la cara del envase.

Durante años aparté la mantequilla de mi cesta de la compra convencido de que ahí estaba el enemigo. El problema real se llamaba grasas trans y llegaba dentro de una caja de cartón.

No fui el único. Durante décadas la conversación sobre nutrición giró en torno a las grasas saturadas, las de la carne grasa o el embutido. Mientras discutíamos sobre ellas, la industria colaba otro tipo de grasa más barata y bastante más dañina en la bollería, los snacks y la comida precocinada.

Hay un país que decidió cortar por lo sano antes que nadie. Dinamarca aprobó en 2003 una norma, en vigor desde el año siguiente, que fijaba un tope de 2 gramos de grasas trans industriales por cada 100 gramos de grasa o aceite. Los resultados no tardaron en aparecer.

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Un estudio publicado en 2015 en el American Journal of Preventive Medicine analizó los tres años posteriores a la entrada en vigor de la medida. La mortalidad cardiovascular danesa cayó 14,2 muertes por cada 100.000 habitantes al año frente a países de la OCDE similares, y la cardiopatía coronaria sumó hasta 26,5 muertes menos.

Europa tomó nota y replicó el modelo. El Reglamento (UE) 2019/649 fijó el mismo umbral —2 gramos por cada 100 gramos de grasa total— para los productos destinados al consumidor final, y dejó fuera las grasas trans que aparecen de forma natural en las grasas animales.

Ahí está la trampa. La grasa trans existe en la leche y en la carne de rumiantes, pero en proporciones minúsculas y acompañada de nutrientes que sí aportan. El problema es la que se fabrica: aceites vegetales hidrogenados hasta quedar sólidos a temperatura ambiente, baratos y eternos.

No hace falta ser químico para leer una etiqueta: basta saber que la palabra ‘hidrogenado’ no debería aparecer en nada que vayas a comer a diario.

Las consecuencias están bien documentadas. Estas grasas suben el colesterol LDL, el malo, y bajan el HDL, que es cardioprotector: una combinación que predispone a la aterosclerosis y a la enfermedad cardiovascular. La Organización Mundial de la Salud les atribuye más de 500.000 muertes al año en el mundo. Añaden poder inflamatorio, se las vincula a la grasa abdominal y a la diabetes, y hay trabajos que las relacionan con más pérdida de memoria y más riesgo de Alzheimer.

El dato asusta.

El secreto del éxito

  • El tope legal no es un aval: la norma habla de 2 gramos por cada 100 gramos de grasa total, no de producto. Un bollo puede cumplir el reglamento y seguir siendo mala compra.
  • La lista de ingredientes manda: la cara del envase es publicidad. Los nombres reales —aceites vegetales hidrogenados, grasas parcialmente hidrogenadas, ácidos grasos trans— solo aparecen ahí.
  • El frito casero también cuenta: freír a temperatura baja o reutilizar el aceite demasiadas veces modifica la estructura de las grasas. Aceite limpio, temperatura alta y no más de dos usos.

La cesta de la compra: qué dejar en la estantería

El consenso de la FESNAD recomienda que estas grasas no superen el 1% de la energía diaria, y eso se traduce en una lista muy concreta de productos donde conviene apretar el freno.

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  • Bollería y galletas industriales, el sitio donde más se acumulan.
  • Margarinas y untables vegetales que no aclaren su procedencia.
  • Helados industriales, snacks salados, y palomitas de bolsa.
  • Cereales de desayuno azucarados y barritas.
  • Fiambres y embutidos.
  • Hamburguesas, nuggets y similares.
  • Pizzas comerciales o congeladas, ultracongelados y fast food.
eliminar grasas trans

Aplicarlo sin volverse loco

La primera vez que comparas dos envases del mismo pasillo se te cae el mito. Uno declara ‘aceite de girasol’ y el otro ‘aceite de girasol parcialmente hidrogenado’. La diferencia no está en el sabor.

La regla que yo uso es simple: cuantos menos ingredientes, mejor. Un producto con tres líneas de lista se lee en dos segundos; uno con quince casi siempre esconde algo. Si entre esos quince aparece la palabra hidrogenado, vuelve a la estantería y no lo pienses más.

La segunda regla es cocinar más y calentar menos. No hace falta montar un obrador en casa: cambiar la bollería industrial por pan con aceite de oliva virgen extra, o los cereales azucarados por avena con fruta, resuelve buena parte del asunto.

Y ojo con las frituras. El aceite de oliva aguanta temperaturas altas sin descomponerse, pero solo si no lo llevas al límite: cuando empieza a humear, ya se ha pasado.

Variaciones, sustituciones y conservación

La sustitución más rentable es la margarina. Cambiarla por aceite de oliva virgen extra en el pan mejora el perfil de grasa de golpe; si necesitas untar algo, la mantequilla en poca cantidad aporta grasa saturada, no trans: un problema distinto y menor.

Para quien va con prisa, la versión exprés cabe en el móvil: haz una foto a la lista de ingredientes de los tres productos que compras cada semana y decide en casa si merecen repetir. En el supermercado, con hambre y prisa, se decide fatal.

La advertencia vale también para lo vegano. Que un producto sea vegetal no lo libra de llevar aceites hidrogenados: las margarinas vegetales y muchos untables vegan son justo donde más se esconden.

En cuanto a la conservación, la nevera no arregla nada. Un ultraprocesado con grasas trans no mejora por guardarlo mejor. Compra fresco, cocina el mismo día y no le pidas al frigorífico lo que solo resuelve la lista de la compra.