Trump firma una orden ejecutiva que borra ‘inteligencia artificial’ del lenguaje oficial de EE.UU. y lo sustituye por ‘Super Intelligence’. La medida obliga a reescribir los portales de políticas públicas, los documentos normativos y las notas de prensa de toda la rama ejecutiva federal.
Claves de la operación
- El decreto reescribe el vocabulario oficial. Los sitios de políticas públicas, los documentos y los comunicados del Gobierno de EE.UU. solo podrán usar ‘Super Intelligence’.
- El relato se disputa con Pekín y Bruselas. Trump asegura que Xi Jinping ‘loves it’; la Unión Europea mantiene el término ‘inteligencia artificial’ en su AI Act.
- La industria recalcula su narrativa. Laboratorios, proveedores del Estado y contratistas federales tendrán que adaptar su lenguaje comercial al nuevo marco.
Por qué la Casa Blanca renuncia a la palabra que inventó Silicon Valley
La orden se firmó durante el acto de lanzamiento del portal America.gov, según recoge The Verge. La Casa Blanca oficial ya no reconoce la ‘inteligencia artificial’ como categoría administrativa: cualquier agencia federal que publique un documento tendrá que hablar de ‘Super Intelligence’. El cambio abarca los portales de políticas públicas y los comunicados de prensa.
Trump justificó la decisión con un argumento de mercadotecnia pura. ‘La palabra super es la mejor de todas, y es la más simple’, declaró durante el acto. ‘No queremos oír artificial. Porque no es artificial. Es muy potente, es muy brillante’. La frase convierte un juicio de gusto en política de Estado.
El mismo acto sirvió para lanzar un mensaje geopolítico. Trump aseguró que el presidente chino, Xi Jinping, que visitó la Casa Blanca la semana pasada, ‘loves it’ al escuchar la nueva etiqueta. La orden ejecutiva, figura jurídica que permite gobernar sin pasar por el Congreso, se convierte así en el instrumento para fijar el marco semántico de la próxima década.
Para el sector tecnológico, el decreto abre un frente incómodo. Los grandes laboratorios —OpenAI, Google DeepMind, Anthropic— y los contratistas federales, de Palantir a Microsoft, construyen su discurso comercial sobre el término que Washington acaba de derogar. Ninguno ha reaccionado en público por ahora. Nadie se ha movido. De momento.
Rebautizar la tecnología no cambia una sola línea de código, pero sí todo el relato con el que Washington quiere vender su liderazgo.
El movimiento tiene una lectura financiera inmediata. La orden no altera por sí sola los presupuestos federales dedicados a la tecnología, pero obliga a revisar pliegos, licitaciones y contratos marco. Cosas que pasan en 2026.
La orden ejecutiva también arrastra a la maquinaria administrativa. Las agencias tendrán que revisar manuales de estilo, plantillas de contratación y bases de datos terminológicas. No es un detalle menor: el Gobierno federal es el mayor comprador de tecnología del planeta, y su lenguaje acaba filtrándose en los pliegos que firman las empresas.
El pulso con Bruselas por el relato de la IA
Mientras Washington reescribe su diccionario, Bruselas mantiene el rumbo. El reglamento europeo de IA, conocido como AI Act, sigue anclado al término ‘inteligencia artificial’ y a una clasificación por niveles de riesgo que no entiende de superlativos. La divergencia terminológica puede parecer cosmética, pero complica la interlocución entre empresas que operan a ambos lados del Atlántico. El pulso recuerda al que ya se vivió con la nube y la ciberseguridad, donde cada bloque impuso su propio glosario. Ahí no hay superlativo que valga.
España tiene un papel en esa conversación. La Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA), con sede en A Coruña, es el primer organismo europeo dedicado íntegramente a vigilar el sector. Si el término dominante cambia en Washington, su trabajo de armonización con Bruselas tendrá que convivir con dos vocabularios en paralelo. Grupos como Indra o Telefónica Tech, que pujan por contratos de digitalización en ambos mercados, ya saben lo que es traducir el mismo producto a dos lenguajes.

Lo que se juega el capital riesgo con el nuevo relato
El fondo del asunto es menos tecnológico de lo que parece. Cambiar la etiqueta no modifica los modelos, los datos, ni la capacidad de cómputo, pero sí el envoltorio con el que la primera potencia tecnológica del mundo vende su apuesta. Y ese envoltorio tiene consecuencias: los organismos internacionales de normalización, de la ISO al IEC, trabajan con definiciones que ahora quedan desalineadas respecto al lenguaje oficial de EE.UU.
Hay una contradicción de fondo. Una administración que predica desregulación acaba legislando vocabulario —y ese es un gesto intervencionista— con un superlativo que suena más a eslogan que a categoría técnica. ‘Super Intelligence’ no define nada medible. No distingue entre un modelo de lenguaje y un sistema experto, ni entre automatización y autonomía. Es, en el mejor de los casos, una marca. Puro eslogan.
La lectura del mercado es cauta. Sin cambios en los presupuestos ni en las reglas de contratación pública, el impacto tangible se limita a la capa administrativa. Eso sí, el precedente importa para el resto de gobiernos: si la mayor economía del mundo puede renombrar una tecnología por decreto, cualquier país puede intentar lo mismo con la siguiente. Bastará con seguir el primer pliego federal redactado con el nuevo término, o con la próxima cita regulatoria entre Bruselas y Washington, para saber si esto era cosmética o doctrina.
