EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El coste de financiación de Francia se ha acercado al 5%, su nivel más alto en casi un cuarto de siglo, y el diferencial de su deuda a diez años frente al bono alemán se ha ampliado un 66% en un mes hasta los 1,4 puntos.
- ¿Quién está detrás? La oleada de ventas castiga la deuda gala por el bloqueo presupuestario, la falta de mayoría parlamentaria y las elecciones presidenciales de abril de 2027. El Banco de Francia admite turbulencias ‘graves y preocupantes’.
- ¿Qué impacto tiene? El BCE podría verse obligado a intervenir en el peor escenario, lo que afectaría a toda la eurozona. La banca española, con carteras en deuda francesa, y el propio Tesoro siguen la evolución del diferencial.
Francia paga ya casi el 5% por financiarse, más que Italia o Grecia. Y el diferencial de su bono a diez años frente al alemán —la prima de riesgo de Francia, el termómetro que mide la desconfianza de los mercados— se ha ampliado un 66% en apenas un mes, hasta los 1,4 puntos porcentuales. Es un terreno que no se pisaba desde la crisis de deuda de la eurozona.
Por qué el mercado trata ahora peor a Francia que a Italia o Grecia
Los inversores han dejado de creer en la solvencia del país. La semana pasada, mientras cientos de miles de personas marchaban en las calles contra los recortes presupuestarios, el mercado de bonos escenificaba su propio descontento con las cuentas públicas francesas. Profesores, enfermeros y funcionarios desfilaron contra lo que describen como una austeridad insoportable. Los estudiantes han ido más lejos: bloqueos de institutos, enfrentamientos con la policía, e incendios que se han saldado con 5.000 detenciones.
La foto macroeconómica justifica los nervios. La deuda francesa roza los 3,5 billones de euros, cerca del 120% del PIB, muy por encima de la media de la eurozona. El pago de intereses se ha convertido ya en la primera partida de gasto del Estado, por delante de la educación y de la defensa. Entre las potencias del G7, Francia es la que más ha sufrido la oleada de ventas de deuda desencadenada por la guerra de Irán. El dato lo retrata: algunas de las mayores empresas francesas se financian hoy más barato que su propio Estado. ‘Francia es probablemente demasiado grande para quebrar, pero no demasiado grande para que los mercados la castiguen’, resume Pierre Moscovici, ministro de Finanzas durante la etapa final de la crisis de la eurozona en 2012.
El presupuesto que puede tumbar al Gobierno de Lecornu

El primer ministro Sébastien Lecornu presentó un paquete de 43.000 millones de euros en recortes y subidas de impuestos para 2027. Incluye medidas impopulares: limitar la subida de las pensiones y congelar parcialmente el salario de los funcionarios. Emmanuel Macron había pedido recortes ambiciosos para demostrar determinación ante los mercados. El problema es que cuanto más duro es el ajuste, más vulnerable es el Ejecutivo en minoría ante una Asamblea Nacional que se prepara ya para las elecciones presidenciales de abril de 2027.
Sobre la mesa está también la vía constitucional: el Ejecutivo puede aprobar el presupuesto sin votación. Hacerlo por decreto sería inédito y enfurecería a la oposición. Si el Gobierno cae durante los debates —que podrían prolongarse hasta finales de año—, los inversores dan por hecha una nueva sacudida en los mercados de deuda. Los analistas, además, dudan de que el ajuste baste para cumplir el objetivo de Lecornu de bajar el déficit al 5% en 2027. Este año, en lugar de estabilizarse como se esperaba, el déficit subirá al 5,4% por la desaceleración y el encarecimiento de la financiación. El compromiso de volver al 3% que exige Bruselas para 2029 está hoy fuera de alcance.
Francia no es Grecia, repiten en París. Pero el mercado ya la trata como si lo fuera: paga más que Italia y Grecia por su propia deuda.
El calendario electoral añade incertidumbre. Marine Le Pen, favorita en los sondeos, intentó esta semana tranquilizar a los inversores con una promesa de recortes por 140.000 millones en cinco años y un límite de deuda del 60% del PIB. Sus propuestas estrella —bajar la edad de jubilación de algunos colectivos y rebajar el IVA de la energía y los alimentos— dispararían el endeudamiento en decenas de miles de millones. La duda es si, de llegar al Elíseo, acabaría imitando a Giorgia Meloni, que calmó a los mercados tras ganar en Italia en 2022. En el otro extremo, Jean-Luc Mélenchon ha llegado a sugerir que la deuda francesa en manos del banco central podría arrojarse ‘a la hoguera’.
El Eje del Poder Europeo
Lo que observamos es un cambio de jerarquía dentro de la eurozona. Durante la crisis de 2010-2012, el eje franco-alemán dictaba las reglas y los países del sur —Grecia, Portugal, España, Italia— sufrían la prima de riesgo. Ahora es Francia la que paga más que Roma o Atenas por financiarse. París, motor histórico de la integración junto a Berlín, se ha convertido en el problema. Los frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca— ya avisan de que no aceptarán mutualizar deuda ajena sin contrapartidas. Y Bruselas respira: el diferencial español frente al bono alemán se ha mantenido contenido, lo que sitúa a España, por primera vez en años, más cerca del núcleo duro que de la periferia castigada.
Para España, el asunto no es ajeno. La banca española mantiene carteras relevantes de deuda pública francesa y filiales en el país, de modo que una espiral de impagos o una intervención forzosa del BCE tocarían de lleno al sector. El Banco Central Europeo dispone desde 2022 del Instrumento para la Protección de la Transmisión (TPI), la herramienta antifragmentación que diseñó para casos como este, pero su activación exige contrapartidas fiscales que París no ha aceptado. Una intervención del BCE en Francia —la segunda economía del euro— sería un punto de inflexión histórico, muy lejos de los rescates de la pasada década, y reabriría el debate sobre la mutualización de la deuda y la unión bancaria.
El precedente más citado esta semana es el de Liz Truss en el Reino Unido en 2022: un plan fiscal sin financiación que el mercado tumbó en cuestión de días. La diferencia es que Francia comparte moneda con otros diecinueve países y no puede devaluar. El Banco de Francia lo resume con cautela: el gobernador Emmanuel Moulin califica las turbulencias de ‘graves y preocupantes’, pero sostiene que el país puede retomar el rumbo si aprueba un presupuesto que recorte el gasto. La decisión de fondo —dejar caer a su segundo motor o mutualizar su deuda— se juega en los próximos cinco años. La próxima ventana crítica ya está fijada: las elecciones presidenciales francesas de abril de 2027, precedidas por una temporada de subastas de deuda que el Tesoro galo celebrará con la mirada de Bruselas y del BCE puesta en cada resultado.
