EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Pentágono cifra entre 5.000 y 15.000 millones de dólares los daños de misiles y drones iraníes en 24 instalaciones con presencia militar estadounidense, según el Wall Street Journal.
- ¿Quién está detrás? Irán, que lanzó la oleada de represalia tras los ataques de EEUU e Israel del 28 de febrero, y una Administración Trump que estudia abandonar parte de esas instalaciones.
- ¿Qué impacto tiene? La factura de la guerra suma ya 47.100 millones hasta el 16 de octubre. Un repliegue de Kuwait y Arabia Saudí abarataría el sostenimiento, dejaría el Golfo sin cobertura terrestre densa y obligaría a España a revisar su papel en Rota y Morón.
El Pentágono pone cifra al castigo de Irán: hasta 15.000 millones de dólares en daños sobre las bases de EEUU. La cifra la publica el Wall Street Journal a partir de fuentes propias y de un análisis de imágenes satelitales que esta redacción no ha podido contrastar de forma independiente.
El recuento dibuja un mapa de destrucción poco habitual. Son 274 estructuras dañadas repartidas entre 24 instalaciones con presencia militar estadounidense. Solo en las dos primeras semanas del conflicto, al menos 119 edificios quedaron tocados en 13 bases. La sede de la Quinta Flota en Baréin aparece entre las más castigadas, un detalle que pesa más de lo que parece: ahí está el centro de mando naval de EEUU para todo el Golfo.
Teherán lanzó esa oleada de represalia después de los ataques de EEUU e Israel que abrieron el conflicto el pasado 28 de febrero. Según la misma información, la puntería de los misiles y drones iraníes mejoró a medida que la guerra escalaba, hasta el punto de que el Pentágono ya no discute la precisión del adversario, sino su volumen.
De 5.000 a 15.000 millones: la horquilla que el Pentágono no cierra
Un funcionario estadounidense no identificado situó el daño en un mínimo de 5.000 millones de dólares. Otra fuente del diario eleva el techo hasta los 15.000. Una diferencia de 10.000 millones equivale, en la práctica, a admitir que el inventario sigue abierto muchos meses después de los últimos impactos. Muchas de esas instalaciones se comparten con los aliados regionales de Washington, de modo que parte de la factura podría acabar en en manos de los anfitriones.
A eso se suma el coste corriente de la guerra: 47.100 millones de dólares hasta el 16 de octubre, según la última estimación remitida al Congreso y sin contar los daños en bases. El desglose habla por sí solo. Unos 29.000 millones van a reponer munición consumida; 11.900 a gastos operativos; 6.100 a equipo perdido. El balance humano que reconoce el Ejército estadounidense es de 23 muertos —once de ellos por fuego enemigo— y 865 heridos.
Una base destruida se puede reconstruir. Un inventario de interceptores agotado, no. Ahí está la verdadera factura del Golfo.
La opacidad es la otra mitad del problema. El senador demócrata Chris Murphy, miembro del Comité de Exteriores y de la subcomisión de Defensa del Senado, acusó a la Administración de intentar ‘enmascarar el coste real de la guerra’ después de que se le negara el acceso a la base aérea de Al Udeid, en Catar, donde el diario identificó al menos una docena de edificios dañados. El Pentágono justificó la negativa con restricciones de viaje regionales.
El Pentágono no oculta una derrota. Oculta una aritmética. Y la aritmética, en una guerra larga, acaba mandando más que los generales.
Kuwait y Arabia Saudí: el repliegue que Teherán exigía como condición de paz
La decisión que se cocina en el Departamento de Defensa no es cosmética. Washington sopesa replegarse de instalaciones en Kuwait y Arabia Saudí, alejar a su personal del alcance de los misiles iraníes y, en algunos casos, dejar infraestructura dañada sin reparar. No es una retirada del Golfo, pero se le parece lo suficiente como para que Teherán pueda venderlo como tal en casa.
Mientras Washington hace cuentas, Irán reconstruye. El mismo informe apunta a una recuperación rápida de las instalaciones de misiles y a la recuperación de arsenales enterrados, una acumulación que llega justo cuando el presidente Trump evalúa nuevos ataques pese a la escasez de interceptores en los inventarios estadounidenses. Ahí está la contradicción del momento: el mismo país que proclama haber desarbolado al adversario pregunta a sus mandos si le quedan defensas antiaéreas suficientes para otra ronda.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, minimizó en agosto la capacidad iraní: ‘Todavía tienen algunas capacidades, pero no se parecen en nada a lo que eran’. La frase ha envejecido regular. Teherán, por su parte, ha convertido la retirada militar total de EEUU de la región en condición previa para cualquier paz sostenible, y el repliegue parcial que ahora se filtra le entrega argumentos gratis.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica que hacemos es incómoda para los tres bloques. Para Washington, el problema ya no es ganar batallas tácticas sino sostener una arquitectura de bases diseñada para una guerra de días, no de meses: 24 instalaciones tocadas es una cifra de desgaste, y explica por qué el Pentágono prefiere adelgazar la huella antes que reconstruirla. Para Moscú, cada batería de interceptores que EEUU consume en el Golfo es una batería que no está en Europa, y eso se traduce en margen de maniobra en Ucrania y en el flanco este de la OTAN. Bruselas observa con una mezcla de alivio y sonrojo: alivio porque la atención de la Casa Blanca sigue en Oriente Próximo; sonrojo porque los arsenales europeos tampoco dan para dos teatros simultáneos, como reconoce el mando central estadounidense en sus informes de disponibilidad (CENTCOM).
Para España el asunto no es ajeno. Rota y Morón no están en el Golfo, pero forman parte del mismo sistema de apoyo que Washington revisa, y un repliegue de instalaciones terrestres en la península arábiga reordena prioridades: menos buques permanentes en el Índico y el Mediterráneo oriental, más presión para que los aliados europeos cubran huecos que antes cubrían los estadounidenses. A eso se suma la factura del 2% comprometido con la OTAN, que en el actual ciclo presupuestario sigue siendo más promesa escrita que ejecución verificable; los datos de SIPRI sobre gasto militar europeo llevan años mostrando la distancia entre el anuncio y la caja. En el Magreb y el Sahel, una presencia naval estadounidense más ligera deja más espacio a otras marinas —la francesa, la italiana, la turca— y a actores regionales que no comparten la lectura española de la estabilidad en la frontera sur.
El precedente está en enero de 2020. Tras los misiles iraníes contra la base de Ain al-Assad, el Pentágono aseguró que no había bajas y semanas después reconoció más de un centenar de conmociones cerebrales entre sus tropas. La diferencia ahora es la escala: 274 estructuras y una horquilla de 15.000 millones son demasiado grandes para administrarlas con silencio. El próximo hito será la solicitud presupuestaria del año fiscal 2027, que la Casa Blanca debe presentar a comienzos del próximo año, y la pelea posterior en el Capitolio sobre si el contribuyente paga bases que el propio Pentágono quizá decida abandonar. Ahí se sabrá si el repliegue es una hipótesis de trabajo o el principio de algo más grande.

