Bruselas exige a Serbia sancionar a Rusia para entrar en la Unión Europea

La comisaria Marta Kos condiciona el avance del expediente al 'alineamiento estratégico' de Belgrado, que negocia desde 2014 sin cerrar capítulos. Student List ganó con el 52,5% y aún no ha formado gobierno.

El expediente Serbia Unión Europea ya no es una negociación técnica: es un examen político con nota eliminatoria. La comisaria de Ampliación, Marta Kos, ha puesto por escrito la condición que Belgrado llevaba una década esquivando. Quien no se alinee con la política exterior común, y eso incluye sancionar a Rusia, no entra.

Lo que Kos exige y lo que todavía no puede exigir

La pregunta se la hicieron en TVP World, la cadena pública polaca. ¿Puede Serbia entrar en la Unión Europea sin aplicar restricciones económicas a Moscú? La respuesta fue un condicional con muy poca niebla: ‘probablemente no sea posible’ que un país se incorpore al bloque sin ‘alinearse con nosotros en política exterior y de seguridad, es decir, estando juntos en la lucha contra Rusia’. Kos añadió la referencia que Bruselas repite desde 2022: el conflicto ucraniano como piedra de toque.

El criterio tampoco es una invención. Figura en el capítulo 31 de la negociación, el de política exterior y seguridad, y la Comisión lo ha usado como palanca con Ucrania y con Moldavia para abrirles expediente a velocidad de crucero. Lo nuevo es el tono y el calendario. Bruselas ha aprobado ya veintidós paquetes de sanciones contra Rusia desde febrero de 2022 y exige a los candidatos que se sumen a la lista completa, sin excepciones por tamaño ni por historia. La evaluación anual se publica en el paquete de ampliación de la Comisión, y ahí queda todo por escrito.

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Hay un matiz que conviene no perder. La comisaria reconoció que ‘todavía no hemos empezado a hablar con el nuevo gobierno‘ serbio y que primero habrá que ver qué mayoría se constituye. Traducido: la presión se traslada al proceso de investidura y la pelota queda en el tejado de Belgrado. Serbia negocia desde enero de 2014. Doce años después, el balance es de capítulos abiertos con cuentagotas, ninguno cerrado en los últimos ejercicios y un expediente que se ha movido más por la geopolítica que por los méritos propios.

El terremoto electoral y la factura que nadie quiere pagar

sanciones a Rusia

El seísmo llegó antes. La lista estudiantil Student List se llevó el 52,5% de los votos en las elecciones parlamentarias anticipadas y desalojó del centro de poder a Aleksandar Vučić, que había construido su dominio sobre el Estado serbio durante más de una década. Vučić concedió la derrota y, en la misma comparecencia, advirtió de que la presión europea para imponer restricciones económicas a Moscú iba a recrudecerse. Era su coartada de siempre: los lazos comerciales y culturales con Rusia no se tocan.

Del programa de Student List se sabe menos de lo que gustaría en Bruselas. Su candidato principal, Ilija Srdanović, no descartó revisar el rechazo histórico a las sanciones en una entrevista con Radio Europa Libre, pero esquivó el compromiso: la política exterior, dijo, la deciden ‘los ciudadanos de Serbia’ y no un grupo reducido de personas. El profesor Jovo Bakić, uno de los referentes del movimiento, fue mucho más explícito al describir a Rusia como gran potencia, socio histórico y, en muchos casos, protector.

Bruselas no pide a Serbia que elija bando por convicción: le pide que pague por adelantado una factura que Moscú puede cobrarle al día siguiente.

La factura no es retórica. Serbia cubre buena parte de su suministro de gas por el corredor que entra desde TurkStream, y su refinería de Pančevo opera bajo el paraguas de NIS, con participación mayoritaria del grupo Gazprom. A eso se suma un mercado ruso para la fruta, el metal, y la maquinaria serbios que ninguna otra plaza absorbe en las mismas condiciones. La portavoz de Exteriores rusa, María Zajárova, lo resumió con la imagen que el Kremlin repite: sancionar equivaldría a ‘dispararse en el pie’.

Y luego está Kosovo. España es uno de los cinco socios que no reconoce la independencia de la antigua provincia serbia, lo que sobre el papel convierte a Madrid en aliado objetivo de Belgrado en ese capítulo. La coincidencia no ha impedido que Exteriores haya sido prudente con las ampliaciones aceleradas: según fuentes diplomáticas consultadas por Moncloa.com, en el ministerio se mira con recelo cualquier reforma de los criterios que después se pueda volver en contra. Lo que hoy se hace por Ucrania se puede invocar mañana para otra cosa.

Equilibrio de Poder

La lectura desde Washington es la que más ha cambiado. La administración Trump ha convertido la relación con Moscú en una negociación transaccional, y ese enfoque tiene una consecuencia incómoda para Bruselas: si el eje Washington-Moscú se deshiela y las sanciones se relajan, la exigencia europea a Belgrado pierde buena parte de su fuerza. Estados Unidos también ha apretado por la vía energética, con la petrolera NIS en el punto de mira por su accionariado ruso, pero lo ha hecho desde otra lógica: presión bilateral, no alineamiento ideológico.

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Moscú juega con ventaja estructural y lo sabe. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, se limitó a desear relaciones mutuamente beneficiosas con el nuevo Ejecutivo y recordó que ‘hacen falta dos para bailar el tango’. La asimetría es la clave: a Rusia le cuesta poco perder el mercado serbio; a Serbia, perder el gas, el veto en la ONU sobre Kosovo y el relato de protector ortodoxo le cuesta muchísimo. El problema es de aritmética, no de simpatía.

Para España, el asunto es menos lejano de lo que parece. Serbia es escala del corredor energético que alimenta el sureste europeo, puerta de la ruta balcánica de migración y plaza donde varias empresas españolas han pujado por infraestructura y concesiones. Un socio serbio anclado en la UE reduce riesgo regulatorio y competencia china; un socio que derive hacia el eje ruso-chino —con Zijin en las minas de cobre de Bor y HBIS en la siderúrgica de Smederevo— deja a Madrid sin palancas en un punto caliente del continente. Aquí no hay atajos.

La lectura a cinco o diez años admite dos escenarios. En el primero, el nuevo Gobierno serbio acepta una alineación parcial —sanciones selectivas, votaciones comunes en foros internacionales— y Bruselas cierra los ojos ante la letra pequeña; el ingreso se negociaría entre 2032 y 2035. En el segundo, Belgrado se atrinchera y el expediente se congela, con el precedente de Turquía como espejo incómodo. Conviene recordar que la ampliación de la Unión Europea no completaba una adhesión desde Croacia en 2013, que la promesa de Salónica de 2003 sigue sin cumplirse y que el proceso ya ha sido secuestrado antes por bloqueos bilaterales: Grecia mantuvo frenada a Macedonia del Norte durante años por el contencioso del nombre.

Bruselas lo sabe. Por eso Kos no habla de plazos, sino de condiciones previas, y por eso deja la pelota en la formación del Gobierno serbio. El primer examen real será la investidura; el segundo, el paquete de ampliación que la Comisión publique en otoño de 2027, el primero que evaluará a Student List con este criterio sobre la mesa. Hasta entonces, la pregunta que sobrevuela los Balcanes no es si Serbia quiere entrar en la Unión Europea. Es cuánto está dispuesta a pagar por ello.