Trump llama a Netanyahu mientras la Casa Blanca evalúa nuevos ataques contra Irán

La llamada se produjo el sábado, el mismo día en que el Pentágono trasladó a Trump un paquete de blancos que incluye la isla de Kharg. Rubio sostiene que no hay decisión tomada y que la vía diplomática sigue abierta.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Donald Trump llamó por teléfono el sábado 31 de octubre al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el mismo día en que reunió en la Casa Blanca a sus mandos militares para estudiar la reanudación de la campaña aérea contra Irán, según The Wall Street Journal.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca y el Pentágono, con Israel como socio operativo. Teherán responde con una amenaza de represalia ‘sin restricción geográfica’ difundida por la oficina del Líder Supremo.
  • ¿Qué impacto tiene? El precio del crudo, el tráfico del estrecho de Ormuz y la seguridad de las bases estadounidenses en el Golfo quedan suspendidos de una decisión que, según Marco Rubio, todavía no se ha tomado.

Trump y Netanyahu hablaron el sábado mientras la Casa Blanca ultima opciones de ataque contra Irán, según The Wall Street Journal.

La llamada, que el diario neoyorquino sitúa el sábado por la mañana y atribuye a personas familiarizadas con la conversación, no ha sido confirmada por la oficina del primer ministro israelí ni por el Consejo de Seguridad Nacional. Llega, eso sí, en un fin de semana de actividad frenética en Washington: el presidente había reunido antes a sus principales comandantes militares para revisar qué haría falta para retomar una operación de gran escala contra la República Islámica.

La llamada del sábado y el paquete de blancos que ya está sobre la mesa

El Pentágono ha presentado a Trump una lista de objetivos que abarcan desde instalaciones nucleares y complejos militares subterráneos hasta la isla de Kharg, el principal nudo de exportación petrolífera de Irán en el Golfo Pérsico, según las filtraciones acumuladas en las últimas semanas. La elección de blancos no es neutra. Golpear Fordow o Natanz es una operación de no proliferación; golpear Kharg es una operación económica pensada para vaciar de divisas al régimen.

Publicidad

Para ese tipo de misión, la aviación estadounidense depende de la munición de penetración antibúnker GBU-57 MOP, diseñada para atravesar decenas de metros de roca reforzada antes de detonar. Son pocas unidades y cada una cuesta más que un bloque de viviendas. Su empleo exige además superioridad aérea previa y una campaña de supresión de defensas que, en el caso iraní, llevaría semanas de preparación.

En paralelo, Washington ha acelerado el envío de interceptores de misiles a la región y ha empezado a reubicar tropas desde instalaciones expuestas, un movimiento que el Pentágono justifica como protección de fuerzas y que en la práctica anticipa una represalia balística. El dispositivo incluye baterías Patriot, sistemas THAAD, y destructores AEGIS con capacidad de derribo exoatmosférico. Los países del Golfo que albergan bases estadounidenses, como Catar, Baréin y Emiratos Árabes Unidos, han recibido el aviso de prepararse para una operación corta pero intensa.

Ninguna de las piezas encaja todavía: hay blancos, hay interceptores desplegados y falta la firma. Es la firma lo que mueve el precio del crudo.

La única voz presidencial que ha trascendido es, como casi siempre, ambigua. Trump ha reiterado sus amenazas de bombardear Irán y ha advertido de ‘otra pequeña Furia Épica’ si Teherán no acepta sus condiciones de paz. Preguntado en la fiesta de Halloween de Mar-a-Lago por si esperaba volver a la guerra en las próximas semanas, respondió: ‘Digamos que sí. ¿Se lo diría a usted? No puedo decirle esto.’ Ni desmentido ni confirmación: un ejercicio de ambigüedad calculada que en Teherán y en el Kremlin se lee como parte del pulso.

Por qué la votación del martes condiciona la orden de ataque

ataque a Irán

Las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre funcionan como freno temporal. Según un informe del Jerusalem Post publicado el sábado, Washington y Jerusalén ya tienen elaborados planes de acción militar conjunta, pero es improbable que Trump ordene fuego antes de la cita con las urnas salvo que la inteligencia detecte preparativos para un ataque sorpresa iraní. La lectura estratégica es otra: el presidente prefiere llegar a las urnas con la amenaza viva y sin el coste humano de una operación en marcha.

El secretario de Estado, Marco Rubio, aseguró el sábado que Trump no ha decidido si lanzará nuevos ataques y que su preferencia sigue siendo una salida diplomática. Sus palabras coincidieron con la reunión en Doha entre negociadores iraníes y mediadores cataríes, después de más de doce horas de discusiones en Teherán el viernes. Una fuente conocedora del proceso citada por Reuters describió la diplomacia como coordinada mediante contactos regulares con Washington.

El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, confirmó que Teherán ha revisado una carta del vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, dirigida a reabrir las conversaciones, y la calificó de ‘paso positivo’. Es el primer gesto iraní de este tipo en meses. Conviene no confundirlo con una rendición: la oficina del Líder Supremo difundió ese mismo sábado una orden a las fuerzas armadas para preparar una respuesta ‘inmediata y efectiva, sin restricción geográfica’ en caso de una nueva agresión.

Publicidad

En Israel el calendario aprieta por otro lado. El bloque de derechas que sostiene a Netanyahu no logró mayoría parlamentaria en los comicios de la semana pasada, y el primer ministro permanece en funciones mientras se negocian las coaliciones. Un ataque conjunto con Washington reforzaría su posición negociadora; una guerra larga, en cambio, le obligaría a gobernar con un país en alerta máxima y un presupuesto de defensa ya tensionado.

Equilibrio de Poder

En este tablero, Moscú juega con las cartas que le quedan. Irán se ha convertido en proveedor de drones Shahed-136 para la campaña rusa en Ucrania y en socio tecnológico bajo sanciones. Un ataque estadounidense contra instalaciones iraníes distraería recursos occidentales del frente ucraniano, encarecería el crudo —lo que beneficia al presupuesto federal ruso— y abriría una ventana que el Kremlin no va a desaprovechar. No es casualidad que ni el Ministerio de Defensa ruso ni el de Exteriores hayan elevado el tono este fin de semana.

Para España, el riesgo no es abstracto. El estrecho de Ormuz canaliza en torno a un quinto del petróleo que se comercia por mar, y cualquier interrupción se traslada al Brent en cuestión de horas: cada diez dólares de subida sostenida se comen varias décimas de crecimiento y encarecen la factura energética de un país que importa la práctica totalidad de su crudo. A eso se suma el dispositivo militar. La base naval de Rota concentra destructores AEGIS del escudo antimisiles estadounidense y Morón alberga el grueso del despliegue de transporte del Departamento de Defensa en Europa. Si Washington activa el nivel de alerta, ambas instalaciones entran en el paquete logístico, con o sin pronunciamiento explícito de Moncloa.

Hay un segundo frente que en España se mira poco y debería mirarse más: el Magreb y el Sahel. Argelia e Irán mantienen relaciones tensas, y una escalada en el Golfo puede reordenar precios del gas y alianzas regionales. Marruecos, por su parte, observa cómo Washington prioriza el expediente iraní frente al resto de la agenda de Oriente Próximo, lo que reduce su margen para colocar los asuntos del Sáhara en la conversación bilateral.

El precedente más útil sigue siendo enero de 2020. Entonces, el asesinato del general Qasem Soleimani por un dron estadounidense desencadenó una represalia iraní limitada sobre la base de Ain al Asad, calculada para salvar la cara sin provocar una guerra abierta. Funcionó porque Teherán tenía margen para dosificar la respuesta. Ahora, la orden de represalia ‘sin restricción geográfica’ elimina explícitamente ese margen y abre la puerta a objetivos en terceros países, incluidos los socios europeos que albergan infraestructura estadounidense.

La ventana crítica es corta y está fechada. Del 4 de noviembre en adelante, con las urnas cerradas, Trump recupera libertad de movimiento y Netanyahu, un argumento de campaña. Lo que observamos es una disuasión que se sostiene sobre la ambigüedad: nadie ha firmado nada, pero todos despliegan como si la orden estuviera a punto. Si la diplomacia de Doha produce un marco antes de esa fecha, la operación se enfría. Si no, la próxima reunión que importe no será en Catar.