EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Cinco diplomáticos de la OTAN, bajo anonimato, han dicho a Politico que temen que Trump arremeta contra la Alianza si los republicanos pierden las midterm del 3 de noviembre. Es una fuente única, no verificada por fuentes independientes.
- ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, que niega el diagnóstico; el Pentágono, que tiene en marcha una revisión de fuerzas; y el Cuartel General de la OTAN, que no ha respondido a las preguntas del medio.
- ¿Qué impacto tiene? La retirada de miles de militares más de Europa, el recorte de fondos comunes y el futuro de las bases de Rota y Morón de la Frontera.
Donald Trump podría descargar contra la OTAN si las midterm del 3 de noviembre le debilitan en casa. Cinco diplomáticos aliados lo temen. Lo cuentan a Politico, todos bajo anonimato, y su hipótesis es la de siempre: un presidente que se queda sin agenda interior busca dejar huella fuera, donde manda él.
El escenario que preocupa: un Trump derrotado en casa y con las manos libres fuera
La preocupación no es una corazonada. Los cinco diplomáticos describen un mecanismo concreto: si el Congreso le cierra la puerta en política doméstica, Trump conserva el mando directo sobre las fuerzas armadas y relativamente pocos contrapesos para mover tropas. Tres de ellos apuntan a la retirada de miles de efectivos más del continente. ‘Normalmente lo que pasa con los presidentes salientes es una mezcla de desahogo y aventurerismo en política exterior’, resume un alto cargo europeo de defensa. Atacar a la OTAN ‘parece una parte consistente’ de su visión del mundo.
Nadie se fía. La Casa Blanca niega el diagnóstico. La portavoz adjunta Olivia Wales asegura que Trump ‘ha hecho más por la OTAN que nadie’ y cita como avales el compromiso aliado de dedicar el 5% del PIB en 2035, la presencia militar en Groenlandia y el empeño por cerrar la guerra de Rusia en Ucrania. Eso sí, deja un recado: los aliados ‘deberían haber estado’ con Washington en la guerra de Irán. La traducción política es clara: el vínculo transatlántico ya se cobra en cuotas.
El contexto no ayuda. Los demócratas parten como favoritos para recuperar la Cámara de Representantes y, con pronóstico más ajustado, el Senado. La aprobación personal de Trump está en su mínimo registrado. Y en las semanas previas al voto se han acumulado dos gestos que en Europa se han leído como señales: el corte del servicio de satélite Starlink a Ucrania y el acercamiento entre Trump y Vladímir Putin. Nada de eso es teoría en el Cuartel General.
Hay un sexto diplomático que resume el escepticismo mejor que nadie: ‘para hacer conjeturas con alta probabilidad de acierto hace falta un objeto de estudio que tome decisiones racionales’, dice. ‘No creo que estemos ahí con el actual POTUS’. El ministro de Defensa de Montenegro, Dragan Krapović, es más ortodoxo: ‘El Congreso es el que decide’. Ambos ponen el dedo en el mismo sitio: el margen de error de Europa al planificar su defensa sin Washington.
Diciembre, la fecha crítica: la revisión de fuerzas y el suelo legal de 76.000 soldados
La fecha que importa no es la del 3 de noviembre, sino la de diciembre. El Pentágono tiene sobre la mesa una revisión de las fuerzas estadounidenses en Europa con entrega prevista antes de fin de año. Tres de los diplomáticos consultados sostienen que, si Trump se siente acorralado en casa, ampliará el alcance de esa retirada para contentar a su base. La ley estadounidense fija un suelo de 76.000 militares en el continente, aunque de ese blindaje se fían pocos: ‘Dudo que los suelos de tropas resistan el escrutinio legal, y en cualquier caso Trump ha estado muy dispuesto a ignorar a los tribunales’, señala Jennifer Kavanagh, del laboratorio de ideas Defense Priorities.

El catálogo de golpes posibles es más ancho que el de las tropas. Trump podría recortar la contribución estadounidense a los fondos comunes de la Alianza, estrangular el esquema PURL (el mecanismo con el que los aliados compran armas para Ucrania) o profundizar aún más su entendimiento con Moscú. La ex número dos de comunicación de la OTAN y hoy investigadora del RUSI, Oana Lungescu, avisa del riesgo real: que la revisión de fuerzas, Ucrania y el orden de seguridad europeo ‘se traten como parte de un acuerdo mucho más grande con Putin. ‘Eso crearía una situación muy peligrosa para la seguridad en Europa’.
Europa no teme tanto una retirada de tropas como que su seguridad acabe siendo moneda de cambio en una negociación entre Washington y Moscú.
Lo que Europa no puede reponer sola, y esto es lo que más pesa en los estados mayores, es capacidad concreta: guerra electrónica, defensa antiaérea, inteligencia y reconocimiento, reabastecimiento en vuelo, y parte de la logística estratégica. Kavanagh lo dice sin rodeos: ahí es donde los aliados tendrían ‘más problemas’. A eso se suma la incertidumbre en el propio Pentágono. Si el secretario de Defensa, Pete Hegseth, cae tras el varapalo electoral —su mala relación con el Congreso es un secreto a voces y un Capitolio demócrata le abriría comisiones de investigación por sus despidos de generales—, cualquier decisión sobre tropas se retrasaría semanas o meses. El reloj corre.
El Eje del Poder Europeo
El pulso interno de la UE ante este escenario es de geometría variable. El flanco este —Polonia, los bálticos, Rumanía— no quiere ni oír hablar de una Europa sin el paraguas estadounidense: su rearme se ha construido sobre la garantía del artículo 5 del Tratado de Washington y sobre la presencia física de tropas de EEUU en su suelo. París, en cambio, ve en cada crisis transatlántica un argumento para su vieja tesis de autonomía estratégica, ahora con el debate sobre el paraguas nuclear francés sobre la mesa, un terreno que el ECFR documenta desde hace años. Berlín navega entre el compromiso de gasto y el miedo a quedarse como garante de última instancia. Y los frugales del norte —Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Finlandia— aceptan pagar más, pero exigen que ese dinero se gaste en capacidades reales y no en camiones y cuarteles.
España llega a esta discusión con una posición incómoda y una ventaja. La incómoda: ha ido estirando su calendario para alcanzar el 2% del PIB en gasto militar, lo que debilita su voz cuando reclama flexibilidad en ese objetivo del 5% para 2035 que la Casa Blanca exhibe como logro. La ventaja: Rota y Morón de la Frontera son dos de los enclaves con presencia estadounidense permanente más relevantes del sur de Europa, y eso le da a Moncloa un argumento tangible —y no retórico— en cualquier negociación sobre la huella militar norteamericana. Es la diferencia entre opinar y negociar.
El aterrizaje industrial tampoco es neutro. El instrumento SAFE de préstamos comunitarios para compras conjuntas de defensa y la lógica de comprar europeo que empuja Bruselas benefician a Indra, Navantia, Airbus o Santa Bárbara, pero solo si los pedidos llegan con volumen y plazos. Un ajuste brusco de la presencia de EEUU aceleraría la demanda; una retirada desordenada dejaría huecos de capacidad que la industria española no cubre a corto plazo. La OTAN, por su parte, mantiene abierta su página oficial de comunicados sin referencia alguna a esta filtración.
El precedente está a mano. En 2020, en plena campaña, Trump anunció la retirada de unos 12.000 militares de Alemania; buena parte nunca se ejecutó, pero el mensaje quedó grabado en las cancillerías. Más atrás, la salida francesa del mando integrado en 1966 demostró que la Alianza sobrevive a un socio que se va, aunque tarde una década en recomponerse. Analizamos esta pieza como lo que es: una alerta de fuente única, sin verificación independiente, pero con un calendario comprobable. La revisión de fuerzas debe llegar antes de fin de año y el Consejo Europeo de diciembre será el primer termómetro de hasta dónde está dispuesta a ceder Europa para que Washington se quede.

