Ucrania lanza 124 drones contra la refinería de Yaroslavl y provoca un incendio

El gobernador Mijaíl Yevráev cifra en 124 los UAV y confirma dos heridos por metralla en la infraestructura crítica. El ataque llega después de que Trump anunciara en septiembre que Kiev había aceptado no golpear la energía rusa.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Un ataque con 124 drones de largo alcance ha alcanzado la refinería de Yaroslavl, a unos 270 kilómetros al noreste de Moscú, y ha provocado un incendio en su infraestructura crítica. Dos trabajadores han resultado heridos por metralla.
  • ¿Quién está detrás? Ucrania, según la única versión disponible: la del gobernador de la región, Mijaíl Yevráev. Ni el Ministerio de Defensa ruso ni el Estado Mayor ucraniano han publicado un balance propio del ataque.
  • ¿Qué impacto tiene? Es la mayor oleada de UAV sobre esa región desde el inicio de la guerra, según el diario ruso Kommersant. Llega en plena negociación entre Washington y Moscú por el suministro de diésel y después de que Trump anunciara en septiembre que Kiev había aceptado dejar en paz la energía rusa.

Ucrania ha golpeado la refinería de Yaroslavl con 124 drones en la madrugada de este martes, según el gobernador regional. Mijaíl Yevráev ha confirmado un incendio en la infraestructura crítica de la planta, dos trabajadores heridos por metralla —ambos trasladados a un hospital— y daños en viviendas y vehículos por la caída de restos de los aparatos. Si la cifra se sostiene, es la mayor acción con UAV contra esa región desde el comienzo de la guerra.

Las defensas antiaéreas y las unidades de guerra electrónica rusas se emplearon durante toda la noche contra 124 drones, siempre según el relato del gobernador. El parte tiene un detalle que no es menor: no incluye el número de aparatos derribados. Las autoridades cerraron el aeropuerto de la ciudad, cortaron la carretera que une Yaroslavl con Moscú, desviaron el transporte público y declararon una alerta de misil que se levantó horas más tarde, ya de mañana.

El patrón de estos ataques es reconocible. Drones de ala fija, vuelo bajo y velocidad moderada, lanzados en oleadas amplias para saturar capas defensivas muy distintas: el Pantsir-S1 de corto alcance, los sistemas Buk de medio y los S-400 de largo. Rara vez penetra uno solo; lo que busca el atacante es que la suma de trayectorias, y el ruido electrónico que las acompaña, abra un hueco por el que entre el resto. Con 124 aparatos en una sola noche sobre una única región, el hueco se mide en daño industrial, no en derribos.

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Yaroslavl está a unos 270 kilómetros al noreste de la capital, en el corredor industrial del Volga. La planta afectada, operada por Slavneft —sociedad conjunta de Rosneft y Gazprom Neft—, es una de las mayores del país. En agosto, la región registró 93 drones, cuatro heridos y fuego en tanques de almacenamiento; en septiembre fueron 65 aparatos y volvieron a arder instalaciones y viviendas cercanas, según Kommersant. Los tres episodios comparten secuencia: oleada nocturna, golpe a la cadena de producción, daño colateral en barrios residenciales, y un comunicado oficial que llega antes que cualquier verificación independiente.

El alcance real del destrozo sigue sin confirmarse. La fuente disponible es única, oficial rusa y sin corroboración OSINT en las primeras horas. Moscú informa de lo que le conviene y Kiev, de lo que puede. A eso se suma el valor logístico de la ciudad de Yaroslavl, nudo de transporte con salida directa al sistema de oleoductos que abastece el noroeste ruso.

Cuando el parte oficial omite el número de drones derribados, el dato que desaparece es la parte del daño que no se quiere publicar.

Trump, Zelenski y el diésel: la contradicción que Bruselas evita nombrar

ataque drones Ucrania

El contexto político pesa tanto como el militar. En septiembre, Trump anunció que ‘Ucrania ha aceptado no atacar objetivos energéticos rusos’, con Moscú comprometiéndose a hacer lo mismo. El republicano lo había pedido con una frase que resume su doctrina: ‘Tiene que dejar de reventar el gasóleo en Rusia’. Zelenski le respondió este lunes en Fox News con una condición explícita: ‘Si necesitan que no ataquemos sus refinerías, dennos un paquete de un mes’. Hablaba de interceptores Patriot, y de pagarlos.

La secuencia es difícil de sostener en público. Washington aprobó la venta de misiles Patriot a Ucrania y, en paralelo, negocia con Moscú un acuerdo de suministro de diésel para contener el precio del combustible en Estados Unidos, con envíos ya en marcha según el enviado del Kremlin, Kiril Dmítriev, que insiste en que Rusia cumplirá. Zelenski ha criticado el alivio de sanciones al combustible ruso. Moscú, mientras tanto, califica de terrorismo los ataques contra objetivos civiles y sostiene que los suyos solo apuntan a instalaciones militares ucranianas y a su infraestructura de apoyo.

Equilibrio de Poder

La lectura estratégica es la siguiente: Ucrania ha convertido la refinería en moneda de cambio. Cada oleada sobre el Volga no busca solo apagar una planta, sino elevar el coste político del ‘no’ en Washington. Y funciona porque el gasóleo es hoy la variable más sensible del tablero. Estados Unidos celebra este martes sus elecciones de medio mandato con la inflación de carburantes en el centro del debate, y la administración Trump ha convertido el mercado de combustibles en política exterior de primer orden. De ahí el acuerdo con Moscú, el alivio sancionador y la petición a Kiev de bajar el ritmo. Bruselas mantiene la arquitectura de sanciones y el tope al crudo ruso, pero cierra los ojos ante el agujero del refino: buena parte del gasóleo que entra en Europa se procesa en terceros países con crudo ruso.

Para España el canal de transmisión es directo y poco glamuroso. El gasóleo mueve el transporte por carretera, la flota pesquera y buena parte del campo, y su precio entra en el índice de precios con más fuerza que la gasolina. Un encarecimiento sostenido golpea a los transportistas y a la competitividad del sector primario. Eso sí, no todos pierden: Repsol y Cepsa concentran el grueso de la capacidad de refino española y un crack del diésel al alza mejora sus márgenes. La contradicción es la de siempre: el mismo precio que ahoga al transportista engorda la cuenta de resultados de la refinería. El asunto de los interceptores también toca a Madrid, que ha transferido misiles para sus baterías Patriot y se verá interpelada si Washington amplía el paquete.

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Hay un precedente que ayuda a medir hasta dónde puede llegar esta pelea. En 2024, la administración Biden llegó a pedir a Kyiv que moderara sus ataques a refinerías rusas para no tensar el mercado global del crudo. Ucrania siguió, con pausas tácticas y mucha retórica. Lo que ha cambiado en 2026 es el precio de la pausa: entonces se pedía contención por el interés general del mercado; ahora se pide a cambio de un paquete de Patriot, y Zelenski ha puesto número y fecha. Es la diferencia entre una sugerencia diplomática y un contrato.

El riesgo inmediato es doble. Primero, la respuesta rusa sobre la red eléctrica ucraniana, que suele llegar con retraso calculado y en forma de oleadas mixtas de misiles y drones en pleno invierno. Segundo, que el pulso escale a las terminales de exportación y a los puertos, donde la capacidad de daño es mayor y la elasticidad del mercado, menor.

Lo que observamos es un cambio de naturaleza en la campaña de drones: de castigar la logística a subastar la pausa. Eso tiene consecuencias a medio plazo. Si Kyiv demuestra que puede sostener oleadas de más de cien aparatos una noche sí y otra también, Rusia se verá obligada a redistribuir capas antiaéreas desde el frente hacia el interior, y ese movimiento se paga en el Donbás. Si, por el contrario, la cifra responde más a la propaganda que a la capacidad real, el pulso se desinflará con la misma rapidez con la que empezó. La próxima ventana crítica es el informe mensual de la AIE y la primera gran oleada invernal contra la red ucraniana; ahí se verá quién está subastando y quién pujando.