Huelga general Cataluña 11-N: CGT ultima piquetes y el Parlament se divide

Los convocantes cierran la logística de una jornada marcada por el pulso entre Feijóo y las fuerzas de izquierda. La ANC respalda la protesta por la vivienda pero pide no mezclarla con los sindicatos 'de obediencia española'.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿A quién afecta? Plantillas de comercio, industria, hostelería, construcción, transporte y administración, además de usuarios de servicios públicos y clientes de banca.
  • ¿Cuándo ocurre? El miércoles 11 de noviembre, jornada completa. Catalunya es el territorio donde la convocatoria tiene recorrido real.
  • ¿Qué cambia hoy? Los sindicatos cierran piquetes y logística; la conselleria competente en materia laboral debe fijar los servicios mínimos y cada empresa negociará cómo los aplica.

CGT y el resto de sindicatos convocantes ultiman los piquetes y la logística de la huelga general del miércoles 11 de noviembre en Catalunya. La jornada llega con el arco parlamentario partido: ERC, Comuns y la CUP han respondido a Alberto Núñez Feijóo después de que el líder del PP reclamara su desconvocatoria, mientras el independentismo organizado marca distancias con la protesta.

Qué se dirime el 11-N: la vivienda como pulso de soberanía

La vivienda es el eje de la convocatoria y, también, el terreno donde el conflicto catalán y el estatal se cruzan sin disimulo. La ANC cifra en torno a 500.000 viviendas asequibles el déficit acumulado en Catalunya y traza la genealogía del problema hasta el decreto Boyer de 1985, el primer gobierno socialista que liberalizó los precios del alquiler.

La cronología que maneja la entidad es un rosario de intentos catalanes y frenazos estatales: la Llei 11/2020, aprobada por el Parlament en septiembre de 2020 y pionera en la contención de rentas, fue recurrida por el PP y también por el propio Gobierno de PSOE y Unidas Podemos; el Tribunal Constitucional anuló su núcleo en 2022. La ley estatal de vivienda de mayo de 2023 dejó fuera del tope los alquileres de temporada y de habitaciones, y por esa grieta se escapó una parte enorme del mercado: en Barcelona, casi cuatro de cada diez pisos anunciados ya eran de temporada.

Publicidad

Desde enero de 2026, la Llei 11/2025 extiende el tope a esos contratos. Y de nuevo, según la ANC, el Estado la ha llevado al Constitucional. Casi siete años ha tardado el Gobierno del PSOE en aprobar decretos para prorrogar contratos, regular el alquiler de temporada y frenar desalojos. La aritmética no engaña.

Sobre esa base, la entidad independentista formula su tesis: mientras el derecho a la vivienda de las familias catalanas dependa de Madrid y de un tribunal que rechaza sus leyes, ningún avance del Parlament será estable. Es la traducción habitacional del viejo axioma soberanista, aplicada a un asunto que lleva meses instalado en lo más alto de la agenda pública catalana.

Catalunya lleva años aprobando leyes de vivienda que Madrid tumba; ese es el terreno donde el 11-N se juega algo más que una jornada de paro.

El frente sindical también se parte: la ANC pide movilizarse desde espacios independentistas

huelga 11 de noviembre

El posicionamiento de la ANC es, en sí mismo, la noticia política de la jornada. La entidad comparte ‘la indignación de los miles de personas que el 11 de noviembre saldrán a la calle’, pero advierte de que la huelga, ‘también impulsada por los sindicatos de obediencia española’, se celebra a dieciocho días de las elecciones generales y corre el riesgo de quedar capitalizada ‘por los mismos que han gobernado el Estado mientras la crisis se agravaba’.

De ahí su consigna: secundar el paro desde espacios de movilización independentista y colgar senyeres y estelades en los balcones. Es una manera elegante de decir que la ANC no quiere compartir cartel con los convocantes. No pide boicotear la huelga. Pide disputarle el relato.

La foto del 11-N será, por tanto, más incómoda de lo que parece. En la misma protesta por la vivienda coincidirán organizaciones con proyectos territoriales opuestos, y cada una contará la jornada a su manera esa misma noche.

La lectura política: quién paga la factura del 11-N

Lo que observamos es un patrón conocido. La huelga general del 14 de noviembre de 2012 desbordó el marco sindical y midió la temperatura del independentismo naciente. El paro de país del 8 de noviembre de 2017, convocado por ANC y Òmnium tras el 1-O, demostró que la calle podía sostener un pulso institucional sin pasar por el BOE. En ambos casos la movilización fue mucho más que una demanda laboral.

Publicidad

El 11-N se parece más al primero que al segundo. Los convocantes son sindicatos, el motivo es la vivienda y el calendario lo fija una cita electoral estatal que la ANC sitúa a dieciocho días de la huelga. Y ahí aparece la contradicción que ERC, Comuns y la CUP tendrán que gestionar: defienden el derecho a la huelga frente a Feijóo, pero comparten espacio con un electorado al que la ANC le pide que no se mezcle. Nadie quiere la foto.

El PP, por su parte, gana un marco de campaña sencillo: recordar que el Gobierno que prometió frenar los alquileres acabó recurriendo la ley catalana ante el Constitucional, y pedir ahora la desconvocatoria. El argumento tiene recorrido fuera de Catalunya. Dentro, obliga a ERC y a los Comuns a elegir entre el derecho a la huelga y el coste de aparecer junto a quien les disputa el terreno.

El seguimiento será desigual por comarcas. El Vallès industrial, el cinturón químico de Tarragona y el comercio de Barcelona responden a lógicas distintas, y las últimas huelgas generales enseñan que el pulso se gana o se pierde en los polígonos antes que en las ruedas de prensa. Cosas del calendario.

Hay un riesgo que nadie está midiendo. Si la huelga es masiva, el independentismo organizado tendrá que explicar por qué se quedó en el balcón. Si es floja, la factura la pagará el derecho de huelga justo cuando el debate de la vivienda está en lo más alto de la agenda catalana.

El próximo hito es el miércoles 11 de noviembre. Antes, los convocantes deben cerrar piquetes y la conselleria competente en materia laboral fijar los servicios mínimos, que suelen ser el primer campo de batalla de cualquier huelga general. Después, el Parlament tendrá que decidir si la división se queda en declaraciones o se convierte en posición oficial.